En defensa de Onán

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@ricardolopezc

En Revista Malinche practicamos onanismo editorial e intelectual. Basta revisar unas cuantas columnas para ver que sólo nos importa hablar de nosotros mismos y, a veces, de los otros tres sujetos que escriben aquí. Hacemos onanismo editorial cuando escribimos sobre lo que nos ha pasado y acerca de lo que nuestros contertulios han escrito antes. Era cuestión de tiempo para que uno de nosotros dedicara, abiertamente, un texto a la masturbación.

Escuché al comediante Marc Maron decir que la masturbación es esencial. No se trata de estar contento ni orgulloso de consumir productos pornográficos. Es, más bien, un acto de autoayuda. Cuando todo el mundo se derrumba a tu alrededor hay veces, dice Maron, en las que sólo puedes agarrarte de tu propio pene. A Woody Allen se le atribuye una definición más positiva: “Es sexo con alguien a quien amas”.

Vi a Juan Carlos Monedero el lunes en el Museo de Arte Popular y olvidé preguntarle sobre el tema. Seguramente el fundador de Podemos habría contestado con una buena dosis de onanismo intelectual. Imagino que en esa chaqueta mental tendría que haber hablado de la masturbación como un acto de liberación en contra del opresor sistema capitalista. Claro, siempre y cuando uno no pague a ninguna corporación por la pornografía que lo estimula. Imagino a Monedero evitando las iniciativas eróticas de las trasnacionales mientras viaja por las capitales de Iberoamérica dando conferencias.

Escribir sobre masturbación significa necesariamente escribir sobre pornografía. Dicen los tecnófobos que bajo la dictadura de las pantallas uno no puede usar su imaginación ni para tocarse. A esos que sueñan con prohibir la pornografía hay que recordarles que la libertad de expresión no distingue entre ensayos de Montaigne y close ups de Sasha Gray. A mí me parece bien que los actores que quieran actuar en películas pornográficas lo hagan. Una de las victorias de las sociedades liberales de occidente es que en ellas cada quién lidia con sus traumas como puede.

Lo que no me parece bien es que los protectores de las buenas conciencias, buenas costumbres y buenas distracciones traten de convertir un hecho tan agradablemente egoísta en algo que debe ser prohibido y olvidado hasta por el lenguaje. Algunos días siento que en México nos achaca una tremenda ansiedad colectiva cuando alguien menciona la masturbación en público. Recuerdo a Carlos Abascal. El ex secretario de trabajo quiso prohibir Aura en una secundaria, seguramente porque temía que los estudiantes se tocaran en las noches mientras leían a Carlos Fuentes. Somos tan obtusos que no podemos pensar en algo natural como algo natural. Nada tan común es discutido con más pena ni negado con tanta insistencia.

No pretendo convertir al onanismo en el tema nodal de cada sobremesa ni que cada comensal relate a detalle su última experiencia auto-sexual. Lo único que pido es que evitemos la farsa. A veces olvidamos que la masturbación es el único vicio plenamente democrático que nos queda. No discrimina por motivos de raza, religión, orientación sexual, condición física o socioeconómica ni por ninguna otra razón (sic). Cualquiera lo puede hacer. Basta con encontrar un lugar medianamente privado – desde un bajopuente hasta el baño de visitas (dependiendo de la situación social del masturbante) – y dedicarse a lo propio.

Foto: Especial

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