Desierto, desierto…

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Por Pedro Derrant

Una de las mentiras más grandes que envuelven al ya de por sí falsísimo mundo de la intelectualidad es que los lectores no prendemos la tele. No va a faltar el que se indigne por esto y luego luego salte a reclamarme. Es su problema, cada quien con su consciencia. Yo confieso lo mío: de vez en cuando también me gusta prenderla por programas como The Voice, el excelente Breaking Bad, Criminal Minds o Duck Dynasty. Lo que tienen esos programas (incluso los que pretenden ser complicados), es que me permiten desconectarme del mundo por un momento, dejar de pensar y abandonarme a una historia entretenida que no me quita más de una hora, no me crea un conflicto moral o intelectual, no me reta, no me marca, sólo me hace pasar el rato. Eso también ocurre con algunas películas, obras de teatro e incluso libros. Instrucciones para mudar un pueblo (Alfaguara, 2013), de Jorge Alberto Gudiño Hernández, es uno de esos casos.

La novela cuenta la historia de El Goterón, un pueblito olvidado por Dios en medio del desierto. 308 casas se levantan en torno a una mina que ha servido de sustento a las familias que habitan esa comarca desde tiempos inmemoriales. No obstante, la vida de los goteronenses cambia de manera repentina cuando una trasnacional descubre que justo por en medio de sus casas pasa una enorme veta de cobre. Para explotarla, los deben reubicar en un nuevo conjunto habitacional a unos kilómetros de ahí. Aunque han sobornado al cura de la parroquia y a las autoridades locales, aún hay muchos que se resisten a mudarse al nuevo pueblo.

Esas son las verdaderas historias que relata Instrucciones. Instrucciones para claudicar, para crear un dogma, para entonar un canto, para el desahucio, para triunfar; cada uno de estos paquetes de instrucciones nos ubica en una perspectiva diferente de la mudanza. Un asesino a sueldo que llega a El Goterón en busca de revancha, el párroco de la localidad que pretende fundar un nuevo credo, una cantante venida a menos, un viejo y su nieto idiota, un licenciado pedante y ambicioso que lo da todo por ser exitoso.

Estas vidas no están engarzadas sólo por compartir un espacio físico, sino porque a todos estos personajes los atormenta el mismo dolor: la soledad (no por nada está ambientada en un desierto). Ese es el gran acierto de la novela; explorar las diferentes aristas del abandono. Un padre que ha perdido a su hija, un hombre que perdió la fe, una mujer que perdió sus sueños. La colección de personajes promete mucho de entrada y cautiva al lector con apenas un par de páginas. El problema es que este potencial tan grande no termina de lograrse porque o no se retoma a los personajes de nuevo en el resto de la novela, o se diluyen en medio de la sobrexplicación.

En el primer caso están tres: Irina, una solterona que carga con su odiado padre a cuestas (física y metafóricamente, pues conserva la urna de sus cenizas), Elpidio, un amante desairado por la enorme belleza de Cecilia, y Guido, un niño huérfano de madre que espera a que su padre regrese de los Estados Unidos. Creo que con estos tres ejemplos te quedará claro, amigo lector, a lo que me refiero; son personajes con una gran tragedia personal que da para un desarrollo mayor al que ofrece el único capítulo que se les dedica a los primeros dos, tres a éste último. En una novela de más de sesenta capítulos. Es nada.

Ahora bien, en el segundo caso está el asesino, a quien no se encarga Gudiño de mostrarnos su dolor sino de repetírnoslo constantemente. En el transcurso se vuelve un personaje pesado y más bien inverosímil. No obstante, hay una que se salva de esto: la cantante sin voz, Catalina “La Machacona”. Ella me comunica una angustia más primordial, expresada en los gañidos desesperados que da en sus intentos por cantar. Sus participaciones son clave para el desarrollo de la novela y los personajes que la rodean; se nos muestra con muchas otras caras que la que conocemos de ella en un principio. El único defecto que tiene es, quizá, que no tiene un papel más importante.

No me atrevería a calificar Instrucciones para mudar un pueblo como un libro malo, porque sinceramente no lo es. Tampoco es algo que tenga ánimo de recomendar. Instrucciones es una novela entretenida, con uno o dos personajes que pueden tocar fibras sensibles, pero fallan en dar un golpe que de verdad maree al lector. Encima de todo, Gudiño parece no darse cuenta de los materiales con que cuenta y desperdicia el potencial de sus personajes. A momentos la novela tiene un tono lento, machacón y sordo, aunque luego se adueña de un aliento nuevo que promete más, pero nunca cumple. La novela es, en suma, como ver el episodio de una serie por la televisión; no quita más de dos horas, no deja pensando una vez terminado, no angustia, no cimbra, no se queda en la memoria. Instrucciones es una novela olvidable.

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