Andrea M.

MCH_DESAMOR-FRANCESC
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Por Francesc Messeguer
@ElMesseguer

“The morning sun when it’s in your face really shows your age/
But that don’t worry me none in my eyes you’re my everything.”
-Rod Stewart, en “Maggie May”

“El bezoar era el remedio contra todos los venenos
y también la piedra de la calma perfecta.”
-Guadalupe Nettel, en Pétalos

Andrea era mayor que yo.

Muchas veces me pregunté qué fue lo que hizo que se fijara en mí. A los 19, no tenía mucho que ofrecerle a una mujer que me sacaba seis años. Y tal vez por eso le gusté.

Quizás Andrea llevaba mucho tiempo sin recibir la mirada que alguien de mi edad le puede otorgar a una mujer que automáticamente se torna inalcanzable, merecedora de lo que uno jamás le podrá dar. O tal vez se fijó en mí porque, desde un principio, me entregué a ella sin medir las consecuencias. A lo mejor pensó que conmigo podría rehabilitarse de alguna forma, volver a empezar y dejar todo atrás. También pudo haber sido que, de algún extraño modo, se sintió protegida por mí, porque nunca le hice preguntas sobre el pasado sombrío que intentaba ocultar y la acepté como lo que era.

De cualquier manera, un día como si nada, por la puerta del lobby de un hotel de Nueva York, Andrea M. entró en mi vida.

La escena es difícil de olvidar. Imaginen que una mujer hermosa atraviesa uno de esos portones giratorios, con el pelo recogido, gafas que ocultaban sus ojos claros y una sonrisa incierta, que se dibujaba entre sus labios rojos, como la de alguien que ha escogido recurrir a esa mueca para aparentar que todo está bien.

Recuerdo que lo primero que pensé después de haber visto a Andrea fue que no podía haber bondad en una belleza semejante. Por primera vez en mi vida, sentí que estaba frente a la encarnación de una fuerza tan seductora, que al mismo tiempo era difícil comprender que pudiera haber algo que de malicia en ella. Era la tentación perfecta, algo tan poderoso, que si uno se deja llevar, puede ser destruido completamente.

Es una idea que me atormenta, la representación contundente de que el amor, si se quiere, es un campo de batalla. La mujer hermosa, frágil y bella, y a la vez peligrosa, que en su estado más vulnerable y, contra todo pronóstico, decide pasar la noche con James Bond. Aunque unas escenas atrás, 007 asesinó a su marido y ella funge como un doble agente para los rusos que buscan terminar con el agente secreto.

No era lástima lo que me provocaba ver esa sonrisa, sino una sensación de peligro inminente, de que algo inevitablemente saldría mal.

Andrea y yo estábamos en Nueva York por el mismo motivo pero no en la misma condición. Ella era una alumna de de Diseño Textil que asistía a un curso de Fashion Marketing, impartido por mi madre para alumnas de la Universidad Iberoamericana que estudiaban los últimos semestres de esa carrera.

Yo, por el contrario, había podido colarme al seminario, gracias a la buena voluntad que uno inevitablemente toma cuando la única manera de encontrar un boleto de avión barato es volando a la medianoche, y también gracias al excelente historial viajero de mis padres, que me otorgó un montón de millas que pude canjear en United Airlines para aspirar a un boleto redondo en temporada alta.

Andrea venía acompañada de su mejor amiga y de otras compañeras de la universidad, por lo que acercarme a ella resultaba más o menos complicado. Durante el primer día, opté por mirarla desde lejos, como no queriendo, como un simple espectador de burdel, que mira a una mujer a la que no le podrá invitar un trago jamás. No tenía idea de cómo hablarle sin sonar como un idiota. Pero inevitablemente ella se dio cuenta y se me acercó.

Estábamos en una tienda de accesorios en la 7ª Avenida y ella estaba muerta de risa, mientras se probaba sombreros extravagantes con sus amigas, hasta que nos vimos a través del espejo. Fue la primera vez que la miré a los ojos y creo que nunca lo voy a olvidar. Andrea siempre tuvo ese efecto en mí: su mirada era una forma torcida de la visión de Medusa, que paraliza pero no petrifica, pues si uno pierde la consciencia y se convierte en piedra, el victimario pierde su fuerza seductora y el efecto no es tan contundente.

Andrea se detuvo por un momento y me sonrió. Caminó hasta donde estaba y me dio el sombrero que estaba a punto de medirse para que yo me lo pusiera y nos tomáramos una foto juntos.

Es como si desde un inicio nuestra relación hubiera estado destinada al fracaso y a que sólo tuviéramos acceso a una fotografía cuyo propósito sería funcionar como un instrumento de la melancolía, una postal trágica de un amor que nunca fue, de un pasado que vale más por la dicha de lo añorado que por el dolor de lo vivido.

