Colección de insomnios

MCH_14-INSOMNIOS
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Por Mariana Dávila Moreno
@manzanita_zeta

 “No ser amado es una simple desventura. La verdadera desgracia es no saber amar”
-Albert Camus

Todos tenemos guardado un repertorio de derrotas amorosas que, para bien o mal, nos han forjado, convirtiéndonos a veces mejores personas, a veces bastardos vengativos (cada quien sabe a qué categoría pertenece). Yo no he sido la excepción.

Conocí a Marco en agosto, el día que inicié la universidad. Nuestras miradas se cruzaron en el pasillo, fue una escena de la que Nicholas Sparks hubiera estado orgulloso. Él vestía una playera amarilla con un hoyo en la parte superior derecha, cosa que notaría con el tiempo. Su cabello era negro, sus ojos también. Estudiaba literatura conmigo, pero lo que realmente quería era ser músico. Tenía 19 años. De los detalles que más recuerdo es que usaba pantalones demasiado ajustados y fumaba siempre entre clases. También me viene a la mente la manía que tenía de jugar con el anillo negro que siempre usaba en el dedo índice de su mano izquierda.

La primera vez que hablamos fue durante una clase de investigación documental aburridísima. Podría apostar mi riñón izquierdo a que los grandes pensadores del Siglo XX nunca tuvieron que padecer tener que aprender a citar en formato MLA. Sobra decir que no recuerdo nada de lo que decía el profesor, ni de lo que la sucesión interminable de diapositivas desplegadas en el pizarrón mostraban y, sin embargo, todavía puedo recrear a la perfección el dibujo que Marco hacía en mi cuaderno: una lavadora desproporcionada. Nunca entendí por qué, pero cuando no estaba escribiendo canciones, le daba por dibujar electrodomésticos.

Aunque nos veíamos diario, la primera vez que realmente tuvimos una plática profunda fue en el chat de Messenger. Ese programa, hoy extinto, era entonces predilecto para todos los pubertos nacidos a finales de los 80 y principios de los 90, en parte porque servía para llamar la atención del objeto de tu afecto a través de nicknames con  indirectas tan originales como “MuErO pOr Ti. Tu SaBeS qUiEn ErEs ;)”.  Sé que hay gente que desconfía de la tecnología y de su poder para crear vínculos significativos entre dos personas (y, a pesar de eso, ahí tenemos Her en cartelera). No estoy aquí para cambiar ninguna perspectiva, pero puedo decir que lo más sincero que Marco y yo nos dijimos ocurrió a través de una pantalla. Durante incontables madrugadas aprendí a asociar el deseo con una letra Comic Sans anaranjada fosforescente. Éramos una colección de insomnios.

Pero por más que nos dijéramos acerca de nuestra vida vía internet, cara a cara nada era sencillo. A veces pienso que nos tomó demasiado generar confianza mutua en el mundo “real”, si es que alguna vez lo hicimos realmente.

La primera vez que lo vi fuera de la universidad fue durante una noche que, a la fecha, considero una de las más bizarras de mi vida. La cita era en San Ángel, el pretexto una de sus tocadas. Cuando llegué al lugar acordado vi la mezcla más extraña de gente: el público se dividía entre padres de familia y viejecitas amables comiendo panqué de naranja y tomando ponche, por un lado, y por una serie de hombres rastosos fumando marihuana y bebiendo caguamas, por el otro. También había una especie de chamán vestido con un huipil sosteniendo algo parecido a un báculo. Lo que era más raro todavía es que en el escenario no había instrumentos musicales, sino una cama con sábanas rosas. No me tomó mucho percatarme que el evento, además de ser una tocada, era también un espectáculo de circo erótico. Mis acompañantes y yo estábamos un poco desconcertados. Cuando llamé por teléfono a Marco me dijo que las bandas tocarían entre actos y la suya era la última. Vi todo el show, hasta que por fin él hizo su aparición. Me encontró entre la multitud, fue a saludarme y platicó conmigo un rato, después tocó solamente dos canciones porque sus amplificadores se reventaron. Su banda se retiró antes de tiempo y no volví a verlo en toda la noche.

A las pocas semanas fuimos a tomar un café. Fue una tarde extraña. Hablamos de música y libros (por ese entonces no dejábamos de recitarnos el Altazor de Huidobro). Después mencionó su proceso creativo y de cómo éste consistía en romper corazones, incluyendo el de su novia (a la cual jamás había mencionado hasta entonces). Yo me levanté del sillón de golpe, además de sentirme como una de sus canciones, estaba muy enojada. Me sentía engañada y dolida. Él se percató de su error y me dijo: “-Perdóname, es que cuando estás cerca me pongo nervioso y no sé qué decir”. Afligida, le respondí que dijera lo que se le diera su gana. Me miró a los ojos, acerco su cara a la mía y entonces me susurro la frase más descontextualizada en la historia de una conquista: “Me arde el ano”. Salí del café sin saber si reír o llorar.

Después de eso algo se rompió. Decidí que por más que lo deseara no podía estar con alguien así: drogadicto, mujeriego y bipolar. Es irónico el dolor que nos causan las separaciones que hacemos por nuestro propio bien. Dejé de intentarlo, pero él no se dio por vencido. Por un año jugamos a buscarnos y perdernos. Caímos en incontables lugares comunes y al final fuimos el ejemplo perfecto de una batalla perdida. Creo que de alguna extraña manera realmente nos queríamos, aunque nunca se concretó nada. Cuando agotamos todas las oportunidades que teníamos para estar juntos, tomé la resolución de irme, esta vez de manera definitiva.

Meses después de haberlo sacado de mi vida no podía escuchar a Radiohead, banda que jugó un papel fundamental en nuestra historia, sin llorar. Tal vez eso es lo más difícil de una ruptura, no la ausencia física de la persona, sino todos los rincones intangibles que sigue habitando. Cada canción compartida era un campo minado de recuerdos. Un día “Let Down” salió en mi lista de reproducción aleatoria y no sentí nada. Creo que en ese instante entendí, como nunca lo he vuelto a hacer, lo que era el olvido.

Uno no sabe si detestar o agradecer a las personas que lo rompen. Eventualmente se aprende a hacer la segunda, aunque supongo que siempre queda un poco de ambas. Hoy pienso en Marco y sonrío.

Hace poco me rompieron el corazón de nuevo y con ésta despedida también sentí cómo mi alma moría un poco. Sé que con el tiempo volveré a sonreír al pensar en la persona. Sé también que, al igual que con Marco, eventualmente podré escribir esa historia en una crónica de 6,000 caracteres.

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