Entre la pena y la nada

MCH_ENTRE LA PENA Y LA NADA
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Por Francesc Messeguer
@ElMesseguer

Para todos ellos, en donde quiera que estén.

Y la gente aplaudía y le tomaba fotos y videos, y grababa sus declaraciones exhaustivas, mientras, con claridad que había de tornarse bruma dolorosa, llegaba a mí el conocimiento postrero: la pesadilla más atroz es la que nos excluye definitivamente.
– 
Carlos Monsiváis, en Los rituales del caos

Para ir del Centro Histórico de la Ciudad de México a la zona de Santa Fe es posible tomar una sola avenida, pero el camino que los separa es mayor de lo que creemos. Y no es un asunto de ruta, tráfico o de tiempo invertido en el traslado. Del Zócalo al centro comercial más grande del país hay una distancia que trasciende la mera geografía, pero no lo que se ubica en ella. Un trayecto que es invisible y escurridizo y, que aún así, es perceptible por todos aunque escojamos no voltearlo a ver.

Este sábado, 26 de septiembre, mientras miles marcharon de Los Pinos al Zócalo de la ciudad en reclamo por el aniversario siniestro de la desaparición forzada de 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa, otro grupo de personas acudió a la Ibero, una de las universidades más caras del país, para presenciar la graduación académica de otro grupo de estudiantes muy diferentes.

Quizás sólo sea una coincidencia un poco torcida que una generación de jóvenes consiga graduarse el mismo día en el que se clama por el regreso de otra que lleva, literalmente, un año perdida. Qué día tan agridulce y qué reflejo tan ominoso de lo que se ha convertido nuestra cotidianidad. Una especie de tránsito entre la pena y la nada, donde la primera es aquello que escogemos no sentir porque ya no queda nada de la segunda dentro de nosotros.

Así las cosas en este país de contrastes. Pero pensar que esta dualidad empieza y acaba en la mera casualidad es no querer ver lo que se tiene enfrente. La vida sigue, según dicen los reporteros que cubren conflictos armados en sus textos. Aunque si las cosas siguen, a pesar de la injusticia y la impunidad y la rabia y la vileza, es porque existe un remedio eficaz para solventar la crisis.

Ahí está el problema: a veces la eficacia no es la cura, sino una simple anestesia que se agota conforme pasa el tiempo. Y el aniversario de la desaparición forzada de los estudiantes de Ayotzinapa nos ha recordado qué tan grande es la dosis que nos hemos administrado y cuánto falta por disminuir el tramo que nos separa a los unos de los otros. Una suerte de barrera que no tiene que ver con dinero, educación lugar de origen o nivel socioeconómico sino que, por el contrario, es una resistencia a entender al otro y ser sensible a sus problemáticas. En otras palabras: una distancia en nuestra capacidad de sentir empatía por los demás.

Este 26 de septiembre hubo dos marchas. La del reclamo, que fue de Los Pinos al Zócalo, que estuvo acompañada de mucha gente exigiendo muchas cosas y tuiteando fervientemente desde donde pudo.

Pero también estuvo la otra marcha, la de la fría cotidianidad que sigue, a pesar de los horrores que la protagonizan. Como si se tratara de dos mundos completamente irreconciliables en los que una persona marcha para exigir sus derechos y otra se refugia en un centro comercial.

Soy consciente de la dificultad que supone juzgar esto. No quiero decir que la vida de todos nosotros deba terminar colapsándose con tal de volcarse hacia ciertas problemáticas, por más urgentes que sean. No estamos para juicios moralinos, por lo que no es mi intención reclamarle a nadie el querer pasar su sábado por la tarde como mejor le parezca. Mucho menos quiero regatear el hecho de haber concluido una carrera universitaria en el lugar que sea.

Pero en la ceremonia de graduación de la Ibero, la alumna que consiguió el mejor promedio de la generación dijo en su discurso que, por terminar nuestra carrera universitaria, somos mejores personas, y creo que hay un problema con eso.

Porque al dar eso por hecho, empezamos a medirnos por las cosas que tenemos y no lo que somos y podemos ser. Porque al dar eso por hecho, dejamos de ser sensibles a las problemáticas del país en el que nos tocó vivir. Porque al dar eso por hecho, fracasamos en desdibujar la frontera que nos separa.

Y si damos eso por hecho, no terminamos de entender el problema de Ayotzinapa, por lo que recurrimos a la repetición. A los lugares comunes que escuchamos todos los días, a pesar de su innegable certeza: la desconfianza a los partidos políticos y a las instituciones, la normalidad con la que vemos la violencia, la falta de oportunidades y educación como las únicas causantes del crimen, la indiferencia con la que nos mostramos ante hechos lamentables que nos recuerdan la vileza de nuestra sociedad.

No es que estas ideas sean falsas. No es que no haya que creerlas o dejar de trabajar por ellas. El problema es que se han convertido en una especie de reacción inmediata ante la crisis que nos azota. Algo así como un extravagante examen de opción múltiple en el que nos preguntan sobre el problema de México y contestamos el inciso cuya opción dice “todas las anteriores”.

El problema, pues, es que generalizamos y aplicamos lugares comunes de cuanta cosa creemos necesaria, porque no sabemos cómo diablos hacerle para cerrar la brecha que nos separa y poder entender que, si después de un año no sabemos qué ha sido de nuestro hijo, quizás nosotros también trataríamos de mover cielo, mar y tierra, de gritar “¡Aquí estamos!” con tal de encontrarlo.

Foto: AP

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