Crónica de una maldita con buenos modales

MCH_14-BUENOS-MODALES
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Por María Fernanda Acosta
@feracoast

Gran parte de mi infancia y adolescencia transcurrieron en una escuela dirigida por los Legionarios de Cristo, lo que se traduce en una infancia sin hombres, sin sexo y en el oscurantismo elitista que suele caracterizar a este tipo de colegios.

Por ejemplo, cada martes y jueves, una señora llamada Miss Paty solía pasar una hora de su día hablándonos de todas las reglas que aparentemente debían existir en la convivencia ‘hombre – mujer’.

–   Tú no le puedes marcar a su casa.

–   Él tiene que pagar todo.

–   Está prohibido que él conozca tu cuarto y tú el suyo.

–   Hay que hacerse la difícil.

–   Besos de lengüita sí, pero después de cumplir un mes.

–   Si te llega la calentura hay que pedirle fuerzas a la Virgen de You Name It.

Un buen día, cuando íbamos en primero de secundaria, algunas mamás decidieron organizarnos una tardeada con hombres: sería de 5 a 10 p.m., nada de alcohol ni cigarros y la dinámica constaría de bailar en círculo y esperar (a veces agonizando) a que alguien te invitara a bailar al centro de la pista.

Y así, en medio maquillajes cargados y mal puestos, wet looks y pasos torpes entaconados, llegamos al lugar. Era esa edad en la que algunos hombres aún preferían irse a jugar futbol en lugar de bailar con nosotras. No fue el caso de M., quien decidió invitarme a bailar Sirena, de Sin Bandera. ¿Twerkear a la Miley? Bitch, please… nosotras éramos ese cuento de terror sacado de alguna novela de Guadalupe Loaeza: ‘niñas bien’, pues.

Me encantaría contarles sobre la plática que tuve con M. esa noche, pero no la recuerdo. He olvidado lo que se siente ser una mirreyna, paps. Lo único que sé es que al final de la noche no me pidió mi teléfono como lo establecía el Manual de Señoritas que me habían enseñado en la escuela. Decepcionada, fui a mi casa y ahí me quedé todo el fin de semana pensando en él.

El lunes, al llegar a la escuela, encontré en mi lugar una carta con la tinta escurrida. El asunto apestaba a loción y a hormonas, evidentemente. Decía: “Fer: Me gustas mucho. Espero verte pronto. P.D. Eres una niñaza. P.D.2 Mándame tu teléfono.” Había un arcoíris al final de la carta.

Esa debió haber sido una señal. La loción no, el arcoíris. Ok, tal vez las dos.

Después de leerla en voz alta, 15 niñas se acercaron para darme todo tipo de recomendaciones para contestarle:

–       Dile que a ti también te gusta.

–       No le digas que te gusta, sólo que también quieres verlo.

–       Escríbele que él es un niñazo.

–       No, mejor que ‘vale mil’.

–       ¿En serio te va a marcar a tu casa?

–       Dibújale un corazón.

–       No, mejor estrellitas.

–       ¿Alguien tiene perfume en su locker?

Mis editoras aprobaron y enviamos la carta. Al día siguiente, después de comer, recibí una llamada suya y el ritual del cortejo comenzó: llamadas, rosas, peluches, chocolates, tarjetas, cartitas y mensajitos cursis que prometían amor para toda la vida… a los 14 años.

A estas alturas yo había seguido las reglas del Manual a la perfección y parecía que a él esto le gustaba. Me habían enseñado a ser una damisela en apuros que debía esperar a que llegara algún príncipe azul y la cuidara para toda la vida. O algo así era el cuento. El punto fue que comencé a empalagarme con tanto romance y después empecé a sentir que tenía una relación con mi hermanito menor.

En la escuela habían pasado mucho tiempo diciéndome que ESE tipo de relaciones era la que yo quería tener, pero evidentemente descubrí que la dinámica romancera no era para mí, además el incesto nunca ha sido lo mío.

A la siguiente tardeada que tuvimos, decidí terminar por lo sano después de dos meses de relación. No había mucho qué decir, sólo que ya no quería estar con él. Para mí había sido una relación sin sentido, pero, por alguna razón, él no podía verlo así. Pasamos dos horas hablando, tiempo en el que él intentó convencerme de que yo era lo mejor que le había pasado en la vida (repito, a los 14 años). Ese día, mientras veía su cara de ‘no me dejes’ yo pensaba para mis adentros ‘¿qué esto no debería ser al revés?’.

En algún punto me desesperé, me paré y me fui. Ojalá todo hubiera acabado ahí, pero no. Toda la fiesta sentí esa mirada de borrego a medio morir, los ojitos tristes, las cejas caídas, los labios fruncidos. Imaginen ahora ese loop que duró casi dos años. Peluches, cartas en las que me decía que me ‘adoraba como amiga’, rosas en San Valentín, nicks tristes en Messenger, CDs con chillamixes, y otros aparatos de tortura.

A pesar de que después tuve otro novio (amigo suyo, por cierto), siempre nos deseó lo mejor. Hasta la fecha sostengo que él creó el nuevo nivel de la friendzone o más bien de la stalkerzone.

Descifré entonces que lo más sensato sería comportarme como una auténtica perra, esperando que esto lo alejara. ¿Funcionó? Sí, pero él terminó odiándome hasta el día de hoy.

Le perdí la pista y desde ese entonces decidí alejarme de los príncipes azules (esto a la larga no resultó tan bueno). Pasaron más de tres años antes de que nos reencontráramos en los pasillos de la universidad. En mi cabeza ir a saludarlo parecía una gran idea… aunque para él no lo fue tanto: justo cuando me acerqué y levanté la mano, se dio la media vuelta y se fue. Me quedé en esa postura incómoda y seguí mi camino un poco indignada.

Conforme pasaron los meses y seguí encontrándomelo en los pasillos de la escuela, no me quedó de otra más que resignarme con cierto humor. Después de todo, él era ese signo de interrogación en mi vida sobre la historia de aquella damisela que nunca quiso ser salvada.

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