Contra el viaje en avión

vueloturquia
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@Joso9

If hell is other people, airports are purgatory.
– Neil Gaiman (American Gods)

Jean-Paul Sartre se sube a un avión. Hizo tarde el check-in así que le toca un asiento sin espacio extra para las piernas; “Basic Economy” en lugar de “Economy Plus” o “Deluxe Economy” o algo así. La sobrecargo principal anuncia que los viajantes pueden elegir entre 2 opciones: el pollo con vegetales o la pasta. Ninguna opción se le antoja particularmente al maestro, pero elige la pasta. Sin embargo, cuando por fin llega el carrito de las viandas, no queda más que trastes con pollo y algo que parece una berenjena. Lo único que consuela al francés es que va sentado en el pasillo, lo que significa que puede ir al baño sin necesidad de despertar a nadie. El gusto le dura poco (el vuelo es trasatlántico) y a la cuarta vez que sus compañeros de asiento lo despiertan para ir a aliviar su vejiga, o sólo para estirar las piernas, el padre del existencialismo grita: L’enfer, c’est les autres! (El infierno son los otros).

Bueno, quizá no ocurrió así, pero es fácil de imaginar.

Lo mismo pensó el autor inglés Neil Gaiman, que en un divertido pasaje de su novela American Gods retoma la frase de Sartre y dice que si el infierno son los Otros, el purgatorio son los aeropuertos.

Siguiendo con ese razonamiento, si algún día llego a caer en el noveno círculo del infierno, en lugar de ser devorado por una de las gigantescas bocas de Lucifer, el demonio sólo se limitará a sonreír y a darme un pase de abordar para un vuelo infinito repleto de “otros”.

En verdad, amable lector, no imagino castigo peor que estar encerrado durante horas con un grupo de desconocidos, dentro de una lata de metal gigante, que se mueve a una velocidad promedio de 900 kilómetros por hora, a varios miles de metros del suelo. Todo por la necesidad de llegar a un lugar mucho más rápido que por cualquier otra vía.

Piénselo: una vez que la lata despega el rango de acción es mínimo: uno llega o no llega a su destino. En medio no hay nada. Sólo mar y montañas, el Pacífico o la Cordillera de los Andes: una muerte segura.

Quizá es por eso que la racha de accidentes de aviones que vivimos en 2014 y principios de 2015 nos angustió tanto: el piloto suicida de Germanwings, los dos vuelos de Air Malaysia… todos estaban llenos de gente que tenía un destino tranquilo al cual llegar. No iban a Siria, ni a Marte, ni a un país en guerra. Todas esas personas se despidieron en el aeropuerto de sus seres queridos, quizá con angustia, pero siempre con la falsa certeza de que no pasaría nada. Y pasó.

Con todo y eso, lo peor de lo aviones son las molestias cotidianas. Gaiman tiene razón, el suplicio empieza desde los aeropuertos. Llegar tres horas antes es, con suerte, una precaución innecesaria que nos deja con 2 horas de tiempo para despedirnos de nuestros familiares o amigos, en medio de silencios incómodos de quien ya no quiere seguir hablando pero aún tiene largos minutos por matar. En el peor de los casos, las tres horas no serán suficientes, y nos veremos obligados a mentarles la madre a la tripulación de tierra de American Airlines y a mover la cabeza como diciendo: “No puede ser posible”.

Después queda pasar por la seguridad del aeropuerto, y el íntimo acto de quitarse el cinturón y los zapatos ante el ser amado se convierte en un proceso rutinario y embarazoso, que termina con el toqueteo nada provocativo de un guardia de seguridad.

Una vez arriba, las posibilidades son mínimas: si el vuelo va lleno no hay manera de cambiarnos de lugar, no importa si somos jugadores profesionales de baloncesto y el asiento está diseñado para los amigos de Blancanieves; no importa si padecemos de migrañas y al lado de nosotros se sienta un bebé que decide llorar durante 11 horas seguidas; no importa si nos emparedan en el asiento de en medio dos gordos con sus respectivas iPads: “No hay nada qué hacer” dirá una falsamente afectada sobrecargo.

