Animales de costumbres

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@ricardolopezc

Todos tenemos una forma de empezar el día, nuestro propio ritual mañanero. El caricaturizado incluye café, pan tostado con mermelada y un periódico recién planchado. Algunos maniacos salen a correr antes que el sol y rematan con un esperpento llamado jugo verde. Para otros, el ritual incluye levantarse a deshoras y apretarse contra cientos de cristianos en el metro para llegar a las 9 a trabajar. Las señoras bien de las Lomas, benditas ellas, se levantan tarde y desayunan en el Loma Linda a eso de las once. Yo escogería una mezcla entre el omelette de claras y espinacas, un periódico bien planchado y un apretón contra un cristiano, que no un apretón cristiano.

Mi ritual mañanero es tan vulgar que no vale la pena contarlo. Tengo 4 alarmas porque una no me basta. Entro y salgo de la regadera en seis minutos y manejo a trabajar escuchando un informativo que no admitiría en público. En la redacción, en vez de redactar, aprovecho para leer columnas encorvado sobre mi computadora.

Así me di cuenta que Gil Gamés no publicó el lunes en El Financiero. Algunos pensamos que había muerto y nos preocupamos tanto que incluso lo buscamos para que confirmara lo que todos sospechábamos: Gil resbaló con una cáscara de Glenfiddich 15. La respuesta de su asistente no fue tan divertida: “A veces no escribía por falta de tiempo, espero que esta vez sea igual.”

Al día siguiente, el columnista desmintió la versión que se había fabricado. “Mienten los que afirman que Gil resbaló con una cáscara de Glenfiddich 15 y que por esa razón no apareció publicada el día de ayer esta página del fondo. Es verdad, en cambio, que Gamés sufrió una confusión mental donde el primero de mayo era 2 de mayo y el 2, primero. Y así, Gilga fabricó un día de asueto donde no existía descanso ni molicie.”

También leí un texto de Federico Arreola que sólo valió la pena hasta que llegué al primer comentario que había generado. Arreola – a quien, por cierto, respeto mucho – se acaba la lengua hablando de las bondades de Facebook y, algunas veces, las bondades de Facebook se acaban la lengua hablando de él. “Chinga tu madre, ojos de sapo extreñido (sic)”, escribió un tal Jesús Gudiño a eso de las 6 y media de la mañana. No entiendo la reacción del señor Gudiño. La columna que provocó su enojo ni siquiera es demasiado polémica, va sobre mediciones de audiencia en internet, pero respeto el mañanero de todos. Otra de las ventajas de vivir en una democracia occidental es que cada quién es libre de empezar el día como mejor le funcione.

Somos, finalmente, animales de costumbres. Tenemos cierta forma de vestirnos, de hablar y de comer. Algunos necesitan dos tazas de café para despertar. Otros una hora de yoga. Una editora de Revista Malinche se toma tan en serio el ritual mañanero que programa literalmente 15 alarmas, se baña, toma café y desayuna leyendo en su computadora.

Para gustos colores, decía mi abuela. Por eso no me sorprende que haya quienes necesitan lanzar cierta cantidad de insultos a columnistas antes de empezar bien el día. Seguramente el ritual del señor Gudiño incluye leer noticias en internet y mandar a los redactores a chingar a su madre.

 Lo cierto es que no es el único que se levanta a publicar comentarios en las páginas de los diarios. Normalmente los punto com de los periódicos se actualizan como a las 4 am. Para las 6 – hora en que empiezo a leer con calma las columnas – ya hay decenas de comentarios con más groserias que argumentos.

¿Qué gana el señor Gudiño con la parte más visceral de su ritual mañanero?  No tengo idea. Es una costumbre tan antigua e inescrutable como tomar café al despertar o salir a correr 10 kilómetros de madrugada.

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