En defensa de lo cotidiano

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@ricardolopezc

La semana pasada incluí en Demasiado Impaciente una frase de mi amigo José Pablo Salas a la que no hice justicia. Hablábamos de las restricciones inglesas a la pornografía online y me pidió que nunca diera por hecho las pequeñas cosas de la vida. Recordé nuestra conversación ayer mientras leía un texto de Juan Tallón en El País. Escribió sobre las quinielas de futbol: “Hubo un tiempo […] que el ritual de rellenar la quiniela en el bar era uno de los dos o tres momentos más emocionantes de la semana. Constituían una suerte de educación sentimental, como ver ciertas películas o fumar algunos cigarros, a escondidas.”

Hay un ensayo de Camus que nunca he leído pero cito cada vez que puedo. Vi un video de Alain de Botton hablando sobre él y su interpretación me gustó tanto que no quiero perderla leyendo el original. Se llama El verano en Argel y, según de Botton, es un gran ejemplo de Camus como campeón de lo cotidiano. En esta versión el argelino se resiste a la falta de esperanza argumentando que debemos vivir sabiendo que nuestras vidas serán olvidadas. Tenemos que reconocer lo absurda que es la existencia y, aún así, recordar que puede valer la pena.

Dice de Botton que Camus es encantador visto como un guía que nos ayuda a entender las razones para vivir. Celebra el calor del agua y los cuerpos morenos de las mujeres. Elogia la luz del sol, los besos y describe a una mujer que baila, suda y camina entre las mesas oliendo a flores. “Si hay un pecado contra esta vida”, dice Camus, “consiste quizá no tanto en escatimarla sino en esperar por otra mientras eludimos la tranquila grandeza de esta.”

Las quinielas nunca me han gustado mucho; quizá porque en México se han desvirtuado como decepcionantes actividades de oficina. Se me antoja más fumar algunos cigarros a escondidas o educarme sentimentalmente viendo películas. No quiero ponerme romántico, pero desde hace un par de semanas lo único que parece darle sentido a mi vida son las cosas pequeñas: releer conversaciones de Whatsapp que ya han terminado, compartir una cerveza helada, volver a las entrevistas viejas de Letterman, tomar una siesta después de comer o un café con leche en la mañana. También escuché de buena fuente, aunque no he podido comprobarlo, que respirar aire coleto sirve.

Argumentar a favor de una vida llena de placeres terrenales es tan simple como decir que la existencia se justifica a sí misma. No hace falta otorgar a nuestras vidas un valor trascendental si entendemos que todo lo que somos se encierra en una taza de café. Algún día moriremos, la humanidad nos olvidará y, tiempo después, el sol se extinguirá. Si pensamos a largo plazo nada de lo que hagamos con nuestro tiempo en la Tierra tiene ningún valor. Ni siquiera las películas de Sorrentino o los poemas de Gamoneda.

Por eso pido que escuchemos a Camus. O, mejor dicho, al Camus que narra de Botton. No esperemos a disfrutar otra vida eludiendo la grandeza de esta. Llenemos la quiniela del futbol, tomemos cerveza, seamos frívolos y contradictorios. Riámonos de nosotros mismos. Leamos libros complicados y novelas baratas. Veamos películas malas de superhéroes y hablemos de ellas como si fueran grandes obras de arte. Discutamos sobre la posición ideal de Zidane. Probemos todo; aunque sea una vez. No nos preocupemos demasiado. Nademos y viajemos y comamos.

Nuestro único deber es vivir de manera intensamente cotidiana.

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