Club Covadonga

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    A todas, naturalmente.

Por Francesc Messeguer
@ElMesseguer

Por años pensé en el amor como si se tratara de una película, de una ficción. El motivo es doble. En primerísimo lugar, solía ser de esas personas que va por el mundo maravillándose de cuánta mujer hermosa observa. ¿Alguien sabe lo que se siente enamorarse todos los días? Yo imaginaba historias con cualquier mujer que mis ojos pudieran observar. Cuentos heróicos que terminaban cuando el metro se detenía, la clase acababa o la chica que estaba viendo me pasaba de largo. Ése era el momento en el que la fantasía acababa y era hora de regresar al mundo de las responsabilidades.

Pero en realidad, esa primera razón, ese constante imaginar, remite a otro lugar: el cine. La afición que mi abuela y mi madre tenían por las comedias románticas era contundente: al menos una vez a la semana íbamos al Cine Manacar para ver qué había de nuevo con el amor entre Julia Roberts y Hugh Grant. Cada semana, todas las semanas, los actores cambiaban y los títulos de las películas también, pero la historia siempre era la misma. Siempre fue la misma. La huella que estas películas me dejó, por lo tanto, fue el doble de contundente.

Como decía, para mí el amor era un simulacro, un hubiera. Y no dudo que el síndrome que inevitablemente padecí haya sido compartido por otras personas. Pero el daño que me causó en lo particular fue que mis estándares se redujeron –o en realidad, se magníficaron– a mirar mis relaciones como si las viera en una película. Nadie me dijo que yo debía ser el personaje principal en lugar del espectador. Y en realidad, tampoco nadie tenía que decirmelo. Mis miedos, mis gustos, mis reacciones, mis amores y mis destrucciones. Todo se lo debía a la pantalla grande.

Así era mi vida en términos amorosos. Mis relaciones no funcionaban, porque quizás habitaban únicamente en algún lugar en mi interior, en una especie de videoclub al que sólo yo tenía acceso y mediante el cual no dejaba de comparar todo lo que me pasaba con tal o cual chica, con lo que había visto en alguna película.

Cuando crecí el síndrome continuó y me llevó a los libros, la poesía y la música. Tenía la firme idea de que para sellar cualquier implicación amorosa había que escribirle a la amada en turno un texto, un poema, una crónica, una canción.

Todo eso lo hice. Y como películas esperando por mí en un videoclub de mala muerte, éstas fueron las historias que me conté. O más bien, los cuentos que quise contarme.

A M.A. le compuse una canción en una noche, porque vivía convencido de que lo más romántico que podía haber era desvelarme pensando en la chica que más me gustaba.

A Nai le escribí un poema de cómo éramos dos trenes en direcciones opuestas que, aunque se encuentran a punto de chocar, no lo hacen, como intentando lanzar una metáfora de que no podíamos acabar juntos o algo así.

Antes de que le confesara a Fergu (así le decía, como supongo que cualquier otra persona tiene un apodo para su amada en turno) que me gustaba, le escribí un texto patético que titulé “vale por un café”, como un último y desesperado intento de concretar una cita para cuando ella regresara del viaje a París que estaba a punto de emprender.

A Pau, esa reportera de la que me enamoré perdidamente, le escribí una crónica basándome en “Una adorable criatura” de Truman Capote y Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco, como intentando reivindicar que, aunque ella era mayor que yo –por lo tanto, Carlitos y Mariana–, aún así era capaz de escribir algo que, para acabar pronto, la hiciera enamorarse perdidamente de mí.

Nada de eso funcionó.

La verdad es que a M.A. nunca le ha gustado mucho la música, o al menos no le emociona tanto como a mí. La canción que le hice al amor de mi vida me valió un “qué lindo, gracias”, mientras yo viajaba a Acapulco tratando de conectarme desesperadamente a alguna red que me permitiera ver un mensaje de texto increíble que, por supuesto, nunca existió.

Nai nunca entendió el poema, porque en realidad nunca entendía nada de lo que le decía. Sin importar cuánto insistiera en que yo no acepto la amistad como un premio de consolación tras haberle declarado mi amor a alguien, ella siempre se empeñó en demostrar lo contrario. Aunque al final, el pronóstico de mi poema se cumplió: los trenes nunca chocaron, pero porque iban en vías diferentes.

