Andar en Metro o No te la mames Mancera

MEXICO D.F. Estación Bellas Artes Metro
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@Joso9

El obtuso cronista digital recuerda, dentro de esa nebulosa ficción que es la memoria, las primera vez que aprendió, de la mano de su padre, a andar en Metro. Lo que al principio parecía una telaraña de estaciones, transbordes y colores, se le fue revelando como un mapa amplio pero descifrable de un sistema de trenes y vagones que recorren a todo vapor las catacumbas de la región más transparente del aire, la Ciudad de México.

Recuerda haberse intimidado ante la cantidad de opciones para subirse y bajarse y transbordarse y perderse y trasvestirse, pero también abrazarse a la certeza de que, en cualquier punto de la ciudad en el que estuviera, podía sentirse seguro si había un Metro cerca y 50 centavos en su bolsillo. De ahí, sólo tenía que seguir el mapa hasta llegar a la estación Normal. Lo demás era mero trámite.

Así, los viajes se fueron ampliando. Y si bien al principio sólo utilizaba el Metro para ir al centro de la ciudad y de regreso, poco a poco fue explorando nuevas estaciones y zonas. Conoció la insondable profundidad de la estación Camarones, las apreturas de Pino Suárez en hora punta, la exposición de metros del mundo en Auditorio; fue por su cartilla militar y se bajó en Cuatro Caminos, corrió como sólo corren los que van tarde a casa un viernes por la noche en Tacuba, se sumó a una muchedumbre enardecida de aficionados a la selección mexicana en Taxqueña, fue a marchar contra la violencia en Ciudad Universitaria, acudió a una cita de trabajo en Miguel Ángel de Quevedo, y vio pasar una cantidad estúpida de trenes antes de poder subirse a uno una noche lluviosa en Hidalgo.

Recuerda embobarse entre los discos de salsa, cumbia, rancheras, éxitos del momento y rock de todas las épocas; desarmadores, pilas, golosinas, plumas, cuadernos de colorear para el niño para la niña, tablas de multiplicar, documentales sobre el narcotráfico, mendigos, sorodmudos que hablan, ciegos cantores, rockeros aficionados, adictos a los solventes, bellezas esporádicas y niños gritones que recorren día con día los vagones de nuestro sistema de transporte colectivo.

En una época en la que el cronista no tenía otra forma de moverse, pero sí tenía mucha paciencia y libros que lo acompañaran, el Metro fue una especie de primer vehículo de independencia. Ahora, con el corazón más ajado que entonces, rememora las incontables tardes en que él y su único (primer) amor se quedaban de ver en el Metro Auditorio los viernes por la tarde para ir por un café o al cine; se acuerda de las tardes corriendo a Mixcoac tras dejar a la susodicha en su casa, de un paseo por Coyoacán y su estación homónima, de los besos que se dieron en Centro Médico o de cuando fueron juntos a una feria del libro y se bajaron en Zócalo. Y ahora también piensa que tal vez no sólo fueron los años, sino los carros, los que acabaron con la relación. Los besos más prolongados en un viaje en automóvil duran lo mismo que un semáforo de Insurgentes.

De esto y más se acuerda con dolor el cronista ahora que el 70% de la población chilanga (ajá) ha decidido subirle dos pesos al precio del boleto de Metro. La medida entrará en vigor en unos días, y el ofuscado narrador espera poder sumarse a la saltadera de torniquetes que se llevará a cabo. Una duda morbosa recorre el teclado, si la Smógico City (de la Colina dixit) necesita más recursos, ¿para qué quitar la tenencia y aumentar el precio al viaje en Metro?

Así que no, Miguel Ángel Mancera, no, Joel Ortega, no partido dominante de pseudo-izquierda en nuestra capital, no esperen que la medida sea aceptada con gusto como parte de la evolución de la capital; no solamente es repudiada por los cronistas sin-qué-hacer que lo utilizan para escribir sus columnas semanales, sino también por los miles de usuarios de salario mínimo que a diario sufren endemoniadas apreturas para poder llegar a su trabajo y de regreso. ¿Quieren mejorar el servicio? Dejen de construir faraónicas vías automovilísticas de pago y hagan más líneas del subterráneo.

Con una creciente decepción por la labor del jefe de gobierno, y con una disculpa hacia sus bienpensantes lectores, el cronista termina esta columna como empezó, con la frase que le salió del hígado cuando se enteró del atraco: “No te la mames, Mancera”.

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