¿Ahora qué?

Vaticano-Plaza
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Con la renuncia de Benedicto XVI al llamado trono de San Pedro, se gesta uno de los eventos más significativos en el seno del catolicismo, al menos de lo que llevamos de siglo. No solamente en el plano de los espiritual, lo económico o lo político, tres áreas prioritarias en la máxima cúpula vaticana, sino en relación con el poder que la religión y la iglesia ejercen sobre sus seguidores.

¿A qué me refiero? A que la renuncia de Ratzinger además de afectar el orden episcopal y los círculos de poder globales, también tiene un fuerte impacto en la fe de los católicos de todo el mundo.

Hablar de fe puede parecer abstracto e irrelevante, pero no olvidemos que para mucha gente los fundamentos de la vida están basados en su religión; en casos más extremos, en la doctrina que es dictada desde Roma más que en sus sagradas escrituras. Es decir, que la elección del próximo Papa no sólo determinará la dirección del catolicismo como abstracción, sino que puede modificar (o no) las actitudes de las personas alrededor del globo.

A pesar de que el mandato de Benedicto estuvo regido por la razón más que por el carisma, no debemos olvidar la poca apertura del pontífice hacia el diálogo con una sociedad “moderna”. En este caso, modernidad se refiere a la poca identificación de la gente con el pensamiento católico actual.

Y no. No es culpa de los videojuegos, de las nuevas tecnologías o de la extinción de la familia como núcleo de lo social. Todas éstas son cosas que conlleva vivir en un mundo en constante evolución. Si la sociedad occidental ha vaciado de espíritu su vida, es porque no encuentra motivos o conceptos a los cuales engancharse en los actuales discursos religiosos; aunque la doctrina de Benedicto XVI era lo menos actualizada que puede haber.

Los casos de pederastia, la crisis de vocaciones sacerdotales, las filtraciones desde dentro del Vaticano y el resto de escándalos alrededor de la cúspide episcopal, son sólo reflejos de las grietas existentes entre la Iglesia católica y sus fieles. Grietas que pueden ser resarcidas mutando radicalmente el discurso híper-conservador del que se llenó el catolicismo en los últimos años.

Recordemos las múltiples protestas surgidas en Europa de católicos en desacuerdo con las arengas de Benedicto en contra de los homosexuales; sólo un botón de muestra acerca de la poca conexión entre Iglesia y pueblo.

El próximo Pontífice tendrá como misión reconstruir estos lazos y fortalecer el diálogo con actores hasta ahora marginados del discurso papal: las otras religiones, los homosexuales, los que reclaman justicia por los casos de pederastia, los sacerdotes disidentes e, incluso, los que reclaman un lugar más significativo de la mujer en los círculos eclesiásticos. Puede hacerlo mediante la razón y la tolerancia, o bien, puede surgir una figura conservadora y apabullante como Juan Pablo II que encandile las almas de sus fieles sin hacer cambios de fondo.

Esperemos que sea la primera.

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