En defensa de la empatía selectiva

charlie
Share Button

@ricardolopezc

Mariano Moreno pidió el viernes pasado en Revista Malinche que dejemos de ser hipócritas. Se refería a los atentados terroristas en París y Bruselas, pero, sobre todo, a los que han ocurrido en Estambul o Alepo. Para él está claro que hay muertos de primera, segunda y tercera. “No hay duda que las simpatías van en función del Producto Interno Bruto del país atacado. Vendrá el próximo atentado y el mundo seguirá sin rezar por Turquía, ni por Siria, ni Libia, ni Túnez, ni Nigeria, ni Palestina, ni Líbano, ni Yemen,” escribe.

En ese texto mi compañero de página trata de revelar el doble estándar con el que juzgamos la tragedia. Nos duelen más los muertos blancos que los que vivían en un país lejano que difícilmente encontraríamos en un mapa. De hecho, simpatizamos más con un muerto europeo que con 100 árabes. Por eso de lejos parece que la idea que defiende Mariano es noble y justa aunque, en realidad, es más moralina y políticamente correcta que otra cosa.

Cristian Campos explica tan bien en Jot Down por qué la policía moral está equivocada, que lo único que puedo hacer es un cover de su argumento. Escribe que poner más atención a unos muertos que a otros no es racismo, ni imperialismo, ni falta de empatía. “Se llama el kilómetro sentimental y es algo que se aprende la primera semana del primer trimestre del primer curso de periodismo. El interés por un hecho cualquiera es inversamente proporcional a la distancia que nos separa de la víctima. A mayor distancia, menos interés.”

Cualquiera que haya ido a media clase de periodismo entiende el concepto del kilómetro sentimental. La distancia no es necesariamente geográfica. También puede ser cultural. Esto no quiere decir que  unos muertos valgan más que otros, ni que no debería importarnos lo que sucede en Burundi o Papúa Nueva Guinea. En un mundo automatizado nos indignaría lo mismo un muerto en la medina de Fez que uno en la Narvarte. Quizá es triste, pero no vivimos en un mundo donde nos afectan lo mismo las muertes. Simplemente nos identificamos más con unas que con otras y eso no nos convierte de inmediato en malvados agentes del imperio.

Que nos indignen más los nuestros no significa que esté bien. Es, simplemente, una fotografía de la naturaleza humana. Cuando se incendia el edificio nos preocupamos primero por nosotros y después por el vecino. “El kilómetro sentimental no es un juicio de valor sobre el diferente peso de los muertos. Tampoco nos dice cómo debería ser el mundo. Simplemente nos dice cómo es”, escribe Campos.

El problema es que muchos de los que publican su tristeza e indignación por los muertos de un país lejano lo hacen para ganar un lugar de privilegio sobre el pedestal moral. Como si enojarse por algo que ocurrió fuera de Europa los hiciera mejores personas. “¿Dónde están las banderas de Yemen y las caricaturas de Nigeria?”, preguntan los dueños de la verdad después de cada atentado. Aprovechan 90 muertes en Paquistán para dejar claro que ellos sí se suman a las causas justas mientras se alejan de la indignación mainstream. Un columnista con menos talento para las metáforas los llamaría hipsters. Uno más irritable les diría oportunistas.

Tal vez lo más interesante de todo es que esta realidad es recíproca. Para un paquistaní de veintitantos años que escribe una columna digital los asesinatos cotidianos de su ciudad son más indignantes que nuestros miles de desaparecidos. Lo cierto, bien lo dijo Campos, es que a nosotros nos importan un pimiento los refugiados sirios. Y nosotros a ellos.

Comentarios

comentarios

Relacionado

*

Top