El lunes empieza con el sábado

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@esetiporandy

Magia y ciencia tienden a presentársenos como disciplinas incompatibles. En el peor de los casos, se manifiestan incluso como fuerzas antagónicas. Así pues, la idea de que pueda establecerse un vínculo entre ellas, o, más bien, cualquier otro que no sea el de la animadversión, se antoja como un absurdo. No obstante, para eso está la literatura: para dar rienda suelta a la inventiva. Ah, y para recordarnos que la realidad supera a la ficción. ¿Qué me contradigo? Pues bien, me contradigo y sí, sucede.

El lunes empieza el sábado de los hermanos Arkadi (1925-1991) y Borís Strugatski (1933- ) fue publicado por primera vez en 1965. Puede que el apellido Strugatski no nos haga ruido por acá, pero en su natal Rusia estos hermanos son reconocidos como pioneros de la ciencia ficción y El lunes… como una de sus mejores obras. No obstante, fue hasta el año 2011 que, gracias a la editorial Nevsky Prospects, nos llegó una maravillosa traducción al español por parte de Raquel Marqués García.

Nuestro protagonista, el joven Shasha Prívalov, se encuentra acampando en las afueras de la ciudad. En su camino se cruza con dos extraños sujetos que no tardan en ofrecerla trabajo como programador. El joven acepta y es conducido a su nuevo hogar en Solovets.  En ese lugar, brujas, taumaturgos, gatos parlantes, sirenas, vampiros, duendes y demonios se codean a la par con burócratas gruñones, científicos y empresarios. Así pues, objetos de índole fantástica como las alfombras voladoras, espejos parlantes, botas de siete leguas, capas de invisibilidad y varitas mágicas son herramientas tan útiles y valiosas como los matraces, microscopios, telescopios, gravímetros y computadoras.

Desde luego, dominar tantas herramientas y disciplinas requiere de una gran cantidad de conocimiento, y todos parecen estar conscientes de ello. Es con nerviosismo que los personajes buscan información, es una gran ansiedad la que los empuja a probar su inteligencia. Se pasan todo el tiempo anunciando alguna receta, enseñando  trucos, diciendo chistes y parábolas, citando al Mahabharata y a los Upanishads, declamando poemas y cantando. Por ejemplo, en algún momento, Vasili, el gato parlante (que junto con el gato de Cheshire y el gato Beguemont haría muy buen trío) se lamenta por su memoria empañada, maldice y se retuerce al errar en los versos que tiende a declamar por la noche.

Y ante este paisaje tan loco y abigarrado, Shasha no muestra una pizca de asombro. Todo lo contrario: lo asume. Acepta que estas cosas suceden y trata de darles una explicación, aunque no necesariamente lógica. No son los sucesos extraordinarios los que despiertan la sorpresa del lector, sino la respuesta de Shasha ante aquellos hechos. “Los folletos (…) me habían inculcado que los animales no podían hablar. Los cuentos de la infancia demostraban lo contrario”. ¿Por qué no va a ser posible? El protagonista indica que no sólo es un asunto de verosimilitud. Cuestiones tan importantes como el tiempo y el espacio influyen en nuestra aproximación a las cosas: “Mi bisabuelo, por ejemplo (…). Desde su punto de vista antiguo, un gato parlante sería una cosa mucho menos fantástica que una caja de madera pulida que bramara, aullara, emitiera música y hablara en distintas lenguas”.

Los Strugatski nos introducen a este mundo a través de un personaje principal que se presenta como un turista, es decir, como alguien con quien compartiremos el hecho de entrar a un terreno desconocido. Sin embargo, no seremos partícipes de su admiración: no la hay. Y ésa es una de las cualidades de este libro. La manera en que el personaje conlleva las vicisitudes que se le presentan es contraria a la del viajero ajeno a las leyes y costumbres de las tierras que recorre. Es gracias a esto que los Strugatski hacen que el ejercicio de cuestionamiento resulte natural. Nos detenemos para confrontar al personaje con el que, supuestamente, habríamos de avanzar paso a paso. A él no le cuesta, pero, ¿a nosotros?

¿Por qué este comportamiento? ¿Por qué esta actitud? “¿Y ustedes a qué se dedican?”, pregunta Shasha a sus anfitriones. “Como todas las ciencias, (…) a la felicidad humana”, es su respuesta.

Uno de los pasajes más bellos del libro se presenta cuando Magnus Fiodórovich, el bachiller de magia negra, pide a sus compañeros de trabajo que escuchen un poema que ha llamado su atención. En el texto se adivinan dos definiciones de la felicidad. Sin embargo, la naturaleza lírica del poema hace que estas se presenten confusas. Tras preguntarse por lo que significan tales versos, se propone formularlo a manera de algoritmo. “Yo no lo intentaría”, responde Shasha, que no cree que esas cosas puedan ser entendidas en su totalidad y menos ser expresadas de otra manera, como queriendo dejar espacio al misterio, a la ambigüedad y la duda.

Es en ese momento que Shasha y los otros quedan expuestos. Los personajes de ese mundo se han propuesto encontrar la felicidad. Los métodos, las prácticas, los experimentos y todo lo que pueda hacerla posible. Por eso han echado mano a todas las herramientas a su alcance: las mágicas, las políticas, las tecnológicas y las científicas. ¿Para qué trabaja la ciencia sino para la mejora de vida? ¿Qué es la magia sino aquello que activa nuestra capacidad de asombro y, ésta, un pedazo de alegría? Como explica Sofía Rhei en el prólogo, “tanto la ciencia como la magia parten de una preocupación y tratan de resolverla a través de una exploración imaginativa de posibilidades”. El problema es la manera en que los personajes distorsionan dichas disciplinas. Más que acercarse a una verdad, tanto conocimiento deviene en locura: se han alejado del verdadero significado de las cosas.

Shasha Prívalov se reconoce incómodo consigo mismo: “Intenté imaginarme algo que pudiera sorprenderme, pero la fantasía no me alcanzaba, cosa que no me hizo ninguna gracia, porque no puedo soportar a las personas incapaces de asombrarse”. Shasha y los otros están atestados de información, pero también de deseo. Parece que ya nada les es suficiente. Pero al reconocerlo detectan sus verdaderas faltas: la falta de asombro y la falta de felicidad, ancladas una con la otra. Sin embargo, no hay tal cosa como una felicidad eterna y mucho menos un aparato total, plural o gubernamental (ejem) que pueda facilitarla, porque eso es algo puramente personal, y la totalidad excluye al individuo, a la persona.

Así pues, los Strugatski invitan a que, en plena época de la información y avances tecnológicos, nos atrevernos a abandonar la idea de supuesta totalidad y a dejar espacio para el asombro.

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