Bala perdida

MCH_DESAMOR-NATALIA
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Por Natalia Gómez
@nataliniani

 Para el pistolero.

Los primeros días en la licenciatura son recuerdos borrosos por voluntad propia. Procuro no pensar mucho en ellos porque me vuelve a dar vergüenza. Me vestía con ropa vieja de mi mamá que me quedaba enorme, tenía un acento costeño-chicano asqueroso que me hacía decir la palabra “like” a la menor provocación y tenía frases como “puedo tener una coca” en mi repertorio. A pesar de todo, mantenía la emoción por lo nuevo. Y dentro de todo lo nuevo que me esperaba, sin querer sonar muy cursi, sabía que también existía la posibilidad de encontrar el amor. Porque yo también entré a la universidad con la esperanza de conocer a alguien que viera más allá de mis sábados enteros en pijama y de mi falta de ambiciones. Porque todo el mundo te cuenta que “conoció a su alma gemela en la universidad cuando menos lo pensaba”. Y cada que recorría los pasillos me imaginaba que tal vez, y solo tal vez, el amor de mi vida iba a estar caminando por ahí, igual de despistado que yo.

Muchas historias se formaron en esos primeros años, pero ninguna  me caló tanto como la que viví con el niño de ojos grandes. Sí fue en primer semestre, pero no lo encontré en los pasillos como pensaba; lo conocí un viernes necio y forzado en un bar que en el 2010 era mucho más cool que ahora. Y de ahí todo empezó.

Todas las piezas del cortejo encajaban perfecto a lo que yo pensaba era el comienzo ideal de un amor de universidad. Cuatro años de diferencia en edades lo ponían a él al final de la carrera cuando yo estaba empezando, y debió de haber sido un foco rojo pero nunca sospeché de nada, todo fluía increíblemente. Todo de él me encantaba: sus ojos enormes, su mentón pronunciado, su forma peculiar de caminar. Me hablaba por teléfono, me invitaba a tomar helados Roxy a la Condesa y mezcal a Coyoacán, caminábamos por el Parque México y pasaba por mí para llevarme a sus fiestas. Todos los lugares icónicos de la colonia Nápoles y alrededores los visité por primera vez con él. Mucho antes de siquiera darle un beso yo ya estaba enamorada.

Un día, después de tomar un café, me confesó su amor en el coche mientras me regresaba a mi casa. Así, de frente y viéndome a los ojos, no por mensaje, ni por correo, ni por cartita bañada en loción. Después de ese primer beso ya éramos algo. Nunca supe qué, pero teníamos algo.

Cuando pienso en él y en mí juntos me gusta hacer alusión a una bala perdida. Todos hemos sido la bala perdida de alguien. Esa persona que, al igual que un pistolero inconsciente, lanza una bala al aire y se olvida de lo demás. Hay personas que lanzan sus encantos al aire y no les importa a quién terminan seduciendo y lo que eso trae consigo. No importa cómo te trate esa persona, ni todas las cosas que te haga pasar, si eres una bala perdida siempre vas a querer volver a ellos. Yo siempre quería volver a él.

Después de meses juntos, me cambié de casa a Ciudad Satélite (que después de vivir ahí me entero que ya ni es considerada la Ciudad de México por muchos), entonces estaba de vuelta en provincia. No tenía auto, y el niño de ojos grandes vivía lejos de mí en una casa blanca en la Nápoles.

Nuestras salidas se redujeron, nuestros mensajes se acortaron y luego no nos veíamos ni un solo día en semanas.

Lo que no les he contado del niño de los ojos grandes es que es un genio. Su inteligencia inhumana le facilitó una beca para terminar sus estudios universitarios en Canadá y estaba a punto de partir. Yo sabía qué significaba eso, sería el final del intento de relación que teníamos. Durante un mes entero me dediqué a preparar el regalo de despedida perfecto. Todos los días hasta su partida le escribí una carta. Al final le entregué un sobre con 24 cartas de todos los tamaños, colores, formas y contenidos. Y le dije lo más cliché del universo: “Son para que las leas en el avión”; como si leer mis 24 cartas antes de que aterrizara a su nuevo destino iba a hacer que, de alguna forma, yo fuera parte de esa nueva etapa. Fueron 24 cartas que luego se convirtieron en largos mails contándonos nuestras vidas, una playera usada de los Pumas que me fue entregada por su hermana y una carta de amor de su puño y letra en seis hojitas arrancadas de una agenda. Hasta ahí yo vivía la historia de amor perfecta. Con sus altas y bajas, pero perfecta, y me decía a mí misma todo el tiempo que el amor era así, complicado y no siempre tan feliz, pero todos los días esperaba su correo electrónico larguísimo contándome cómo le iba en aquellas tierras lejanas.

