Cualquier brisa es un alivio

Freemason_lodge_Aracataca
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@Joso9

En aquel Macondo olvidado hasta por los pájaros, donde el polvo y el calor se habían hecho tan tenaces que costaba trabajo respirar, recluidos por la soledad y el amor y por la soledad del amor en una casa donde era casi imposible dormir por el estruendo de las hormigas coloradas, Aureliano y Amaranta Úrsula eran los únicos seres felices, y los más felices sobre la tierra.
– GGM

La primera vez que leí eso de que los muertos de Comala que van al infierno regresan por su cobija, lo primero que pasó por mi mente fue Altamirano.

El pueblo en el que nació mi madre se encuentra enclavado en la región de Tierra Caliente. Queda lejos de la brisa acapulqueña y del frío de la montaña de Guerrero. Tierra Caliente lleva en el nombre la misma franqueza bávara que Unter den linden. La principal avenida en Berlín se encuentra, literalmente, bajo los tilos. Lo primero que uno nota al entrar a Tierra Caliente es, desde luego, la calor.

Será porque como buen niño citadino estoy acostumbrado al clima templado de la capital, pero el calor de Altamirano siempre me ha parecido la causa de todos los males del pueblo. El calor hace que la gente se ponga a beber bajo un ventilador, el calor fríe la cabeza y enloquece los ánimos, el calor sólo te deja beber y pegarle a tu esposa. El calor hace que la gente se meta de sicario y mate a otros por dinero. El calor hace que dejen tu cabeza metida en una maleta negra frente de tu casa.

Quizá fue el calor lo que hizo que los primeros cuentos que escribí con una mínima consciencia literaria tuvieran lugar en Altamirano; en ellos hablo de tierra árida y seca, de mosquitos que dejan ronchas del tamaño de una moneda de diez pesos, de un polvo que se pega a la ropa y nunca se termina de asentar. En Altamirano no hace calorcito, como dicen los niños chilangos, desesperados por broncease en Cancún. El calor de ahí es de suchingadamadre pa’ arriba.

Y sin embargo, el mismo calor de Altamirano hace que los frijoles puercos sepan a gloria si se tiene una Coca fría en la mano, y que mecerse en una hamaca sea un placer que congela el tiempo en su lugar.

*

Por supuesto, mi relación con el calor también es literaria.

Durante algunos días de 2015, visité algunas ciudades en Colombia por donde había pasado Gabriel García Márquez.  Una parada era obligatoria: Aracataca. Un pueblo en el que, según la leyenda, tuvieron que construir las vías del tren de noche porque el sol recalentaba tanto las herramientas que era imposible usarlas durante el día.

Como escribí en ese tiempo, llegué a Santa Martha y el calor del Caribe por poco me tumbó apenas bajando del taxi. Pasé la siguiente hora primero tumbado en la recepción del hotel y luego en mi cuarto preguntándome qué chingados hacía en esa ciudad infernal.

Y todavía me esperaba lo peor: metido en la región bananera, a Aracataca no llega ni tantito fresco del mar. No sé si los trabajadores tengan que seguir construyendo por la noche, pero sé que la camisa se me empapó por completo y que más de un colombiano me miró con lástima cuando preguntaba cuánto había que caminar para llegar a la parada del camión.

Pero además de empapado, regresé feliz. El viaje a Colombia me habría parecido incompleto sin la visita a Aracataca. Y aunque la casa-museo del Gabo estaba cerrada, por una pequeña propina un sonriente guardia me dejó pasar. Hasta me presumió el billete de cincuenta pesos que otro mexicano le había regalado antes que yo.

*

El calor ha llegado a Exeter. Mientras escribo esto, desnudo a excepción de mis leales boxers de cuadritos, descubro que hasta ahora el calor del Reino Unido había sido circunstancial. A veces, después de caminar los 30 minutos que me separan de mi Universidad, los lentes se me nublaban y empezaba a sudar profusamente, aunque fuera pleno invierno. En junio hubo días calurosos, pero se podía huir de la sensación simplemente buscando refugio bajo una sombra. El calor, calor-calor, ese que es húmedo y pegajoso, que se mete hasta por las ventanas abiertas y que trae consigo nubes de bichos y mosquitos atarantados, no lo recordaba. Hoy, incluso sentado en la parte más oscura de mi cuarto a las 11 de la noche, vuelvo a sentir el calor de Altamirano y Aracataca. No es ni remotamente la misma intensidad (los separan entre 15 y 20 grados) pero la sensación pegajosa permanece.

Será pura nostalgia, pero este remedo de calor inglés me ha puesto melancólico. El clima ha desatado los olores que suelen permanecer ocultos en la ciudad y por todas partes llega el aroma de flores y árboles. Recordé las caminatas en la noche por Altamirano, rumbo y de regreso a la cenaduría, para comer enchiladas calentanas y un milo bien frío. O la vez que en Cartagena de Indias, Colombia, en una noche calurosa como esta, acabé de leer Vivir para contarla, sentado en un café Juan Valdéz con uno de esos frapuchinos dulces y helados.

El calor-calor todo lo consume y a todas partes llega. Nos vuelve lentos y malhumorados. Pero también apreciamos mejor el fresco y nos damos cuenta de que cualquier brisa es un alivio. Generalmente me considero una persona de clima frío, prefiero las ciudades a las playas. Pero hoy, además de los mosquitos, el calor me ha alborotado los recuerdos y me ha permitido compartirlos con ustedes. Ha valido la pena la sudada.

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