Contra la (puta) ignorancia

guernica
Share Button

La tarea es clara: desafiar a los filisteos, a los ignorantes,
porque agreden a la creación.

– Wole Soyinka

@Joso9

Un periodista de negocios le dice a un cineasta, pero también a todos los creadores, escritores y artistas, que se mantengan alejados del debate político, que ellos qué van a saber; en Baja California Sur, la policía arresta a una pareja homosexual por besarse en el malecón, los detienen por alterar el orden público; un congresista republicano dice que si una violación es “legítima”, una mujer no puede quedar embarazada, por lo que el aborto debe prohibirse en todos los casos; en España, un imbécil le arroja un plátano al jugador brasileño Dani Alves en señal de racismo. Alves se come el plátano; una amiga me dice que si yo no creo en Dios, entonces ella puede arrojarme por las escaleras de mi universidad, pues no hay justicia superior que la vigile. Le digo que espero que tenga mejores motivos para no arrojarme por las escaleras.

Salvo el último episodio, que sólo formó parte de una discusión amistosa pero ilustrativa, todos los ejemplos anteriores son muestras de que en pleno siglo XXI la estupidez humana sigue siendo una constante, una opción que muchos abrazan con ahínco. Hemos pasado la Edad Media, las Cruzadas, el Renacimiento, la Ilustración, las revoluciones industriales, la colonización de América y África, dos guerras mundiales, el Holocausto judío, el genocidio de Ruanda, el apartheid en Sudáfrica, los asesinatos de Martin Luther King, John Lenon y Gandhi, la esclavitud en Estados Unidos, la fatwa contra Salman Rushdie, el feminismo, el socialismo… y todavía, todavía hoy, dejamos que haya muestras públicas de racismo y discriminación, que las buenas conciencias hipócritas digan que una forma de amar es más correcta que otra, que las mujeres no decidan sobre su cuerpo. Y lo permitimos basándonos en prejuicios morales y religiosos, en fanatismos que niegan al Otro y su forma de pensar, no con base en argumentos racionales y más o menos consensuados.

Los que expuse anteriormente ni siquiera son los peores casos de fanatismo o de ignorancia, pero son ejemplos que ocurrieron en contextos cercanos a nosotros. ¿Cuántas trabas y quejas no ha puesto el episcopado mexicano en contra de las reformas progresistas del Distrito Federal?, ¿cuántas veces no hemos leído los episodios ridículos que, en nombre de la religión, ocurren en Guanajuato?, ¿cómo explicarnos la oleada de críticas contra Alfonso Cuarón por proponer un debate más informado y menos tendencioso sobre la reforma energética? Pues sí, fanatismo, ignorancia, llámele usted como quiera, yo le digo estupidez.

Es imposible concebir un mundo en el que todos opinemos igual, o que esté basado en las leyes más científicas, pues estoy convencido que la vida tampoco es exclusivamente física y química, pero hoy amanecí especialmente colérico en contra de todos los que no se lanzan a discutir, sino a tratar de imponer una serie de ideas ciegas y circulares a los demás; los que no pueden dejar fuera de un debate su religión o sus creencias, o que no pueden pensar más allá del “Yo fui criado así, y así debe ser lo correcto”.

Y como este choro nuestro de cada martes, que se llama A sangre fría, se trata de ponerle un orden a los pensamientos que le dan vueltas a la cabeza del columnista, ahí les va un poco de todo lo que creo:

Creo que el espíritu humano es capaz de la genialidad más absoluta; de crear y apreciar la belleza de catedrales y edificios, de libros, poemas, textos, obras, pinturas, columnas, diseños, y hasta arte contemporáneo. Pienso que creer en la bondad humana (y poder leer la primera parte de Los detectives salvajes) son suficientes razones para no hacerse un corte vertical en las venas.

Creo que la vida es demasiado corta para atarnos a dioses que no nos acompañan en el día a día. Que no sufren como nosotros, que no se enamoran como nosotros, que no los quieren “nada más como amigos”, como a muchos de nosotros.

Creo que para ser una buena persona no es necesario un dios de dios, ni la amenaza de un castigo divino, sino que sólo implica reconocer que estoy en este mundo con otros, y que no tengo por qué lastimarlos.

Creo que es angustiante darse cuenta que no hay nada allá arriba, que nadie nos está viendo y que nuestra existencia está destinada a perderse en la inmensidad de los milenios. Pero también creo que hacer conciencia de que nuestras acciones afectan a las demás personas, que nosotros importamos en una diminuta fracción de tiempo cósmico y que tenemos la opción de creer a ciegas en la humanidad, en el Otro, es el más grande acto de amor del que es capaz una persona.

También creo en el derecho a no estar de acuerdo conmigo, y a discutir y revisar nuestras ideas una y otra vez, todos los días, y a cambiar de opinión con cada amanecer, siempre y cuando tengamos claros los motivos.

Así que ésa es la tarea: combatir a los filisteos, a los ignorantes. A los que arrojan piedras, a los moralinos. A los que juzgan y matan y secuestran. No imponer, educar. No combatir las ideas, sino la estupidez de los argumentos.

En todo eso creo yo, lector del martes. Disculpe usted la mala leche, y gracias por su atención.

Comentarios

comentarios

Relacionado

*

Top