El poder de las historias (Cómo llegué a Macondo)

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A mi madre

@Joso9

“¿Qué chingados hago yo tan lejos de mi casa?” eso fue lo primero que pensé hace dos días, cuando el sofocante calor de Santa Marta, en la provincia de Magdalena, Colombia, me azotó la cara y me dejó con una playera completamente empapada y al borde del desmayo. El Caribe me recibió con rigor e hizo menguar mi escaso espíritu aventurero.

Ese mismo día, por la mañana, me había despedido del detective salvaje Mariano Moreno, con quien las pasadas semanas había bebido pisco en bares izquierdosos de Santiago, incontables botellas de vino en Montevideo, y el mejor ron que nuestras almas -mal acostumbradas al Bacardi blanco- hubieran probado nunca en Medellín. Juntos, y fuera de programa, también llegamos hasta la Feria del Libro de Bogotá, donde no faltó rumba, poesía y canción ranchera.

Pero ahora estaba solo y acalorado. “¿Qué vine a hacer hasta acá?” me repetí. Y es que no voy a dármelas ahora de poeta viajero ni de explorador consumado. Generalmente soy feliz entre mis libros en la templada y contaminada Ciudad de México, y los viajes que había hecho hasta ahora habían sido cuidadosamente reservados y programados con una agencia de viajes; ese tipo de viajes contra los que Leila Guerriero ha escrito tan bien. Y de pronto me hallaba en Santa Marta, una ciudad de la que no había escuchado hablar hacía un mes, con el calor caribeño nublándome la vista y sin un cuarto de hotel listo todavía. Y entonces lo recordé: “Yo vine a Aracataca”.

En algunos blogs de viaje había leído que Santa Marta era una de las ciudades grandes de Colombia cercanas al pueblo natal de Gabriel García Márquez, así que me pareció buena idea conocerla y llegar de ahí en bus hasta Aracataca. El plan incluye seguir hacia Barranquilla y llegar hasta Cartagena de Indias, lugares importantes en la vida y obra del Nobel. Así que tras varios baños de agua fría, una noche de descanso y haber probado la mejor arepa del mundo, recuperé el ánimo necesario para ir a conocer el Macondo original.

El viaje fue agradable, aunque el cansancio no me dejó leer mucho de mi Vivir para contarla que compré en Bogotá, y que había comenzado a toda prisa los días pasados para tener algo de información antes de llegar a la casa donde nació Gabo. Y vaya si sirvió. Para cuando bajé del bus ya había leído varias descripciones de la casa, y los episodios de la infancia que García Márquez recuerda en su autobiografía.

Desde luego Aracataca no es más esa aldea de veinte casas de barro y cañabrava, pero tampoco esperaba que lo fuera. Uno tendría que ser muy ingenuo -o de plano no conocer ningún pueblo- para pensar que pueden conservarse en un estado perfecto de suspensión temporal. No. Aracataca es una ciudad pequeñita, con bares y billares, y refaccionarias y muchas farmacias. Tiene un zócalo que se alcanza a ver de orilla a orilla, y a un costado está la Catedral de San José, donde dicen que fue bautizado el Nobel. Sus habitantes parecen gente alegre, humilde y amable. Eso sí, el calor legendario que describe Gabo en sus obras se sintió de inmediato. Enclavada en la región bananera y lejos de la costa, Aracataca es un pedazo de tierra ardiente que la falta de lluvias este año ha hervido aún más. Al respecto dice don Gabriel:

El calor era tan inverosímil, sobre todo durante la siesta, que los adultos se quejaban de él como si fuera una sorpresa de cada día. Desde mi nacimiento oí repetir sin descanso que las vías del ferrocarril y los campamentos de la United Fruit Company fueron construidos de noche, porque de día era imposible agarrar las herramientas recalentadas al sol.

Por cierto, el tren sigue pasando por esas vías, rápido, eficiente, y ahora sin lugar para pasajeros.

Y por fin llegué a la casa.

