El Papa y la Guerra Cristera

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@medicencocu

Digamos que mi madre es fan del papa Francisco o algo así. La cosa es que en los últimos días la tele está prendida casi todo el día: con el Papa bajando del avión, el Papa en Circuito Interior, el Papa en el Zócalo, el Papa en Ecatepec (donde quién sabe cómo es que no le robaron las llantas al papamóvil), el Papa en Chiapas, el Papa en Morelia.

Es respetable que la gente salga a las calles a ver pasar al Papa aunque sea unos segundos, que vayan misa a la Basílica, que tengan la tele prendida todo el día, que lloren escuchando al papa Francisco. Hay que recordar que este es un país católico, donde los satanistas amantes de las drogas y la pornografía como su servidor somos minoría.

Sin embargo, ayer, mientras la televisión transmitía al papa Francisco en directo desde Morelia, alcancé a escuchar un grito que pensé extinto; un grito que me remontó a los años veinte:

“¡Viva Cristo Rey!”.

Sí, ése que era el grito de guerra del ejército cristero en su insurrección contra el gobierno de Plutarco Elías Calles. ¿Que quiénes son los cristeros? ¿Que qué carajos es la Guerra Cristera? Vamos a eso. En mi opinión, uno de los episodios más infames de la historia de este país.

A mitad de los veintes, México era un país inestable. No hacía ni una década que se peleaba la revolución. El país comenzaba a caminar de la mano del sacrosanto Partido Nacional Revolucionario (¿alguien dijo PRI?). Pero de eso a que de repente una bola de fanáticos religiosos amenazaran con tumbar al Presidente. No, carajo.

En 1926, Plutarco Elías Calles hizo una serie de modificaciones al Código Penal derivado de la Constitución de 1917. Con estos cambios -conocidos como Ley Calles- el Presidente pretendía tener mayor control sobre la Iglesia; básicamente, limitaba su participación, en general. Se intentó, sin éxito, proponer una reforma constitucional que revirtiera los efectos. Consecuencia de esto, los católicos mexicanos intentaron boicotear al gobierno de Elías Calles con diversas acciones que afectaron a la economía nacional. Pero, lectores, lo mejor estaba por venir.

Recordemos que dije que éste era un país inestable, con algunos remanentes de disputas derivadas de la revolución y descontento con los gobiernos de Plutarco Elías Calles y su predecesor Álvaro Obregón. No fue tan complicado, entonces, para los cristeros comenzar a formar batallones locales, principalmente en el Bajío, hasta articular un movimiento nacional que se estima entre 12 mil hombres, al comienzo del conflicto, y 20 mil en 1929, en su mayoría campesinos o gente “humilde”.

Pronto, esos fanáticos armados con rifles de la revolución que gritaban “¡Viva Cristo Rey!” lograron expandirse en todo el centro del país e igualar poderes con las fuerzas federales en su lucha contra la política laica de Elías Calles. Es importante mencionar que, en todo momento, las autoridades eclesiásticas se deslindaron de los cristeros.

Para ahorrarnos la serie de barbaridades que sucedieron entre 1926 y 1929, vamos al final. Todo llegó a una relativa calma luego de una serie de negociaciones entre Emilio Portes Gil, sucesor de Elías Calles, y la Iglesia, mediadas por el gobierno estadounidense. El gobierno mexicano aceptaba ser más flexible en cuanto a la ley y la Iglesia renunciaba a exigir sus derechos. Pese a ello, se estima que varias decenas de miles de cristeros no aceptaron los acuerdos y se negaron a deponer las armas.

La Guerra Cristera fue otro peculiar capítulo de la saga Estado-Iglesia en este país. No me explico cómo en pleno siglo XX y luego de derrotar a los conservadores un siglo atrás, miles de fanáticos religiosos se alzan en armas contra el Estado laico. No por nada, Juárez y compañía se propusieron derrotar a otro grupo de subnormales que trajeron a un Emperador a este país y que instauraron la católica como la religión oficial de México.

Se supone que somos un Estado laico. Pero no podemos negar la fuertísima tradición católica, que data desde la Colonia, donde los españoles, a través de los madrazos la evangelización, lograron convertir a toda la población indígena del país al catolicismo.

Tampoco hay que olvidar que hace mil años un Papa conminó a todos los católicos del mundo a ir al Oriente Medio a pelear y matarse por algo sumamente estúpido.

Volviendo a 2016.

¿Por qué el gobierno del Estado laico mexicano, en sus distintas instancias, tiene que gastar millones de pesos en el recibimiento del Papa? La Iglesia no paga impuestos, que ellos cubran los gastos de su líder. ¿En serio es necesario todo el día todo el tiempo transmitir lo que hace el Papa en TV? ¿Qué pasa si quiero quemarme las neuronas un rato viendo la tele? ¿Tengo que aguantar sus actos y propaganda religiosos?

Me queda claro que aún hay gente con ideas medievales. Que el fanatismo religioso está presente, y mucho, en nuestro país. Que, históricamente, el cristianismo ha hecho mucho daño al mundo. Que cualquier tipo de fanatismo es sumamente nocivo. Que, me guste o no (no me gusta), somos un país católico. Que, lamentablemente, la Iglesia ha prostituido la fe y lucrado con ella.

Que aún hay gente que grita “¡Viva Cristo Rey!”. Sí, en pleno 2016.

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