El gran hotel Budapest

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@manzanita_zeta

Sólo he leído un libro de Stefan Zweig (La confusión de los sentimientos) y éste me dejó profundamente triste, por eso me sorprendió que El gran hotel Budapest se inspirará en los trabajos del escritor vienés.  Después lo pensé bien y la idea dejó de ser descabellada, ya que si uno lo piensa, debajo de ese humor bizarro y tierno, el filme está empapado por la nostalgia: hacia el pasado, hacia los lugares y, sobre todo, hacia las personas que habitan los rincones más atesorados de la memoria.

Es  justamente la nostalgia la que desencadena la historia que Zero Moustafa (F. Murray Abraham) relata a un joven escritor (Jude Law) sobre cómo llegó a adquirir el recinto que da nombre a la cinta y que Wes Anderson sitúa en la imaginaria República de Zubrowka.

El recuento del misterioso dueño sobre la época de su vida en la que sirvió como un joven botones (interpretado por Tony Revolori), acogido y entrenado por el amado conserje Monsieur Gustave H (Ralph Fiennes), es fascinante. Dotada de  momentos graciosos con un tono fársico, Wes Anderson presenta una historia de intrigas, desencadenadas por la misteriosa muerte de la rica amante de Gustave H, Madam D. (Tilda Swinton) y por una cuantiosa herencia que orilla a los personajes a cometer actos hilarantes con tal de obtener  una parte de ella (entre estos destacan: el robo de una valiosa pintura, una serie de asesinatos y elaborados planes para esclarecer las causas del deceso).

Al igual que en sus películas anteriores, el director de Darjeeling Limited (2007) explora temas como el amor de pareja, en esta ocasión representado por Zero y Agatha (Saoirse Ronan), y familias disfuncionales. Asimismo, se vale de los recursos visuales (escenografías en tonos pastel, manejo de simetría en los planos y escenas divididas en capítulos) a los que ha recurrido desde Rushmore (1998). Curiosamente estos detalles, en vez de encasillar su creatividad, la han potencializado. Lejos de repetirse a sí mismo, como le ocurre a Tim Burton y  Michael Gondry, Wes Anderson ha sabido reciclar los elementos que definen su estilo hasta perfeccionarlos.  Es una dicha admirar la dirección de arte en El gran hotel Budapest.

Por su parte, las actuaciones son geniales, en especial la de Ralph Fiennes. Éste encarna perfectamente a un protagonista encantador, refinado y superficial. A su vez, Tony Revolori conquista en su papel de huérfano inmigrante. Juntos resultan un dúo tan irreverente como enternecedor.  Incluso Adrien Brody interpretando a Dmitri , el detestable hijo de Madam D., y Willem Dafoe en su rol del sanguinario Jopling, se convierten rápidamente en personajes entrañables.

El gran hotel Budapest no sólo no decepcionará a los fans del oriundo de Texas, sino que seguramente también le ganará nuevos adeptos. Y es que, al igual que los pasteles que Agatha hornea, se trata de una película tan bonita y dulce que uno no quiere dejar de saborearla. Al final, el espectador  se queda con un buen sabor de boca y quizá también- como ocurre al leer las obras de Stefen Zweig- con una cierta nostalgia.

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