La Casa-Museo Gabriel García Márquez se parece mucho a lo que el escritor describe sus memorias. Seguramente fue restaurada y modificada para coincidir más con la disposición que recordaba Gabo. Ahí está el largo pasillo con habitaciones a los costados: el cuarto de sus abuelos, el taller de platería del coronel, el cuarto de Gabito, la cocina, el comedor dispuesto para que los pasajeros que llegaban en el tren se pudieran sentar a comer cuando quisieran.

No hay ningún tipo de souvenir para comprar salvo algunas artesanías frágiles y con precio inflado que un muchacho vende afuera del museo. Antes de salir, el guardián privado me cuenta algo: “Vienen muchos mexicanos por acá. El otro día vino un señor a las nueve de la noche y me pidió que le abriera. Yo no podía, pero le hablé al patrón y me dijo que estaba bien, y el señor me dio 50 pesos mexicanos.” Y en efecto, el guardia saca de la cartera un billete rosado con la imagen de José María Morelos y Pavón. Cincuenta pesos mexicanos ¿Por qué no me extraña?

Así, mientras caminaba por algunas calles del pueblo, con la camisa a cuadros pegada al cuerpo y el cabello escurriéndome de sudor como perro recién bañado, empecé a pensar en esta columna y me di cuenta que todavía no respondo la pregunta fundamental: ¿Qué hago yo hasta acá? Bueno, vine a Aracataca, pero ¿por qué?, ¿qué me hizo llegar aquí?, ¿no es excesivo planear varios días de viaje basado en que aquí nació un escritor que me gusta? Si la mayor parte del tiempo Gabo vivió en México, y además  ya había visto en Bogotá su maquina de escribir y las primeras ediciones de sus libros. ¿Qué pinche necesidad de llegar hasta este caliente, caliente pueblo?

Entonces recordé una de las casas en la que creció mi madre, en Cutzamala, región de Tierra Caliente, Guerrero. Recordé la hamaca en la que me mecía de niño y los zancudos y el calor que asfixiaban mi pobre almablanda chilanga. Y también la casa de mi abuela -que falleció el año pasado- en Altamirano, a unos pocos kilómetros de ahí. Y recordé todas las historias de muertos, sangre y venganza en que se vieron envueltos parientes lejanos míos, y entonces pensé lo mucho que se parece Aracataca y Cutzamala y Altamirano y Macondo. Y quizá por primera vez entendí verdaderamente por qué García Márquez es el escritor favorito de mi madre, y por qué su obra me ha perseguido desde que era niño y creía que un galeón español era una moneda del universo de Harry Potter.

Ese es el poder de las historias: que viven con nosotros y a través de nosotros, y tienen un impacto real en nuestra vida. En una conferencia a la que pude asistir en la FILBO, Alberto Manguel y Juan Gabriel Vásquez dijeron: “El lector es un rebelde”, porque lee otros mundos y se inconforma con el que tiene, y por eso la mayoría de los gobiernos, a pesar de sus campañas, suelen estar en contra de la lectura. En otra ocasión, el poeta Darío Jaramillo me contó sobre una migración masiva de japoneses al valle del Cauca tras leer las bellísimas descripciones de una novela. O en palabras de Vargas Llosa “Seríamos peores personas de lo que somos sin los buenos libros que leímos.” Las historias, las novelas y los libros influyen en nuestra forma de entender el mundo, y en cómo nos relacionamos con él.

Y tras estas cavilaciones regresé a Santa Marta, y sus 32 grados playeros me parecieron casi benignos. Todavía pude pasear por el malecón y ver que entre más baja el sol, más gente llega a la playa a beber una cerveza Aguila o comer ceviche. La cena consistió en una brocheta de chorizo y papa y una mazorca (elote), acompañado por el atardecer caribeño. Y pensé, acostumbrado como estoy a intelectualizar lo que veo y vivo, que quizá esto es la vida y la felicidad.

Fotos: J.P. Salas

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