Dallas Buyers Club: un tributo a la vida

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@manzanita_zeta

La reciente entrega de Jean-Marc Vallée (C.R.A.Z.Y, La reina Victoria) aborda la muerte rindiendo un tributo a la vida. Basada en un hecho real, Dallas Buyers Club narra la historia de Ron Wooldroof (Matthew McConaughey), un electricista tejano, aficionado a montar toros, mujeriego, drogadicto y homofóbico; el arquetipo de un anti-héroe que genera todo menos empatía en el espectador.

Después de sufrir un accidente en el trabajo, Wooldroof es llevado al hospital, donde se entera que tiene SIDA y que le quedan treinta días de vida. Es a partir de esta revelación cuando el protagonista, al atravesar todas las etapas de un duelo menos el de la aceptación, adquiere dimensionalidad.

Con la ayuda de un doctor que reside en México (Griffin Dunne), de su socio y amigo travesti Rayon (Jared Leto) y de la doctora Eve (Jennifer Garner), Wooldroof fundará un club para vender medicamentos no aprobados por la FDA (Food and Drug Administration), los cuales importa de todo el mundo, para los enfermos de SIDA. El negocio, que en principio es una mera fuente de ingresos para el protagonista, se convierte en una posibilidad de salvación (física y espiritual) donde al final lo que menos importa es el dinero recaudado. La batalla que Wooldroof emprende por mantenerse vivo es conmovedora, tanto por la transformación del personaje, como por las vidas que éste trastoca.

Las actuaciones son maravillosas. La metamorfosis de Matthew McConaughey, quien bajó veinte kilos para el papel, es admirable. Pero no es el cambio físico, sino la naturalidad con la que logra meterse a la piel de Ron, lo que le da fuerza a su interpretación. McConaughey experimenta todos los estados de ánimo y es convincente en cada uno de ellos, el espectador siente sus batallas y heridas como propias. A su vez, Jared Leto entrega a un personaje bastante tierno que le regala al público algunas de las escenas más conmovedoras del filme. Jennifer Garner también resulta una grata sorpresa.

A nivel técnico, Jean-Marc Vallée es cuidadoso en los detalles y logra situarnos en los caóticos años 80, justo en el corazón de la crisis del SIDA. Sin embargo, la verdadera fuerza de Dallas Buyers Club recae en el guión. Craig Borten y Melisa Wallack, que tardaron veinte años en escribirlo, agregan detalles y personajes ficticios, volviendo memorable a una historia que era ya de por sí fascinante. Los diálogos y la composición narrativa funcionan en todo momento, la trama jamás se precipita ni cae en lo melodramático o moralino.

Se trata de una gran película, en la que la combinación de un talentoso equipo se conjunta con un tema controversial, del que se desprenden muchas aristas. Más allá del camino de Ron hacia la redención, Dallas Buyers Club expone la ignorancia, los prejuicios y la crueldad que se tenía en esa época en torno a la enfermedad. Asimismo, es una crítica al sistema de salud estadounidense y a la industria farmacéutica, la cual continúa vigente.

El buen sabor de boca de la cinta se concreta en su circularidad. Ésta termina de la misma manera que comenzó, con la metáfora de que la vida es un toro furioso a la que, pese a las adversidades, hay que aferrarse con total e irrevocable pasión.

 

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