Duarte y el realismo mágico

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@Joso9

Hace tiempo tuve la idea de un cuento: un hombre (un inglés, específicamente) llegaba al cruce de una calle y tenía el semáforo peatonal en rojo. Apretaba el botón que en Inglaterra existe para pedir el paso, esperaba y no sucedía nada. Los minutos pasaban, llegaba más gente, apretaban el botón y el semáforo no cambiaba de color. Con las horas, el caos era de magnitud nacional: las ambulancias estaban paradas, había una ola de delitos en las calles, los bomberos no podían apagar los incendios. Todo por ese infame cruce y por el primer peatón, demasiado respetuoso de las reglas para pasar la calle a la brava.

No he escrito este cuento por dos razones: la primera, se nota demasiado la influencia de  Ensayo sobre la ceguera y “La autopista del sur” – aunque mi maestro de escritura creativa en Inglaterra no conocía ni a Saramago ni a Cortázar. Segundo, para que el cuento funcione, tiene que suceder específicamente en una nación donde las reglas se respetan por default. Por eso mi personaje era inglés. También funcionaría en Alemania o Suecia. En países como Egipto, La India o México, el primer peatón ni siquiera apretaría el botón del semáforo (suponiendo que haya un botón, suponiendo que haya un semáforo), simplemente se fijaría “que no venga carro” y cruzaría sin miedo a nada. “A la Viva México”, dirían algunos.

Es más, hace poco, en un parque de la colonia Roma, me topé con un semáforo que jamás le cede el paso al peatón, solamente alterna entre dos flujos de coches. Teóricamente, una persona que espere el momento “legal” para cruzar, jamás lo conseguiría.

Creo que a esto se refería Dalí cuando dijo que México era más surrealista que sus pinturas. La frase me fastidia un poco, especialmente porque se usa a la mínima provocación en el país. Pero tiene algo de cierto. En México ocurren cosas que no tienen ningún sentido o explicación. Quizá porque se acerca el día de muertos, esto se pone aún más de manifiesto: hacemos poemas en los que la muerte se lleva a las personas que queremos, comemos un pan que incluye huesitos y ombligo de difunto. Ayer me enteré que en un pueblo de Campeche la gente desentierra los restos de sus muertos cada año y come con ellos. Quizá por eso surgió en América Latina el realismo mágico, en el que un bebé puede nacer con cola de cochino y sus familiares apenas y arquean la ceja.

Sin embargo, hay aspectos menos folclóricos del surrealismo mexicano. Dignas de una novela de García Márquez fueron las fugas del Chapo de la cárcel, la desaparición de los 43 normalistas, la invitación a Trump a México y la Casa Blanca. Y eso en lo que llevamos de sexenio.

Pero lo de Javier Duarte es una pinche burla.

En el momento en que pidió licencia como gobernador de Veracruz, la mayoría pensamos: “Se va a fugar”. Yo, como imbécil, recapacité por un momento y dije: “No. No se va a fugar. El sistema de justicia de este país podrá ser corrupto, ineficaz, violento, inservible. Pero no pueden dejar ir a Javier Duarte cuando ya parece que les avisó que se va.”

Y sin embargo, se fuga.

Nadie creía que con la persecución de Duarte iban a cambiar las cosas en el país o que el PRI iba a dejar de ser un partido fundado en la corrupción. Sólo queríamos venganza social. Remedo de justicia. Revancha ante la impunidad. Pedíamos ver al gobernador más infame de los últimos años en prisión. Nada más. El gobierno y el partido ya hasta se habían distanciado de él política y mediáticamente, pero no pudieron asegurar su captura por un tecnicismo legaloide.

Quizá debamos de dejar de usar la frase del país surrealista para decir que México es un país impune y corrupto; en el que un gobernador en desgracia todavía se da el lujo de avisar que se va a escapar y conseguirlo ¿Qué esperanza, cuál fe en el gobierno queda después de esto? Como tituló Carlos Pugi su columna del 19 de octubre: “Si Duarte se les fue, apaguemos la luz y vámonos” o también como canta el español Nacho Vegas: “O puede que sea hora de entrar ya en razón y llegar a comprender que dentro de este horror no hay literatura”.

Extra: Vayan al cine y vean “La vida inmoral de la pareja ideal” de Manolo Caro. Es la película que más contento me ha dejado en meses.

Foto: Proceso

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