Debatir Ayotzinapa

Ayotzi-Vive
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@ricardolopezc

The Dream thrives on generalization,
on limiting the number of possible questions,
on privileging immediate answers. The Dream
is the enemy of all art, courageous thinking
and honest writing.
– Ta-Nehisi Coates

 

Parece que opinar sobre lo que ocurrió la noche del 26 de septiembre del 2014 en Iguala es un ejercicio simple. Pocos de los que han escrito sobre la desaparición forzada de los normalistas llevan su análisis más allá de indios y vaqueros, buenos y malos. Como si una maldición cayera sobre los teclados y los micrófonos cuando se habla de Ayotzinapa. Los matices se pierden entre posiciones irreductibles: los narcos los mataron porque pensaban que eran contras o fue el ejército por órdenes de Peña. Los abogados de las familias son santos que ayudan desinteresadamente o malditos que lucran con la tragedia. Ni siquiera los estudiantes desaparecidos se salvan de los calificativos: nobles luchadores sociales o revoltosos merecedores de un castigo ejemplar.

Este constante nosotros contra ellos en periódicos, programas de radio y debates televisivos está lleno de lugares comunes y posturas absolutas. Un fragmento de la opinión pública acepta a quienes hablan bien del GIEI y mal de la PGR. Además tacha de genuflexión ante el gobierno federal cualquier cumplido a la investigación oficial. Otro segmento de la comentocracia dice que los expertos son lo peor que le ha pasado al país desde el PNR y cuestionar la investigación es más ofensivo que escupirle a la Virgen de Guadalupe. Cárcel a los militares. Expulsión definitiva a la CIDH. Muerte a la guerrilla. Juicio político a Peña y sus secuaces. Entre las consignas olvidamos que el caso Ayotzinapa es el más complejo que hemos enfrentado como democracia.

Hasta cierto punto es entendible que queramos cerrar el caso con una versión incuestionable, que nos hagamos de un bando para cerrar el capítulo. Nada es tan bueno para avanzar como una verdad que nos haga sentir bien. El problema es que la realidad es más compleja de lo que nos gusta admitir. Sólo las mentes más pequeñas necesitan dividir el mundo en blanco y negro o definir a los personajes como puros y corruptos. No admiten la posibilidad de un infinito de grises y confirman que vivimos en un país de simplones.

Escribe Ta-Nehisi Coates que las víctimas no son una masa indefinida de carne. Son personas igual que nosotros. Con mentes activas, con un rango de sentimientos tan vasto como el nuestro. Personas que prefieren un lugar del bosque, que aman a sus madres de manera complicada, piensan que su hermana habla demasiado fuerte y tienen un primo favorito. La tragedia no es sólo que los normalistas hayan sido desaparecidos. Es que, en nombre de su memoria, hemos impuesto la marca mexicana: escoger un bando y despreciar a cualquiera que no sea como nosotros.

Juan Marsé escribió que “como decía Flaubert, todas las banderas están llenas de sangre y mierda y ya va siendo hora de acabar con ellas.” Bajemos el estandarte. Discutamos y cuestionemos. Busquemos información. Pero no nos llevemos entre las patas a las víctimas: los normalistas y sicarios. Unos más víctimas que otros, pero víctimas al fin y al cabo. Quizá podemos empezar estando de acuerdo en que la verdadera tragedia es que, para un buen número de mexicanos, hay muy pocas opciones para salir de la miseria.

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