Domingo de elección

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@ricardolopezc

El domingo pasado me levanté temprano para ir a votar. Decidí ir a la casilla sin bañarme, motivado en partes iguales por mi desprecio a los partidos y las ganas que tenía de pasar todo el día en pijama. En el jardín de niños convertido en museo de la democracia saludé al presidente de casilla – vive a tres casas de la mía – y voté.

Tal vez porque fue apenas mi segundo voto, pero el acto me pareció sobrevalorado. No sentí ningún espasmo democrático cuando me encontraba en la soledad de la casilla. La verdad es que me emocionó más ver al vecino – para eso también sirve el domingo electoral – que poner tres hojas dobladas en unas cajas de colores. Para algo de lo que se ha hablado tanto, votar me pareció bastante soso. Casi como las películas que escribe Christopher Nolan.

Lo extraño es que me acordaba de votar como algo emocionantísimo. En el 2012 fui funcionario de casilla y recuerdo con mucho gusto las 15 horas que estuve viendo a la gente votar y contando boletas en el mismo jardín de niños . Tal vez es prueba de que (Manrique dixit) cualquier tiempo pasado fue mejor.

Aun así no puedo decir que todo fue malo. Se instalaron en todo el país más de 140,000 casillas que fueron cuidadas por más de un millón de personas. Eso, por sí mismo, me parece extraordinario y digno de celebración.

Más que molestarme por la ley seca o por despertarme temprano; este fin de semana lo pasé enojado y de malas por la veda electoral. Oficialmente es “un periodo que comprende los tres días previos a la jornada electoral donde queda prohibido celebrar reuniones, actos públicos de campaña, proselitismo electoral y la difusión de spots por cualquier medio, incluyendo radio y televisión.”

Como saben las nueve personas que leen esta columna, estoy irremediablemente a favor de la libertad de expresión y creo que cualquiera debería tener el derecho a escribir, gritar o dibujar lo que le venga en gana. La veda electoral del INE es un atentado – menor, pero aun así atentado – contra la libertad de expresión. Es de escándalo que partidos y candidatos no puedan llamar al voto el fin de semana en que la gente tiene que ir a las casillas.

Lo que me lleva al conflicto tuitero más reciente. El sábado 6 y domingo 7 algunos actores, músicos, deportistas y periodistas usaron su cuenta de Twitter para poner mensajes llamando al voto a favor del Partido Verde Ecologista de México (PVEM). No hace falta usar un sombrero de cazador y fumar tabaco en pipa para saber que esos tuits no fueron motivados por adhesión ideológica al Verde; es obvio que una buena cantidad de dinero fue a parar a las cuentas de banco de las celebridades a cambio de ellos.

No defiendo a los personajes que tuitearon a favor del Verde, cobrando miles de pesos y rompiendo la ley, aunque me rehúso a creer que tienen influencia sobre el voto de los mexicanos.

Lo que me parece mal es que la veda electoral – igual que la ley seca – nos convierte a todos en niños que no pueden pensar por sí mismos. Ya lo dijo Manuel Ajenjo en El Economista: “Me parece absurdo pensar que alguien va a cambiar su voto por escuchar o ver material propagandístico cinco minutos o dos días antes de la elección. Y si así fuera, ¿qué?”

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