En realidad creo que es ese mínimo rango de acción es el que nos molesta. Quejumbrosos como somos, creemos que si estuviéramos a cargo las cosas saldrían mucho mejor. Los aviones, las tripulaciones y los aeropuertos nos arrebatan nuestro poder de decisión y de acción. Las conexiones siempre son demasiado largas (una vez esperé 10 horas el en aeropuerto de Santiago) o demasiado cortas (siempre hay dos o tres pasajeros que tienen que bajarse YA del avión porque su próximo vuelo sale en 15 minutos; mientras las aeromozas les aseguran que todo estará bien).

Hace unos meses el gobierno chino tuvo que emitir un comunicado en el que explicaba (y suplicaba) a su pueblo la manera correcta de comportarse en un avión. Esto a raíz de varios incidentes con ciudadanos chinos, en especial el de un sujeto que, desesperado como estaba, decidió abrir la salida de emergencia y bajar por la rampa en cuanto el avión tocó pista, en lugar de esperar pacientemente a que la nave llegara a su puerta de desembarque. Si no fuera por las reglas de convivencia aprendidas (y la mínima consideración que tenemos por los demás) todos nos comportaríamos como este pasajero: tanta espera, tantas reglas, tanto tiempo… simplemente no son humanos.

Y quizá lo peor de todo son las posibilidades perdidas. Hace poco tomé un vuelo de México a Amsterdam y frente a mí se sentó el amor de mi vida (diario encuentro uno): una chica rubia y simpática que iba a Holanda (o Alemania) a terminar su maestría en Estudios Sociales. “Yo también voy a estudiar algo parecido”, pensé. Y después se dedicó a aburrir a la señora que iba sentada a su lado hablando de idiomas, lecturas, lugares para visitar en la Roma y la Condesa. “Yo podría platicar sobre eso”, me dije. “Quizá ella es el amor de mi vida, quizá si hubiera hecho el check-in media hora antes me habría sentado junto a ella, y podríamos haber platicado de universidades, estudios sociales, y cómo los dos fracasamos en el intento de aprender francés. Y luego nos habríamos encontrado en la mitad de Europa para darnos cuenta que éramos inseparables. Mis padres llorarían al pensar que su hijo no iba a regresar a México, pero contarían entre risas la historia de cómo conocí a mi esposa en un vuelo y el boleto de regreso se quedó sin utilizar. Entonces  tendrían que viajar hasta Holanda (o Alemania) a la boda, y a conocer a sus rubísimos nietos.”

Esta historia me distrajo de pensar en la mosca que se había colado en la cabina del avión (¿cómo lidia uno con una mosca a 40 mil pies de altura?), y me quedé con la certeza y la melancolía de que frente a mí se escapaba el resto de una vida perfecta. Me tapé con el remedo de cobija que regala KLM y traté de conciliar el sueño. Pero el amor de mi vida no paraba de hablar ¿De qué? Ya no sé, le perdí la pista entre las clases que había tomado en la primaria y los exámenes que tenía que presentar en la Universidad. El monólogo siguió durante horas, con la señora solamente escuchando y asintiendo a su lado. Mal-dormí un rato, desperté y ella seguía hablando. Volví a dormitar y fue su voz la que me volvió a sacar de mis sueños. Quizá fue la gran confianza que se tenía a sí misma, pero empecé a odiarla un poco: ¿Hasta cuándo piensa callarse esta maldita pretenciosa?, ¿por qué no deja dormir?, ¿se siente muy especial porque estudió en el extranjero?, ¿o porque tiene ascendencia europea?, ¿qué quieres?, ¿¡QUÉ?!

Para cuando aterrizamos, la chica era de esas dos o tres personas que tenía una conexión en 15 minutos. Todavía se dio el lujo de bromear con las azafatas antes de desaparecer corriendo por la puerta de la cabina. Derrotado, sin dormir y jet-laggeado no pude más que pensar: “El infierno son los otros… particularmente subidos en un avión.”

En la foto, Federico Kammerich, jugador de basquetbol de la Selección Argentina, visiblemente incómodo ya que no entra en los asientos del avión que lo lleva rumbo a Turquía para jugar el mundial, 19 de agosto de 2010 .

Foto: Especial

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