Chapo, ¿en qué soñabas aquella noche que te detuvieron?

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@MarianoMoreno7

Es de madrugada en el caluroso Mazatlán. Estás dormido. A tu lado se encuentra tu esposa, pero no única mujer. La conociste cuando participó en un concurso de belleza, ¿recuerdas? Te casaste con ella cuando cumplió los 18 años y tú ya rozabas el medio siglo. La alejaste de las pasarelas para llevarla al mundo de las drogas, las balas, la sangre. “Pero así se ha vivido siempre en Sinaloa”, pensarás. Tú le diste todo y ella te dio algo más preciado que tu imperio criminal, dos gemelitas que le hacen sombra al resto de tus hijos, sean los vivos o los muertos.

Sigues dormido. ¿Es difícil dormir para alguien que ha sido responsable de miles de muertes? Muchos han muerto por ti, Chapo. De frente o a traición, por ordenes de terceros o a causa del producto que vendes. Tal vez al principio los muertos dejaban de ver las velas del camino y se perdían, colándose en tus sueños. Ahora no. A tu lado un rifle cuerno de chivo la hace de tu ángel de la guarda. ¿Recordarás tus sueños de aquella noche? A lo mejor soñabas que podías caminar tranquilamente en la calle, saludando a la gente, tu gente. No tenías que esconderte por túneles o en la sierra por meses. Tal vez en tus sueños eras libre. Nadie te perseguía, nadie buscaba matarte, no tenías que vivir a salto de mata.

Imposible no ver la ironía en ti. Eres uno de los hombres más ricos de México, apareces en Forbes, y en la cocina de tu modesto departamento hay frijoles y tortillas casi rancias. Hace unos días casi te atrapan allá en Culiacán, la viste cerca. De no haber sido por tu sofisticado sistema de túneles el país hubiera celebrado antes. Es por eso que estás en Mazatlán, hacía tiempo que no veías a tus niñas. Siempre Sinaloa, nunca quisiste alejarte de tu tierra. Y pensar que muchos decían que estabas escondido en Estados Unidos. Y pensar que muchos decían que tú habías pactado con los gringos. Y pensar que muchos decían que te protegían de muy, muy arriba. Y pensar que muchos aseguraban que te protegía un ejército. De ti se dijo que una vez fuiste a comer a un restaurante en Ciudad Juárez, que lo cerraste, que ibas acompañado de cien sicarios, que pagaste la cuenta de todos los comensales. Quien diría que en realidad tu seguridad no supera las cinco personas.

¿Ya recordaste en qué estabas soñando? Mientras duermes, ni tú ni tu escolta se percatan que afuera la calle se empieza a llenar de marinos. Entran al edificio, sigilosos pero con miedo. Si todo sale bien, te habrán atrapado a ti, el narcotraficante más buscado, a ti, que llevas 13 años prófugo desde que te escapaste de Puente Grande en un carrito de lavandería. Esa fuga te convirtió en el mito que eres ahora. No oyes a los marinos en el pasillo. Son silenciosos como el aleteo de una mariposa.

Desde hace tiempo te cuesta trabajo reconocerte en el espejo. Fueron tantas las cirugías plásticas a las que te sometiste, siempre con el miedo de que te pasara lo que al Señor de los Cielos. Pero más te cuesta reconocer al joven Joaquín que empezó como roba coches. Nadie daba una moneda por ti en ese entonces. Quién hubiera dicho que llegarías tan lejos.

¿Recuerdas tu primera captura en Guatemala? Te tenían amarrado en la batea de una camioneta bajo el sol centroamericano, como si fueras un animal de ganado. Nadie hubiera imaginado que en unos años serías el gran rey del narcotráfico. De haber podido predecir el futuro, te hubieran matado sin más. Lo que se habría evitado.

Las botas de los marinos siguen avanzando. ¿En serio no escuchas? El rumor de las olas del Pacífico no te despierta, al contrario, te arropa. A lo mejor duermes porque ya no consumes drogas. Al vicio que no le dices que no son las niñas de entre 13 y 16 años. No pueden quejarse, pensarás. A veces les pagabas 100 mil pesos por trabajo. No te preocupa tu esposa, ella nunca te ha reclamado.

Joaquín, una pregunta: ¿Crees en Dios? Sí, sé que has construido muchas iglesias, pero sabes que no alcanza para la salvación eterna que tanto añoras. Tal vez sueñas con el cardenal Posadas, quien fue asesinado accidentalmente por tu culpa, afuera del aeropuerto de Guadalajara.

Los cañones apuntan a tu puerta. Entran a tu departamento. Despiertas, el miedo te confirma que ya no estás soñando. Oyes gritos. Tus niñas están en la habitación de al lado, pero no vas por ellas. Olvidas tu arma y corres al baño. Sabes que ha llegado el momento. Después de 13 años escondido, tenía que llegar este día. Hay gente armada afuera, a gritos y amenazas te obligan a salir. Por alguna razón el suicidio no pasó por tu cabeza. No se hace ningún disparo. Sales con las manos en alto, ves al suelo y les dices “está bien”.

En pocas horas la noticia acaparará todos los ojos del mundo. La gente celebrará la caída del gran capo, otros no creerán que el detenido eres tú. Sabes que en estas cosas nunca faltan las teorías de conspiración. ¿No dijeron que Nacho Coronel no murió en Guadalajara y que seguía vivo y escondido contigo? Los gobiernos panistas quedarán todavía más en la ignominia y la ineficacia por no haberte podido, o querido, detener. Otros dirán, por cuestiones políticas, que tu captura sólo es una cortina de humo. Pero la gran mayoría pensará que ni estando tras las rejas las cosas cambiarán. Hay muchos nerviosos por tu arresto. Gente que te protegió, gente que compraste. Tú sabes bien quienes son. Policías, funcionarios, ex funcionarios, gente del clero, empresarios. Saben que si cantas irán por ellos. Están nerviosos, hubieran preferido que murieras en el operativo que acabó contigo.

Ya estás en la cárcel. No es un ambiente que no conozcas. En esa misma prisión están grandes enemigos tuyos, como El Z 40 y El Hummer. Muy pronto te acompañará La Tuta, vas a ver. ¿Qué les dirás cuando te los topes? Aquí ya no puedes mandar mensajes en narco mantas con cuerpos mutilados. Ya no habrá para ti carritos de lavandería ni escapes al estilo The Shawshank Redemption. Cuando te maten un pariente, ya no podrás dejar a Culiacán sin rosas rojas por haberlas comprado todas. Quieres ver a tus gemelitas. Te diría que ya no volverás a tener libertad, pero ni después de tu gran escape de la cárcel la tuviste.

Dime, Chapo, ¿en qué soñabas aquella noche que te detuvieron?

Foto: Getty Images

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