Aquí nos tocó nacer

MCH_ESQUITES
Share Button

@ricardolopezc

El punto com del diario Milenio preguntó a algunos personajes sobre el momento en el que se dieron cuenta que eran mexicanos. La mayoría de las respuestas fueron tan obvias que me dio vergüenza escucharlas. “Cuando me di cuenta que no podía vivir sin quesadillas”. “La primera vez que comí pozole”. “Por las culturas”. “Cuando iba a la escuela y cantaba el himno nacional”. “Cuando estaba en Francia y extrañaba México”. “Cuando fui abanderada” .“Cuando vi un mural de Diego Rivera”.

Afortunadamente a mí nadie me ha preguntado sobre el momento en el que registré mi mexicaneidad porque habría dicho algo mucho más obvio. Ante una cámara seguramente me habría refugiado –como cada jueves– en los lugares comunes. “Tenemos las mejores playas del mundo, los tacos son bien chingones y Juan Gabriel es mejor que los Beatles”. Vamos, si me hubieran presionado un poco más probablemente habría dicho algo sobre Benito Juárez y el Pípila.

El patriotismo me parece uno de esos conceptos anticuados que aceptamos sólo porque han existido desde hace años. No somos mexicanos por providencia del señor. Somos de aquí porque aquí nacimos. Nadie nos preguntó si queríamos aparecer en México o si hubiéramos preferido otro lugar. Qué bueno que nadie nos preguntó. Si hubiésemos podido decidir estoy seguro que en Finlandia vivirían 120 millones de personas y sólo cinco millones en México. Es raro que nos defina tanto algo que no es más que una casualidad cósmica. Que yo haya nacido en el DF es tan azaroso como que Donald Trump naciese en Nueva York.

Lo cierto es que no tengo ni la menor idea del momento en el que me di cuenta que soy mexicano. Nací en el Distrito Federal cuando aún no había sido rebautizado como CDMX. Mis padres nunca fueron muy devotos a los símbolos patrios y en mi primaria sólo se hablaba de nacionalismo cuando jugaba la selección de futbol. Tal vez me asumo mexicano simplemente porque siempre lo he sido. Y aunque no cumpla con ninguna de las características clásicas, me gusta serlo. No soy macho ni valiente. No me gusta el mole ni los chilaquiles. De tener bigote, mejor ni hablemos.

Lo peor de los lugares comunes (JP dixit, creo) es que tienen algo de cierto. Nos sentimos más mexicanos en el extranjero que en México. Mi amigo Emilio vive en Londres y tiene una bandera del Distrito Federal en su departamento. Desde hace años insiste en referirse a nuestra ciudad como El Más Jefe. Hace un par de navidades, cuando vivía en París, de su ventana colgaba un estandarte de la Virgen de Guadalupe. No lo hacía por devoto ni trataba de conmemorar las intenciones vexilólogas del cura de Dolores. Creía que el símbolo mundialmente reconocido de lo nuestro es la morenita y le gustaba –supongo– publicar que ahí vivían dos mexicanos.

Tal vez la más obvia de mis cualidades mexicanas es que soy excesivamente amable y medianamente impuntual. Además tengo una debilidad especial por los esquites con chile del que no pica y el futbol profesional de mala calidad. Me siento orgulloso de ser mexicano por todo lo que dijeron los entrevistados de Milenio, sólo que no lo acepto en público porque me parece ridículo.

Escribió la maestra Warkentin que se siente mexicana -y hago mías sus palabras- porque esta es su casa, porque reconoce los olores, porque la saca de quicio, porque la divierte, porque le duele y la reta, porque lo conoce y reconoce y desconoce, porque lo camina y sufre su tráfico y lo anda en bicicleta, porque a veces le dan ganas de agarrarlo a patadas, porque sí.

En México hemos aprendido a soportar un régimen de violencia y corrupción. Habitamos un ambiente de desolación generalizada. Quizá ser mexicano es aguantar todo eso y seguir teniendo ganas de reírse un rato y compartir una caguama con los cuates.

Foto: Especial

Comentarios

comentarios

Relacionado

*

Top