Fergu nunca canjeó el “vale por un café”, pero salimos una vez a cenar a un restaurante japonés. Y, aunque esa noche yo estaba decidido a decirle cuánto me gustaba, tuve el mal tino de elegir una mesa junto a una pareja que no dejó de pelearse. El vaticinio se convirtió en destino: Fergu empezó una relación con alguien más.

Con Pau la historia es distinta (o idéntica). El día que le dije que estaba enamorado de ella lo pasamos juntos. Fuimos a cubrir un evento oficial, comimos juntos, bebimos café, platicamos tan bien como solíamos hacerlo, pero llegó el momento de despedirnos. Al final del día yo era Carlitos. Y para ella el hecho de que tuviera que regresar a la escuela, así se tratara del penúltimo año de la carrera, simplemente la llenaba de ternura. Salí de las oficinas de su periódico convencido de que ya no aguantaba más, que tenía que decirle todo. Así que lo hice. Di media vuelta y me le aparecí enfrente de su escritorio, tan seguro de mí mismo como quien sabe que a esas alturas ya no tiene nada que perder (aunque en realidad podamos perderlo todo), diciéndole que estaba enamorado de ella. Pero lo que nunca entendí es que José Emilio Pacheco no escribió en el final de su novela que Carlitos y Mariana terminan juntos.

El golpe de estas películas fue tan duro que me di cuenta de que en realidad estaba viendo la misma cinta una y otra vez. Con los mismos personajes y con las mismas historias. Tal y como lo hacía en el Cine Manacar cuando era niño. Yo era una especie de Sísifo que no podía estar feliz de su absurda labor porque no era consciente de que, al final de cuentas, estaba muy cómodo sentado enfrente de una pantalla gigante, viendo mi vida pasar frente a mis ojos.

Cuando ya no era soportable seguir aguantando aquellas películas de mi videoclub de mala muerte, comencé a ir todos los jueves al Covadonga, a beber con mis amigos y a contarnos historias de desamor; a planear nuestras próximas conquistas a sabiendas de que quizás, y sólo quizás, fallarían. Me encontraba, pues, frente a otro cúmulo de historias, un nuevo videoclub, el Club Covadonga, al que asistía fielmente para ver en qué iban las historias de amor entre mis amigos y sus amadas.

Y cada noche nos tomamos tan en serio las líneas de aquella canción de Marillion: “So if you want my adress, is number one at the end of the bar/ where I sit with the broken angels, clutching at straws and nursing our scars”, que la velada consistía en una especie de concurso para ver quién contaba la peor (o la mejor) historia de desamor.

Pero no pasó lo que José Joaquín Blanco cuenta en Función de medianoche: el Covadonga no es un Vip’s de los años 70, en el que un grupo de amigos borrachos consuela a un amigo desalmado al que su esposa ha corrido de la casa, mientras se toman un caldo tlalpeño, en esperas de que la mujer en cuestión llegué totalmente arrepentida a abrazarlo. El Club Covadonga es un lugar del que por lo general sales como llegaste: completamente solo. El gran reto a vencer está ahí. Ésa es la piedra que hay que arrastrar, pero a sabiendas que al momento de empujarla, ésta puede caer por su propio peso.

Me di cuenta de que tenía que actuar antes de que me arrastrara una vez más por el vacío de esa historia sin fin. Fue entonces cuando comprendí que las cosas no son como en una película. Las consecuencias son tan reales como el dolor que sientes cuando alguien te dice que no está enamorada de ti. Y caí en cuenta de que, pese a todo, al final es cierto: sigo siendo uno de esos enamoradizos incontrolables que vive con la consigna de reincidir en el lugar común que dicta que “allá afuera está la chica para mí” y que debo de ir a buscarla.

Pero ni las canciones, ni los textos, ni las crónicas, ni los poemas van a conquistarla por mí. El consejo unánime de quienes creen saberlo todo en asuntos del amor dictaría que, para lograrlo, debo levantarme de ese sillón en la sala de cine, acompañado de alguna frase como “porque enamorar es hacer cosas por aquella persona que tanto te gusta”.

Mientras tanto, de vez en cuando regreso al Club Covadonga con mis amigos a seguir bebiendo, a rentar alguna película nueva. Pero procuro ya no hablar de mis desamores. Sino de cómo planeo conquistar a esa chica con una sonrisa que encanta, unos ojos que hipnotizan y un nombre que empieza con la letra N.

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