¿El capitalismo salvaje de Uber?

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@medicencocu

Yo no soy quién para entrar en el ya gastado debate de si Uber se queda o se va. Sólo me he subido a un Uber siete veces, y de esas siete, cinco estaba olímpicamente alcoholizado. Así que usuario asiduo no soy. Las otras dos veces aproveché para charlar con el conductor sobre lo que es ser chofer de Uber, cómo funciona y, lo más importante, el dinero.

Uber funciona de una manera muy sencilla. Cualquier particular con un auto (propio o “prestado”) puede trabajar como chofer tan sólo dándose de alta en el sistema de la empresa para prestar el mismo servicio que un taxi, con la diferencia de que un Uber no paga impuestos y no tiene el mismo seguro que un taxi -en otras palabras, la cosa se pondrá interesante cuando se presente algún siniestro y vayamos a bordo de un Uber-. Sobra decir que, mediante artilugios legales, tampoco paga ni necesita los permisos que un taxi para operar.

En comparación con un taxi, Uber es más barato, aunque no siempre tanto más barato. Ejemplo: un Uber del Ángel a Santa Fe un viernes a las 11 de la noche me cobró 118 pesos; un taxi de sitio, de la colonia Anzures (alrededor de 1 kilómetro de distancia hacia el poniente del Ángel) a Santa Fe entre semana a las dos de la tarde me cobraba alrededor de 150-200 pesos.

La Renault Duster de G, en su versión de entrada cuesta 231,900 pesos: para pagarla, él tendría que llevarme de Lindavista -en el norte de la Ciudad de México- a Lomas Altas -poniente del D.F.- (un trayecto de alrededor de 19 kilómetros) 2147 veces.

Tienen, también, la ventaja de que no se necesita llevar efectivo: todo se paga vía tarjeta de crédito/débito. Eso, entre otras cosas, evita el infame “uy, joven, es que no traigo nada de cambio”. Pero, existe un problema: ni el usuario ni el chofer conocen la tarifa hasta concluido el viaje y, no sólo eso, Uber no tiene tarifas fijas: una acción recurrente es bajar los costos en horas pico en lugares muy concurridos (viernes a las 6 de la tarde en Santa Fe o jueves en la noche en la Roma-Condesa, por ejemplo), algo que resulta sumamente conveniente para el usuario pero que, si pensamos un poco, es perjudicial para los choferes, quienes tendrán, acaso, más trabajo, pero menor ganancia.

Cuando le pregunto a G -que maneja una Renault Duster de la que es propietario- cuánto de la tarifa se queda Uber, responde que, en su caso, la comisión es del 20%. Si mi viaje fue de 135 pesos, eso quiere decir que la ganancia real de G es de 108 pesos, y así se repite para todos los viajes que complete. No sólo eso: Uber paga quincenalmente vía depósito bancario, “entonces si necesito gasolina, tengo que poner (dinero) de mi bolso”, dice.

Eso se suma a otros gastos que G y demás operadores deben hacer: comprar un auto, servicios del auto, gasolina, teléfono celular, etcétera. La Renault Duster de G, en su versión de entrada cuesta 231,900 pesos: para pagarla, él tendría que llevarme de Lindavista -en el norte de la Ciudad de México- a Lomas Altas -poniente del D.F.- (un trayecto de alrededor de 19 kilómetros) 2147 veces; eso, sin contar los otros gastos propios de su trabajo que ya mencioné, y gastos personales y, sí, su “ganancia” por la chamba.

El caso contrario es el de E, que conduce un Renault Scala, que no es suyo, sino de su empleador, quien recibe un salario al final de mes por parte de su “jefe”, cuya cantidad no quiso mencionar, pero que, según información disponible en la web, oscila los 9,000-10,000 pesos libres de impuestos.

No hay duda de que el servicio de Uber es superior al de un taxi, incluso uno de sitio. Es más sencillo conseguir un Uber, no hay cobros excesivos ni abusos (“uy, joven, es que hasta allá ahorita el banderazo es de 100 pesos), no tengo que venir escuchando “Si necesitas reggaetón dale” en la radio, todos los autos están y buen estado y casi todos son relativamente nuevos, a diferencia de aquellos Tsurus que no han pasado las últimas cinco verificaciones que se usan como taxis.

El problema con Uber es éste: Opera de la misma manera que un taxi sin tener que cumplir los requisitos que un taxi, algo que representa un ahorro de cientos de miles de pesos por unidad.

En cuanto a eso, soy entusiasta de que este tipo de plataformas se incorporen a la oferta de transporte de una de las ciudades más grandes del mundo. Una sola queja; en todas las ocasiones he tenido que indicarle al chofer cómo llegar a mi destino: por dónde irse, dónde dar vuelta -aún cuando usan un GPS-. Digan lo que quieran, pero los taxistas siempre conocen la ruta más “rápida” para llegar del punto A al punto B.

Mientras escribo esto, algunos “socios” de Uber se mueven en redes sociales. La empresa basada en San Francisco “quiere subir la comisión que cobra de 20% a 25% pero no ofrece una mejora en la calidad del servicio, ni garantiza la seguridad de los conductores especialmente en el caso de agresiones por parte de taxistas”, explican. Argumentan que para muchos ya es de por sí complicado sacar ganancia entregando la quinta parte de sus ganancias.

Repito. El problema con Uber es éste:

Opera de la misma manera que un taxi sin tener que cumplir los requisitos que un taxi, algo que representa un ahorro de cientos de miles de pesos por unidad. Uber ha aprovechado que su eje de operaciones es, como lo dije al principio del texto, particulares transportando a individuos de a pie mediante el consenso de un pago en retribución por parte del segundo al primero, algo que, técnicamente, es lo mismo que un taxi, pero no legalmente.

La popularidad de Uber va in crescendo, en parte por las ventajas que ya se mencionaron, pero también porque parece que es más cool pedirte un Uber que un taxi. Ello resulta en más usuarios y mayor número de socios que, sí, al final resulta en más dinero para la empresa estadounidense.

Si me apuran, Uber comienza a mostrar un modus operandi similar al de aquellas empresas que, cautivadas por el brillo de unas cuantas monedas, han cometido toda clase de irregularidades y atropellos, no sólo en términos legales, si no también con sus socios y usuarios. Espero, de verdad, equivocarme.

Mientras tanto, cientos de socios de Uber alzan la voz en contra de un aumento en el porcentaje que la empresa retiene de sus ganancias. Basta con ojear algunos de los comentarios para entrever que quizá aquel gancho de “sé tu propio jefe” no lleva al final del arcoiris. Y, creo, es algo que también nos debería de preocupar a los usuarios.

Foto: Especial

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