Desde Australia, con humor

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Una reseña de El koala asesinode Kenneth Cook

@esetiporandy 

Hay gente que cree que lo mejor en el mundo es ver la silueta de la persona amada alejarse al atardecer; otras piensan que nada se compara a una noche de tragos con los amigos; algunos opinan que los arañazos de sus mascotas malolientes son la cosa más gratificante que hay y unos cuantos darían la vida por un jugo de soya con sabor a tofu. Pero, en mi humilde opinión, no hay nada mejor que encontrarse con un buen narrador de historias. Porque si te encuentras con un buen narrador de historias es probable que, incluidos, vengan la silueta de la persona amada alejándose al atardecer, una sesión de tragos con amigos, animales que reparten arañazos a diestra y siniestra, brebajes de cuestionable apariencia y cientos de cosas muchísimo más interesantes.

Kenneth Cook (Lakemba, Nueva Gales del Sur, 1926–1987) lepidóptero empedernido, periodista, guionista, fotógrafo, cineasta y escritor australiano, es uno de esos grandes narradores de historias. Su carrera literaria comenzó en 1961 con la publicación de su primera novela, Pánico al amanecer (Wake in Fright), reconocida como una de las grandes obras de la literatura australiana y que, diez años después, fue llevada al cine por Ted Kotcheff, creando lo que hoy día es todo un filme de culto. A lo largo de su vida escribió otras diecinueve obras de ficción, pero no cabe duda que si por algo es recordado en su tierra, es por la trilogía de libros que bajo el subtítulo Relatos humorísticos de la Australia profunda,  conforman El koala asesino, El canguro alcohólico y El lagarto astronauta, publicados en el ocaso de sus días.

Hemos de agradecer a Sajalín editores por proporcionarnos dichos títulos −inconseguibles hoy en día en su idioma original− en la traducción de Federico Corriente y Güido Sender Montes, este último también responsable de las divertidas y hermosas ilustraciones que abren cada relato.

En El koala asesino, nos encontramos con quince relatos en los que cocodrilos calenturientos, camellos altivos, cerdos coléricos, gatos que se creen perros y, desde luego, koalas irascibles, hacen sufrir de lo lindo al buen Kenneth Cook, quien asegura que todo lo que cuenta sucedió, palabra por palabra. No obstante, no son sólo los animales quienes labran el tormento del prolífico autor, también nos encontramos con aborígenes aprovechados, obreros borrachos, profesores de ciencias naturales con poco o nada de sentido común y amaestradores de víboras imprudentes. Y, rodeándolos a todos, el outback australiano, epítome de todo desierto, que se alza impertérrito, demostrando una vez más que todo va de la relación que uno establece con el cosmos.

Las llamadas “memorias” suelen ser un ejercicio bastante despreciado en el mundo de las letras. Comúnmente proscritas al género de la biografía, se les mira con recelo. Son meras anécdotas que poco o nada podrían ofrecer de literario; o bien, forzan la literariedad y pierden aquello por lo que pueden resultar tan atractivas: su candidez, su honesta captura de momentos de vida.

No obstante, Cook, como el gran narrador de historias que es, con una prosa sencilla, directa y ágil, habla con la misma pasión embriagante con la que los primeros hombres contaban sus heroicas hazañas, intercambiando a los protagonistas heroicos por su desventurada figura, claro está.

A decir verdad, las situaciones en las que llega a encontrarse Cook en esa Australia profunda distan mucho de ser cómicas. Nadie en su sano juicio desearía que le sucediera algo parecido o si quiera estar ahí para presenciarlo. No obstante, es cómo lo cuenta la razón por las que nos reímos a carcajadas, pues a través de estos textos, Cook expone una de las grandes virtudes de la tarea narrativa: su capacidad para transmutar la vida. A través de la rememoración, no sólo se vuelve a vivir, no sólo se comparte la vida, sino que se descubren cosas que, tiempo atrás, no eran evidentes para nuestros sentidos. Sucede una especie de alquimia en la que aquellos pasajes lejanos adquieren otra dimensión, otro tono y descubrimos que siguen albergando varias sorpresas.

Otro punto a su favor es que, una vez que se ha prescindido del lirismo, las metáforas, las alegorías, las aliteraciones, los hipérbaton y todo tipo de artificios, sólo nos quedan verdades duras y certeras como “Las serpientes y el alcohol no combinan”, o “Los entusiastas son distintos al resto de la gente. Ni mejores ni peores, sólo distintos”, o “Vecino es todo aquél que viva a menos de un día de conducción”, o “En cualquier parte de Australia situada al oeste del Bogan, puedes estafar a un hombre, darte a la fuga con su mujer, seducir a su hija, corromper a sus hijos e incluso robarle el perro y todavía cabe la posibilidad de que te perdone, pero como te niegues a beber con él formarás parte de la estirpe de los dingos, serás un paria irredento para siempre jamás, indigno de la bala que en caso contrario estaría encantado de descerrajarte”.

Así pues, los relatos de Cook se alzan como testimonio de que el asombro siempre podrá sobreponerse ante nuestro terror y que las desventuras producen, con el tiempo, considerables despensas de humor.

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