Coleccionista de firmas

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@MarianoMoreno7

Yo colecciono tres cosas: desamores, mercancía de Star Wars y libros firmados. Te dejo la tarea de imaginar cuál de mis tres colecciones es la más grande. Respecto a los libros autografiados, se trata de una afición (por lo menos esta sí sana y legal) que empezó hace aproximadamente cuatro años. Creo que un rayón proveniente de la mano del autor en cualquiera de las primeras páginas de su libro le proporciona mayor valor sentimental y afectivo. Es como lo que ocurre con el zorro de El Principito cuando pide que lo domestiquen: se crea un lazo que vuelve a ese libro firmado distinto de todos los demás ejemplares que esperan ansiosos en las librerías. Para ti se vuelve único en el mundo. Además, uno nunca sabe cuando sea bueno subastar por Ebay o Mercado Libre los libros con las firmas más valiosas.

Como si fuera un arqueólogo en Egipto, profanaré un extracto de un artículo escrito en el portal Sin Embargo por un viejo profesor llamado Jorge Alberto Gudiño. Dicho párrafo narra la cacería que emprendí hace unos años para conseguir la firma de una autora en uno de sus libros:

“De pronto, apareció una Autora (así, con mayúscula: su fama lo permite). Entonces uno de mis alumnos se levantó, buscó entre los libros que traían en las bolsas y sacó alguno escrito por ella. Luego la alcanzó en el elevador. Las puertas se cerraron. Minutos más tarde, regresó contento: tenía un libro más con la firma de su autor.”

Afortunadamente nadie me demandó por acoso sexual después de conseguir ese libro autografiado. La única regla que tengo en el arduo negocio de la cacería de firmas es que debo sentir cierta admiración, respeto o por lo menos empatía por el autor en cuestión. Si Dulce María, El Rubius, Yordi Rosado, o un tal Mariano Moreno algún día me ofrecieran firmarme un libro, lo más probable es que los termine mandando al carajo cien veces.

En mi humilde colección hay de todo. Hay libros firmados por el Anticristo, mejor conocido como Fernando Vallejo (La virgen de los sicarios, El desbarrancadero, El fuego secreto), Xavier Velasco (Diablo Guardián, La edad de la punzada), Arturo Pérez Reverte (La Reina del Sur), Guillermo Arriaga (El búfalo de la noche), John Katzenbach (El psicoanalista), Héctor Aguilar Camín (La guerra de Galio, Morir en el Golfo) entre muchos otros. Lamentablemente la edición que tengo del Kama-sutra tiene toda la tinta derramada, no sé porqué. La dedicatoria más bonita es cortesía de la adorable Elena Poniatowska (La noche de Tlatelolco), que obtuve a la salida de un elevador. La más divertida es de mi antes citado profesor Jorge Alberto Gudiño (Justo después del miedo). La más emotiva salió de la tinta de Fernando Vázquez Rigada (Piel Adentro). Quién más se repite es el historiador Paco Ignacio Taibo II, porque da la casualidad que siempre me lo encuentro. Mi humilde colección se vería más decente si Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez antes de fallecer me hubieran regalado la “poderosa”, pero fueron tan desconsiderados conmigo que prefirieron morirse. La joya de la corona son los dos libros que tengo firmados del único premio Nobel al que le he dado la mano, dado que por mis rumbos no abundan de esos: Mario Vargas Llosa (La ciudad y los perros, La fiesta del chivo).

Aunque de todos esos libros llenos de garabatos mi favorito es una edición de El Principito en otomí (sí, otomí, ¿qué tal eh?) que obviamente no está dedicada por Antoine de Saint Exupéry, sino por alguien más increíble que fue quien me lo regaló.

Hace unos días tuve la oportunidad de ir una vez más a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara y no faltaron las nuevas signaturas sobre el papel. Por azares del destino me topé al polémico escritor Salman Rushdie quien me firmó Los versos satánicos, un libro que causó el enojo del Islam más radical, violento e imbécil, a tal grado que el Ayatollah Jomeini lanzó una fatwa  en Irán contra Rushdie en los ochentas. En otras palabras, querían asesinarlo por el simple hecho de haber escrito un (grandioso) libro. Yo no tenía ningún interés en cobrar recompensa por la cabeza de Salman Rushdie… hasta que me enteré lo que pagaban. Pero para ese entonces ya estábamos muy lejos uno del otro.

Con Ángeles Mastretta me ahorré varias horas de aburrida fila para que me firmara un libro, ya que gracias a las buenas artes de mi querida Ivette Retana pude conocer a la autora de Arráncame la vida en una terraza con muy poca gente. También el analista y ex canciller Jorge Castañeda me firmó su recomendable autobiografía Amarres Perros. Yo estaba en la multitud, le enseñé el libro desde lejos y volteó hacia mí como si le hubiera apuntado al rostro con un láser verde. Sin hacer caso de toda las personas que lo atosigaban, llegó conmigo y firmó el tabique de sus memorias, diciéndole a todos alrededor: “Mis libros son primero”.

Después de mencionar a tantos libros y autores ahora sólo espero la retribución de las editoriales por tan barata publicidad. Mientras tanto, me da gusto saber que mi colección de libros firmados va aumentando como si fuera la delincuencia. Bueno, a lo mejor exageré, mi colección no crece tanto ni tan rápido. Cambiándole un poquito las palabras a Roy Scheider en la película Tiburón después de ver cara a cara al escualo asesino: Vamos a necesitar un librero más grande.

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