Bienvenido a la friendzone

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Por Miguel Angel Aguilar Mancera
@cocuaguilar

En alguna ocasión José Pablo (el de la historia de la chica que era Legionaria de Cristo) me describió ante un grupo de personas como un tipo sin corazón. No el órgano que bombea sangre al cuerpo, sino como una metáfora de mi falta de emociones. En otra ocasión, un sujeto dijo que parecía un autómata, por la misma razón.

Algo de eso es verdad. Más si hablamos de amor, el amor de una persona a otra: tomarse de las manos, regalarse cosas ridículas, “te amo; no, yo más”, ir al cine a no ver la película, etcétera.

Aunque también es cierto que, un buen día, ya hace tiempo, antes de Facebook, los iPhone, Whatsapp et al –toda esa tecnología, diría mi mamá-, el yo de catorce años se topó con eso que ahora los teóricos llaman la friendzone.

Es el tiempo en el que las chicas empiezan a cumplir quince años. Los quinceaños. Las niñas no hablan de otra cosa que no sea qué vestido van a usar y tú, con tus amigos, de cómo te encanta beber alcohol y que aguantas un chingo (aunque nunca hayas bebido y el sábado, en los quinceaños, te empieces a sentir raro con apenas un par de cubas que le robaste a un mesero y compartes con tus camaradas).

Y nada, en esas fiestas de quince años las chicas se ponen guapas –bueno, para un mocoso de catorce- con el peinado y maquillaje que les hizo su mamá y sus vestidos de colores que vuelven locos a un par de tus cuates que sueltan un “qué buena está” (sí, mocosos de catorce).

Y nada, allí está ella. Con un vestido –cuyo color no recuerdo- y ese peinado –que tampoco recuerdo- que, entonces, te parece, la hacen lucir hermosa. Como aquel día que la conociste.

Son buenos amigos (si el Yo de 21 pudiera advertirle de la catástrofe que estaba por ocurrir al Yo de 14…), ella es inteligente y eso te gusta porque, piensas, qué mierdas vas a hablar con alguien que no es inteligente; además, en eso no has cambiado, tu ego es más grande que Godzilla.

Las niñas van a sus mesas y los niños van a las suyas. Ellas ven el vals y ustedes, con cara de güeva, comienzan a planear cómo le van a hacer para conseguir alcohol. Alguien consigue que un mesero buen pedo les lleve algunas cubas a la mesa y, casi como un ritual, van pasando la cuba al de la derecha. Más tarde, encontrarás una manera de conseguir ron con coca para ti solo.

Siempre has tenido dos pies izquierdos, en eso tampoco has cambiado. Las niñas, con sus vestidos de colores, se paran de sus mesas y los invitan a bailar. Tú dices que no sabes o que eres muy malo y aún cuando algunas chicas que entonces considerabas guapas se ofrecen a “enseñarte” (el Yo de 21 te diría algo así como “no seas pendejo”) tú te quedas en la mesa, sintiéndote más rudo que Chuck Norris con tu vaso de ron con coca.

Ella está allí con su vestido –que ahora empiezo a recordar, quizás era verde- bailando con otra niña, porque ante la falta de “hombres”, a ellas no les queda de otra que bailar entre ellas.

Nadie conoce tus intenciones (no piensen mal). En tu estado de –según tú, mocoso de catorce años- semiembriaguez analizas la situación y vas al baño unas cinco veces, entre tanto líquido y –años después debería aceptarlo- tu nerviosismo. Sin darte cuenta, ya es bastante tarde (para unos niños de catorce) y no la ves por ninguna parte. Pronto llegará tu papá, porque ni manejar sabes, y tendrás que encontrar alguna manera de eliminar ese aliento alcohólico del Bacardi con Coca Cola.

Unos días después te convences de que es momento. Es un jueves nublado –me sigo acordando-, te llenas de valor y le dices que quieres hablar con ella. Salen del salón y ahí (el Yo de 21 le diría al Yo de 14, “qué pendejo”) le dices algo –que no recuerdo, pero que seguramente haría que el Yo de 21 se cagara de risa- y hay un silencio incómodo. Ella sonríe y habla, lo que dice no importa, sólo lo último: déjame pensarlo.

El Yo de 21 años sabe que el Yo de 14 está perdido. Que ya valió madres. Que lo que viene sólo va a ser peor.

La escuela se entera de tu hazaña (ah, porque, en eso tampoco has cambiado, te gustan las cosas imposibles, crees que a pesar de que ha rechazado a otros a ti te va a decir que sí). La gente “aplaude” tus güevos. Las niñas te advierten del gran error que acabas de cometer porque, dicen, ella va a tener novio hasta los 21 (por lo que, de cierta forma el Yo de 21 podría volver a intentar ahorita, ¿no?).

Los días siguientes son horribles. Ilusamente sólo piensas en su respuesta –spoiler, Yo de 14: te dice que no-. Ella te evita, en todas partes. En el Messenger, en la fiesta de uno de sus amigos y hasta en la escuela.

El día del acabose decides que estás hasta la madre de esperarla. Vas, la  buscas y le dices que quieres hablar con ella. Se sientan en el pasto, detrás de uno de los edificios, donde nadie los puede ver. Te cagas de los nervios. No tienes doce ni sigues en la primaria pero le agarras la mano. Le preguntas que si ya lo pensó. Tal vez no debiste haber preguntado eso.

Los cinco minutos que habla sin parar, intercalando su mirada entre tus ojos y algún grupo de hormigas que pasaba por el cemento, son eternos. La escuchas con atención y, conforme sigue hablando, sientes como si te empezaran a dar patadas en los güevos. Concluye -esto sí no lo olvidarás nunca- con una frase que deberías mandar a enmarcar y colgar en tu cuarto: quiero que sigamos siendo amigos. Esboza una sonrisa, tú haces lo mismo, pero si te vieras en un espejo, seguramente tendrías cara de idiota, y te abraza. Y se va.

Sin saberlo, Yo de 14 años, entraste en la friendzone y de la manera más jodida posible.

Deberíamos llevar una iniciativa para abolir la friendzone que, según cálculos no oficiales, cobra más víctimas al año que las muertes por enfermedades cardiacas, alcoholismo, accidentes de auto y el tabaco.

Eso de “seamos amigos” también es un mentira asquerosa. Porque desde ese día no volví a hablar con ella ni la he vuelto a ver. Pero estoy seguro que, si algún día la encuentro por allí, volveré a tener esa sensación que recorre el estómago hasta subir casi a la cabeza, como cuando la vi por primera vez.

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