El largo regreso a casa

pozole
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@Joso9

Todos los jóvenes quieren estudiar administración de empresas, eso sí interesa,
no la literatura, todo mundo quiere estudiar administración de empresas en este país,
en realidad en pocos años no habrá más que administradores de empresas,
un país cuyos habitantes serán todos administradores de empresas,
ésa es la verdad, ésa es la horrible verdad.
– Horacio Castellanos Moya

– ¿Y ahora qué? – pregunta el familiar o amigo bienintencionado – ¿Qué sigue?

– No sé – me dan ganas de contestar – Y no tengo puñetera idea.

Hace poco más de dos semanas volví a México tras estar un año fuera, estudiando una maestría en letras. Los últimos meses de mi vida la pasé escribiendo una tesis de 20 mil palabras acerca de cómo las narrativas de superhéroes reflejan el problema de la gentrificación. Todavía no puedo acercarme a un cómic sin que una angustia me recorra el cuerpo y empiece a sudar frío, cual síndrome de abstinencia. Lo más curioso es que durante meses, mi vida fue la tesis: pasé horas sentado escribiéndola, leí libros y ensayos al respecto, discutí el tema con amigos y hasta mi asesor pensó que era una idea medianamente original. Y sin embargo, cuando ahora me preguntan de qué trató mi maestría, empiezo a tartamudear y bajo la mirada.

Regresar a la acelerada vida de la capital ha sido una experiencia curiosa. Exeter, la ciudad donde viví, no llega a los 200 mil habitantes. Durante mi estancia ahí apenas y tomé camiones o taxis, principalmente caminaba. Caminaba a la Universidad, al centro, o a casa de mis amigos, y sabía que no me tomaría más de 40 minutos por trayecto. Por eso ahora los días me parecen sorprendentemente cortos; supongo que no es de extrañar cuando solamente escalar Constituyentes toma alrededor de una hora y media.

Me descubro más retraído. El tiempo que pasé hablando un idioma que no es el mío me hizo perder el ritmo de las conversaciones. No es que ahora se me dificulte el español, sino el mexicano: ese lenguaje fluido y rápido, de bromas, de apapacho y de escarnio, en el que un segundo te están abrazando, sólo para dejarte caer el albur en las siguientes tres frases. Se me contagió la frialdad británica y ahora me toma entre una y tres cervezas sentirme relajado en una plática cualquiera.

Hay otras preguntas que hacen los familiares: “¿Extrañaste México?” o “¿Ya extrañas Exeter?” Sobre todo porque nunca tuve (ni tengo) muy claro qué implica extrañar un lugar, así en general. Cuando me fui, empecé a extrañar a algunas personas, un puñado de sitios y toda la comida mexicana. Ahora que estoy de regreso, extraño a algunas personas, un puñado de sitios, el ritmo lento de la ciudad y la soledad de mi cuarto. La comida inglesa no la extraño para nada.

¿Y ahora qué? ¿De qué fue tu maestría? ¿Para qué sirve?, preguntan y yo no sé qué responder. Estas cuestiones necesitan tiempo. La respuesta corta es “de absolutamente nada”. La respuesta larga implica sentarse y hablar de los beneficios del análisis crítico de obras de ficción, por no mencionar que ahora sé aspirar y preparar fajitas de pollo. Quizá un año de maestría sólo sirvió para darme cuenta lo mucho que me gusta vivir en un país donde la gente se abraza al menor pretexto.

Con todo, estoy consciente que ahora me corresponde reintegrarme al mercado laboral de donde llevo ausente ya un tiempo. Quizá haga como Onetti y me ponga a vender boletos de cine. O como mi amigo Alex, quien trabajaba en una tienda de artículos para acampar, mientras escribía una tesis sobre Seamus Heaney. O como Beth, quien cubre turnos en la biblioteca universitaria mientras prepara su aplicación al doctorado. Pero mis familiares y amigos no quieren estas respuestas. Quieren que les diga que ya tengo una oferta como jefe de cuentas en una agencia de publicidad. Quieren, para su tranquilidad y la mía, que les diga que mi maestría abrió, en automático, puertas altísimas, a través de las cuales hay una vida de estabilidad económica

Pero así no son las cosas. Durante el primer semestre de mi carrera en Comunicación, le comenté a una maestra que quería escribir para ganarme la vida. Ella me respondió que si quería escribir, escribiera,  aunque me ganara la vida por otros medios. Así que, por ahora, ante el odioso “¿Qué vas a hacer?” respondo con un evasivo “Tengo algunos proyectos por ahí” o el más sufrido “Estoy freelanceando“. En realidad, la respuesta es más sencilla, pero más evasiva si cabe: “Ahora, me pongo a escribir”.

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