Damien Chazelle: El cine en la era Trump

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Por José Luis Rangel
@jjllljj

Además de fines publicitarios más o menos herméticos, los óscares también cumplen un fin histórico: permiten medir el zeitgeist cinematográfico y social del mainstream. En 2017, los filmes contendientes, como casi siempre, son tan idiosincrásicos como ideológicamente alejados. Entre ellos, por su récord de nominaciones y su éxito global, destaca La La Land.

Desde lejos, La La Land parece una anomalía: un musical a la imagen de los de la época del Technicolor pero ambientado en el presente. El hecho de que la película hable de Hollywood puede explicar el aprecio de la Academia pero no necesariamente su popularidad entre el público mundial ¿A que se debe entonces?

Hay en La La Land una voluntad de hablarle directamente a todos aquellos que se sienten sin lugar en el mundo. Como el personaje de Miles Teller en Whiplash (2015), el de Ryan Gosling es un músico purista, torturado por un sentimiento constante de ser excluido por su afición al jazz. A los ojos de Chazelle, este es el motor de la creatividad: sólo el rencor hacia un mundo que (según ellos) los ha rechazado puede llevar a los músicos hasta su desarrollo final. Todo lo demás (las relaciones personales, sobre todo) es accesorio y se interpone entre el artista y su máximo potencial.

En uno de los más flagrantes casos recientes de publicidad engañosa, La La Land se presenta como una historia de amor cínicamente dedicada a los “soñadores”. Los personajes de Emma Stone y Ryan Gosling aparecen al inicio como una pareja de románticos irredentos, dispuestos a luchar contra un mundo hostil hacia los idealistas desde su pequeño departamento compartido.  Por un momento, La La Land parece tomar un camino opuesto al de Whiplash, en donde la relación sentimental es una de las fuerzas antagónicas del héroe. Sin embargo, en lo que parece ser un recurso habitual en el cine de Chazelle, la película hace un giro radical al final, al entregar a los personajes a vidas adornadas por el éxito profesional pero vacías de afecto. Aun cuando la película no presenta este final como particularmente amargo, cuesta imaginar a un “soñador” recibiendo esta situación como algo más que una derrota: ¿de qué sirve soñar si no se pueden compartir los sueños? Mientras Miles Teller sólo podía sentirse satisfecho hasta conseguir la aprobación de su verdugo, Emma Stone y Ryan Gosling se conforman con engrosar las listas de las industrias que siempre sintieron que debían vencer.

Recientemente se ha empezado a teorizar acerca de la figura del nerd. Durante años, el cine de Hollywood alimentó la narrativa del nerd a través de películas protagonizadas por hombres blancos que eran atormentados por su aspecto, sus elecciones en materia de pasatiempos o, simplemente, por no adecuarse al modelo de masculinidad alfa. En la entretenidísima Grand Piano (Eugenio Mira, 2013), cuyo guión es de Damien Chazelle, el personaje de Elijah Wood también es un músico torturado, acosado por un asesino invisible, escondido entre el público de su recital de piano. El nerd se siente perseguido, pero esta persecución no es más que una fantasía, alimentada por una mezcla de culpa burguesa y necesidad de mantener la hegemonía blanca.

Todos los elementos de La La Land habitan un mundo en el que no existe Donald Trump, pero sólo porque éste se encuentra impregnado en todas las cosas; un mundo en el cual no existe la tensión racial y la única frontera a vencer es la del éxito profesional. En un momento de sensatez del film, el personaje de John Legend le dice a Ryan Gosling que la última vez que el jazz fue subversivo fue cuando le pertenecía a los negros marginados. Pero este último no comparte su opinión y se considera a sí mismo un salvador de la música, así como Damien Chazelle se considera un salvador del cine verdadero: el cine de antes. Esto explica, desde luego, las decisiones formales de la película, empezando por la de contar la historia como un musical. Cada decisión plástica del film lleva esta carga ideológica: los números musicales, impresionantemente coreografiados en sus movimientos de cámara, están filmados de tal forma que el artificio toma la ventaja por encima de las personas. Algunas, incluso, están iluminadas de tal forma que ni siquiera se ven los rostros de los actores.

El problema es que las decisiones estéticas siempre son políticas también. A juzgar por sus filmes, Damien Chazelle, como sus personajes, es un nerd que ha crecido creyéndose oprimido cuando en realidad es un opresor. En Whiplash trató a su único personaje femenino con un desprecio casi sádico, pero La La Land no es menos misógina que eso, simplemente porque está contada desde la perspectiva de un nerd resentido, cuyo frase “Si no le gusta el jazz, ¿de qué vamos a hablar?” pasa a la historia como una de los diálogos más condescendientes del cine.

Qué lejos está La La Land de otras películas nominadas al óscar. Sin ánimo de entrar en comparaciones espurias, en las antípodas de La La Land encontramos Moonlight (Barry Jenkins, 2016), un film que, por encima de cualquier otra cosa, celebra el poder dignificante de la solidaridad . La La Land puede ser interesante por lo que es: un ejemplo perfecto del cine evasivo y pusilánime que aparece siempre en Hollywood en momento de crisis. Por mi parte creo que, en 2017, es legítimo tomar una postura radical y crítica hacia esta clase de narrativas. Por muchos premios que La La Land pueda ganar, no hay que dejar de reclamar mejores productos para el futuro.

En algún lado, alguien afirmó que La La Land no era más que un refrito de Los Paraguas de Cherburgo  (Jacques Demy, 1964). Nada más lejos de la realidad: Los Paraguas de Cherburgo fue hecha por gente a la que sí le interesaban las personas. La La Land, desgraciadamente, no.

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