De pronto, mi historia adquirió un tinte dramático cuando parpadeé. Los correos fueron acortándose, su frecuencia fue disminuyendo y sin darme cuenta ya no sabía nada de él en meses. Todos mis mensajes se quedaban sin respuesta. Me resigné. Recogí el poco orgullo que me quedaba para dejar de ser rogona y me olvidé de él. Y justo cuando estaba a punto de estar mejor y seguir con todo, regresó. Y cuando regresó volví a verlo y cuando volví a verlo volví a caer rendida, y cuando volví a caer rendida, él disparó una vez más. Me hablaba y me ignoraba, me buscaba y me cancelaba, me quería y luego salía con su ex novia, dejaba de escribirme y luego recibía mensajes a las tres de la mañana con nada más que un “te extraño”.

No se trataba de él, se trataba de mí. Lo que el niño de ojos grandes no entendía es que nadie nunca me había gustado tanto, que me había dicho y prometido cosas que jamás pensé alguien en un millón de años me diría. Porque sólo tenía 20 años y a los 20 años no tienes mucho que ofrecerle alguien en una relación.

Absolutamente todo me lo recordaba, siempre salía a la conversación de algún lado y no dejaba de soñar con él. No entendía el daño tan grave que su bala provocó. Porque hay balas que sólo asustan, que sólo queman la piel y hay balas que matan. En ninguna de estas circunstancias el que dispara se entera del resultado; sigue su vida y sigue disparando al aire cada vez que se le antoja, pero la bala es la que vive todo.

No me dolía tanto que estuviera de regreso para volverse a ir, todo eso ya lo había vivido. Me dolía el tratar de olvidarlo, el no tener respuesta, el resignarme a que estaba feliz sin mí. En una tragedia ocasionada por una bala al aire están involucradas dos personas, pero una de ellas es la que termina peor. Y ahí estaba yo dándome cuenta de que era la que más lo quería y la que más iba a resultar lastimada.

Con todo y todo moría por verlo. Moría por verlo antes de que se fuera esta vez a hacer su maestría a una de las escuelas más prestigiosas de Londres. Sentía que podía hacer algo por salvar eso que ya ni sabía qué era. Y a pesar de cómo me trató y el poco interés que mostró en mí, lo vi. Todo lo que viví con él fue como la trágica repercusión de una bala perdida. Porque prometerme llevarme a ver Media noche en París esa última vez que nos vimos no fue suficiente para devolverme una llamada. Y un patético mensaje de texto despidiéndose para siempre después de tanto tiempo, fue suficiente para que él no volviera a buscarme y para que yo me diera cuenta de que nunca me quiso de la manera tan ridícula en la que yo lo quise a él. Porque pasaron meses, incluso años, y a pesar de todo lo que intentaba yo seguía escuchando el eco del disparo.

Lo cierto es que a diferencia de una bala, el amor no mata a nadie. Y un día me desperté y ya no pensé en él, ni en lo que hacíamos, ni en lo que nos dijimos. Ya no sentía la necesidad de preguntarle a conocidos cómo le estaba yendo ni qué noticias tenían. Ya no releía sus cartas ni sus correos electrónicos. Ya no me dolía. Aprendí que, ser la que se entrega más no es algo malo y nada se siente mejor que superar una relación en la que todo lo dabas y no podías verte fuera de ella. A veces pienso que necesitaba que eso pasara. Regresé a los pasillos de la universidad con el mismo aire distraído que siempre me ha caracterizado y después de un tiempo, en esos mismos pasillos, encontré a alguien igual de despistado que yo.

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