El tiempo, el fuego y la retórica

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Por Pedro Derrant

La lucha del hombre contra el tiempo y el olvido es capaz de adoptar cualquier forma porque en ellas se esconden momentos irrepetibles de la experiencia humana. El arte es la manera en que perpetuamos esa lucha en el tiempo mismo y el espacio; por eso construimos lo más alto, lo más robusto y duradero, por eso entonamos himnos con todo el aliento disponible, por eso atrapamos para siempre los instantes y los rostros en las pinturas, las fotos y los libros. Pero éste es el modo más usual de combatir la eternidad, no el único.

Olvidamos, por ejemplo, que el puro hecho de sentir es ya una manera de desafiar la finitud, de aferrarse al presente y no soltarlo, aunque estemos convencidos de la inutilidad de la empresa. En Algunas consideraciones sobre el fuego (Instituto Cultural de Aguascalientes 2014), del tan joven como buen narrador Manuel del Callejo, se reúnen seis relatos que, de una manera u otra, apuntan hacia ese centro.

El evidente hilo conductor de las historias es, como señala Krishna Avendaño en la introducción, la persecución de la naturaleza del deseo, pero no en sí mismo, en un sentido hedonista, sino a partir de sus implicaciones físicas y metafísicas.

Asistimos a la intervención del erotismo en la ceremonia de lo cotidiano; una pareja de viejos amantes que reavivan clandestinamente su amor cada tarde, para luego devolverse a la rutina; un hombre que tiene la opción de consumar una fantasía de la adolescencia; un poeta que ve sus antiguos amores con un pintor desde la perspectiva del paredón; la reunión de unos enamorados en una biblioteca después de cuatro años; una mujer que, cada tarde después de su jornada de trabajo, espía a un hombre masturbándose; un novelista que reencuentra a un hombre que le sirvió de inspiración para una historia de amor.

Además del sustrato pasional que compone estas historias, siempre está presente el tiempo y la necesidad de los personajes por abolirlo, aunque ambas cosas se convierten en una misma, pues ven la pasión de ayer desde la perspectiva de ahora y se afianzan a ella como un escape de la mortalidad. Por esta razón, la coherencia de la obra es indiscutible, ya que trabaja alrededor de un mismo tema e incide en él desde sus diferentes ángulos en una exploración profunda.

En consecuencia, el discurso que más pesa es el erótico, pero no sólo por el asunto de los cuentos, sino por la variedad de registros y la finura de su realización. Desde las más prosaicas narraciones sexuales, hasta las más delicadas pinceladas que pintan los roces, los sutiles matices de la piel abrazada por la luz o la sombra, las consideraciones más allá de lo humano sobre el acto carnal. Todo eso está ahí adentro. Es el punto más logrado del estilo del autor y está consciente de ello, pues lo explota en todas sus narraciones y en todas llega a feliz término, al menos en este sentido.

El problema es que en ocasiones parece construir todo el andamiaje cuentístico con la sola excusa de desplegar su retórica del erotismo. Cuentos como “Retrato de un hombre tomando té” y “Catalina” muestran muy poca fuerza en comparación a los otros relatos; quizás porque no exploran los terrenos del deseo transgresor, sino que se recrean en la plenitud de los momentos alegres. Otro tanto ocurre con “Cuento del escritor y el pintor”, pero aquí hay un aroma trágico que logra salvar el cuento de caer en el mismo costal.

El cuento que inaugura el libro, “Hechizo de las calles”, es breve e intenso, con un gran ritmo narrativo y momentos de gran lirismo que no entorpecen la acción general. Sentimos, además, el aroma de nostalgia que emiten los personajes sin que sea necesaria su mención, se crea una atmósfera melancólica que golpea al lector en el estómago. “El Dios de los que miran por la ventana” acierta en lo mismo, pero para demostrar el hastío de la vida cotidiana. La soledad de Luisa y su creciente obsesión por el vecino atrapan por el contrapunto que se genera de ambos sentimientos, la pasión y la indiferencia, cuya culminación es otro de los grandes momentos del libro. No obstante, el premio pertenece al cuento que da nombre a la colección: “Algunas consideraciones sobre el fuego”. En este relato, Del Callejo logra sintetizar todas sus virtudes narrativas: despliegue erótico, comunión entre lo que sucede y la forma en que se dice, control total del ritmo de la prosa, construcción de personajes convincentes y el desarrollo de un discurso filosófico a partir de las sensaciones. Sin embargo, me detienen de calificar al cuento como excelente, uno o dos vicios que noto en el resto de la narrativa del autor, sobre todo en sus diálogos, muy poco verosímiles, forzados y, en algunos casos, innecesarios.

En fin, Algunas consideraciones sobre el fuego tiene tropiezos, pero ninguno de ellos con la fuerza de demeritar la totalidad de la obra. Los cuentos que menos convencen no impresionan porque parecen ejercicios literarios, aunque ninguno de ellos está mal escrito. Todos tienen una chispa de humanidad que yace en el fondo, pero a la que le faltó germinar para mostrarse con total plenitud. Una crítica condescendiente de este libro diría que aquello se debe a la juventud del autor (20 años y dos libros en su haber), pero los cuentos restantes del libro demuestran que no es necesaria tanta experiencia en el mundo de las letras para generar buenas piezas de literatura. En todo caso, anima la perspectiva de un autor que ya ha logrado generar una voz propia y una seguridad narrativa a tan corta edad. Sólo queda esperar que alcance el dominio total de su estilo y lo convierta en una herramienta expresiva, no un artificio literario.

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