Creerlo todo

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Una reseña de Contarlo todo de Jeremías Gamboa.

Por Pedro Derrant

Hace mucho tiempo dejé de creerle a los comentarios impresos en las carátulas de los libros. Esos que prometen la lectura de La Revelación Literaria del Año (así, con mayúsculas), el talento más grande de la última década, la obra que redefinirá el panorama cultural del país. Bla, bla. Todas ellas escritas en ese tenor, tan invitante como exagerado, que muchas veces terminan de convencer al incauto comprador de adquirir un libro. Y claro, uno que tiene “experiencia” se supone que ya no cae en esos jueguitos; los ve, se ríe de la ingenuidad de aquellos que sí y se aleja. Pues no. El otro día me encontré en la librería con Contarlo todo (Mondadori 2013), de Jeremías Gamboa, una novela bastante larga que no me podía dar el lujo de leer entonces por la gran carga de trabajo que traía encima. Me dispuse a devolverlo a la estantería, pero noté, casi a punto de haberlo dejado otra vez en su sitio, que en la parte trasera estaba escrito el nombre de Vargas Llosa, al lado de una declaración suya: “Un escritor perfectamente dueño de sus medios expresivos, que sabe concentrarse en lo esencial, que es siempre contar una historia bien contada”. Me sedujo, lo acepto, y, a pesar de todo lo que ya he dicho antes, me lo llevé a casa. Al fin, los pendientes podían seguir pendientes una semana más.

La lectura fue francamente disfrutable, y en unos días ya había devorado las más de quinientas páginas de la novela. El argumento resultó bastante sencillo: Gabriel Lisboa, un joven peruano, se sienta una mañana a escribir la historia de su vida, empezando por el momento en que decide, todavía adolescente, convertirse en escritor, hasta el fatídico día en que comienza, ya adulto, la violenta empresa de contarlo todo. Su paso por la redacción de una revista cuando estudiante, su ascenso por la escalera del periodismo profesional, la súbita toma de consciencia de la vocación de escribir y la falta de identidad, guían el dramático relato de las revoluciones internas de Gabriel, personaje entrañable que encarna la duda y la confusión juvenil. Somos testigos de su relación con quienes inciden en su vida -familia, amigos, amantes, maestros- y le dan un nuevo cauce a su forma de concebir la realidad y a su mismo ser.

La novela revela de inmediato que Vargas Llosa no miente al hacer su juicio. Está bien escrita, avanza con bastante seguridad y precisión técnica; no tiene un estilo que tropiece o dude. Al contrario, en ocasiones alcanza extremos de gran intensidad expresiva -como el final de la primera parte-, e inclusive se da permiso de jugar con las voces narrativas, los tiempos de la acción, los diálogos de los personajes, el formato de la historia. No obstante, sólo estoy de acuerdo a medias con el Nobel peruano.

Gamboa, en efecto, controla sus medios expresivos, pero la parte de que sabe contar una historia bien contada no me convence por completo. El afán obsesivo de contarlo todo, TODO, llega a abrumar. Al principio es disfrutable porque se construyen ambientes y situaciones creíbles y prometedoras, pero conforme avanza la novela uno se da cuenta que sólo aparecen ahí porque es probable que algo así le hubiera ocurrido a Gabriel, no porque tenga una función real en la historia. Da la impresión de ser un torrente episódico, sin filtro alguno que separe lo fundamental de lo prescindible. En consecuencia, hay una gran cantidad de elementos descartables, innecesarios, que lo único que logran es opacar los momentos más brillantes de la novela. Una historia en realmente bien contada debe ser precisa, la de Gamboa es profusa. Aun así, me parece injusto calificarla de mala; es un buen relato, pero le sobra mucho para ser extraordinario.

Ahora bien, la lectura de la obra se presta a más que eso, a lo sólo argumental. Tiene algunos guiños metanarrativos interesantes que ponen a pensar al lector atento, así como algunas experimentaciones literarias que ya antes he mencionado. Parece escribirse mientras uno lo lee, pues el hipotético autor de él, Gabriel Lisboa, narra su propia vida al tiempo que reflexiona sobre el quehacer literario y dialoga con sus lectores. El propio libro tiene una falsa portada que declara a Lisboa como autor de El día de contarlo todo, después de la “real” de Gamboa. Incluso lo dedica a sus amigos y familiares de dentro de la historia. Estos juegos que salen de lo exclusivamente narrativo le dan otra dimensión a la novela y me parece uno de los rasgos más destacables de la obra.

Contarlo todo puede leerse como lo que propone Gamboa, una falsa autobiografía novelada, y con esas expectativas los ambientes, situaciones y personajes se vuelven muy disfrutables. En algunos casos hasta memorables. Sin embargo, al final deja de aparecer la sensación de que uno ha leído una historia a la que le sobran cosas, que conmueve, sí, con los pasajes mejor logrados, pero que no termina de lucir en medio de ese mar de páginas. Admiro mucho al Vargas Llosa ensayista, pero en esta ocasión me parece injusto quedarme callado y darle la razón; la escritura de Gamboa no justifica las palabras que vienen impresas atrás de su libro. O al menos no del todo, porque si bien es cierto que domina su capacidad expresiva, eso sólo es la mitad del trabajo; falta enfocarla en un relato más sólido, mejor construido. Es muy fácil contarlo todo si se escriben más de quinientas páginas; lo verdaderamente difícil es poder decirlo todo sin andarse con rodeos. De cualquier modo, la novela se sostiene con mucho decoro y vale la pena ser leída. Quizá lo que me molestó fue que me prometieran algo que no pudieron darme, pero eso, al final, no es culpa de Gamboa.

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