El resto del viaje fue maravilloso. Me sentí como alguien que no sólo vuelve a nacer, sino que llega a este mundo con la fortuna de tener el mejor día posible, todos los días. Incluso, puedo imaginarme los comentarios al margen, las letras a pie de un álbum fotográfico inexistente: Andrea y yo en Nueva York, en la 5ª Avenida, en la tienda de Prada, en Central Park. Andrea y yo en el café. Andrea y las historias que nos contamos y las risas que compartimos y los mensajes que escribimos. Andrea y yo. Sólo ella y yo.

Andrea regresó a la Ciudad de México unos días antes que yo y, sin previo aviso, dejó de contestar mis mensajes. Ése fue un golpe de realidad al que no me había enfrentado nunca antes.

De pronto, todo lo vivido en Nueva York parecía sacado de una ficción. Las semanas que siguieron, desarrollé una extraña manía por querer recibir sus mensajes que superaba mi deseo de verla, hablar con ella, o estar juntos. No hay sensación más tortuosa que la de escribirle a la persona que uno quiere y que ésta no conteste.

Así que para mí, no tenía importancia si el contenido de sus mensajes era corto o simple. Para mí eso constituía una receta para la calma perfecta, una especie de anestesia que sólo me era suministrada a medida en que llegaran las noticias de Andrea a mi teléfono. Y a falta de cosas suyas por leer, comencé a escribir, como para intentar saciar mi dosis diaria de letras. Es curioso cómo a veces las peores cosas, nos llevan a lugares que no hubiéramos imaginado.

Empezar a escribir me otorgó una calma que nunca encontré con otras cosas. Hasta que un día, recibí un mensaje: “Quiero que vengas a mi examen profesional”, decía. La esperanza había regresado. Sin darle muchas vueltas al asunto, fui a la Ibero para atender a su presentación, sólo para encontrarme a Andrea, tomada del brazo de un hombre: su novio. No supe qué hacer y, sin más, me fui.

De camino a casa, recibí otro mensaje: “Gracias por venir. Eres las única persona que quería que fuera. Espero me perdones, no era mi intención que te enteraras así”. El golpe fue demasiado duro y me invadió un extraña vergüenza que jamás había sentido. No hay nada peor que el error que se comete en solitario, pues no hay a quien refutarle la razón.

Los siguientes días fueron un martirio pues no recibí mensaje alguno. No hubo calma perfecta para mí durante un tiempo. Pensé que todo estaba acabado hasta que el 30 de abril de 2010, en pleno Día del Niño, Andrea me llamó para decirme que había tomado la decisión de dejar a su novio porque le gustaba muchísimo otra persona.

A mis 19 años, sin nada que ofrecerle, Andrea me confesó su amor.

Y aunque la felicidad que me invadió fue inconmensurable, tuve la impresión de que el efecto iba a durarme poco. Andrea y yo quedamos de conectarnos a Messenger para platicar. Y sin más, me dijo que no podía estar conmigo –que necesitaba estar sola–, porque el precio que tenía que pagar por su pasado seguía cobrándose sus estragos. Al final, su adicción a la vida sin límites, a sustancias de diversa índole y a no saber cuándo parar, pudieron más que lo que yo hubiera podido hacer por ella. Simplemente no pude ofrecerle más, y sentí una decepción inmensa de saber que, a final de cuentas, ella no había encontrado en mí una forma de rehabilitarse, de empezar otra vez.

Creo que de algún modo, los desaires anteriores me previnieron de forma mínima a que el asunto no estaba del todo terminado. Por eso, cuando por fin se acabó, no sentí dolor. De hecho, creo que no sentí nada. Para ese entonces ya era demasiado tarde y la anestesia se había apoderado de mí completamente.

Me costó muchísimo olvidarme de Andrea pero más sufrí por abandonar lo que alguna vez sentí por ella. Creo que lo verdaderamente duro fue darme cuenta de que, a pesar de que nunca la amé, me resistía a dejar ir a la primera mujer de la que estuve verdaderamente enamorado.

No supe más de ella por más de un año. No sé si entró a una clínica de rehabilitación, si se cambió de casa o si regresó al Nueva York que una vez caminamos juntos.

Hasta que un día, en mi primer semestre en la Ibero, Andrea pasó a visitar a mi madre al cubículo en el que yo estaba pasando el tiempo para mi siguiente clase. Nos saludamos y platicamos brevemente, pero ya nunca volvió a ser igual. Sentí que estaba platicando con alguien que había perdido su memoria. Una persona a la que si miras fijamente a los ojos, puedes apreciar que te reconoce perfectamente, pero desconoce cómo fue que te conoció y qué fue lo que vivieron juntos.

Nos despedimos con la promesa de volvernos a ver. Pero jamás la cumplimos. La verdad es que ella y no nunca fuimos muy buenos para esos asuntos.

Y así, como si nada, Andrea se despidió de mí, dio media vuelta y cerró la puerta del cubículo, yéndose para siempre de mi vida. Hasta que años después, alguien más la volvió a abrir.

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