Entre manifestaciones y mentadas de madre

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En medio de tantas marchas y manifestaciones de lo más variadas en protesta por las reformas estructurales de Enrique Peña Nieto, nuestra cronista se detiene a ofrecernos una reflexiva estampa de un sábado de marcha en Reforma.

Texto y fotos de Laura Chávez (@lululechavez)

“Vamos al centro”. Al centro. En cualquier otro momento, no habría manera de tomar esta anodina frase fuera de contexto: el centro histórico de la Ciudad de México, con sus calles peatonales, sus hombres-estatua cocinándose inmóviles sobre el calor del asfalto, y su habitual desfile de  turistas, organilleros, jovencitos darks y ancianitos venerables, es un lugar común para el paseo de todos los sábados. El 31 de agosto, sin embargo, poner un pie sobre la plancha del zócalo atestado de manifestantes era una especie de acto heroico, hasta temerario. Al menos eso creíamos.

Pero de nada sirvió negarse. O llegábamos a la calle 5 de Mayo o nos quedábamos sin bolo para el bautizo al que teníamos que ir mi madre, mi hermana y yo el próximo fin de semana. Bolo para bautizo, uno de esos artículos híper-específicos que sólo se pueden encontrar en alguna calle del Centro (¿necesitas un saxofón? Calle Bolívar ¿una lámpara con forma de tulipán? Calle Victoria ¿un San Juditas con pispiretas pestañas que parecen de verdad? Atrás de la Catedral). Ni modo. Ya habían sido varias semanas en las que habíamos ignorado alegremente los bloqueos que la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación había realizado en varios puntos de la Ciudad, al limitarnos a navegar sólo dentro de nuestra burguesa y confortable burbujita del norponiente capitalino. Uno no puede ignorar la realidad todo el tiempo.

MCH_CNTE-MARCHA-2“No vamos a llegar al Centro. Esto es una idea pésima” anunció mi hermana a la altura de Palmas. Escuchábamos las noticas: a las 12:00 am estaba programada una marcha, organizada por Cuauhtémoc Cárdenas, denominada Unidad por el Rescate a la Nación, para protestar contra la Reforma Energética, que recorrería todo Paseo de la Reforma hasta la Plaza de la Constitución.

Mi hermana, como miles de capitalinos desde hace unas cuantas semanas, comenzó a repartir insultos como quien reparte bolo de bautizo: dos para el Jefe de Gobierno, Miguel Ángel Mancera, tres para los sindicalistas en general, uno para cada miembro de la CNTE.

No culpo a mi hermana. Ha leído demasiados encabezados del tipo “Maestros asfixian al DF“, y ya se acostumbró a que el segundo deporte nacional, después del fútbol, sean las mentadas de madre. Y, pues, cancelaron el partido de América-Pumas. Pero cuando llegamos a Reforma a la altura de la Torre Mayor, la cascada de desprecio cesó: aunque la avenida principal estaba cercada, los automóviles fluían sin problemas por la lateral. Ahora sí, nada impediría que concretáramos nuestra misión. Frasquitos con agua bendita y biblias miniatura, allá íbamos.

Sin embargo, a la altura de la glorieta de Cuauhtémoc, la marcha estaba en su punto álgido. De 2, 000 a 8,000 personas, reportarían los principales medios de comunicación en un par de horas. Entre los manifestantes se encontraban miembros de la CNTE, del Sindicato Mexicano de Electricistas, simpatizantes de la UNAM que canturreaban goyas, estudiantes de varias universidades, tranviarios, los afiliados a Mexicana, y bastantes otros. Consignas contra la Reforma Energética, alabanzas al subcomandante Marcos y a Cuauhtémoc Cárdenas, quien había convocado a la marcha hace dos días y hoy caminaba al frente de los miles de manifestantes, retumbaban en los oídos de transeúntes despistados que sólo habían bajado a Paseo de la Reforma para comerse un helado de yogurt y disfrutar una agradable tarde sabatina.

En Reforma 222 tuvimos que dejar el automóvil y decidimos continuar nuestra travesía a pie. Los ríos de gente se habían desbordado y ocupaban las laterales, e inevitablemente, nos mezclamos con la multitud. Un grupo de granaderos se abrió paso entre nosotras, silenciosos y eficaces. Buena parte de los edificios habían sido amurallados con tablas de madera y era imposible penetrar en la Alameda: todo estaba prevenido de antemano contra el vandalismo.  Una mujer detrás de nosotros murmuró entre dientes: “Vándalos, pónganse a trabajar”, y mi hermana le arrojó ojos de cuchillo (muy temperamental, ella), y dijo, muy seria: “hay cosas que no están diciendo”.

Hay cosas que no están diciendo. Por ejemplo, ¿en qué consiste realmente la Reforma Energética? o ¿qué es lo que quieren los maestros? Hasta ahora, sólo contamos con una recopilación de mentadas de madre de lo más variopintas; una vorágine de críticas a diestra y siniestra que, seamos francos, rayan en el racismo y clasismo directo, corrosivo. Todos los días nos encontramos ante medios que no han hecho más que ser el vehículo que refleja el estado de ánimo de un grupo de ciudadanos incapaces de expresar su frustración con algo que no sea un sonoro ‘chinguen a su madre’.

La manifestación fluyó con tranquilidad. La acompañamos un buen trayecto: observadoras ajenas y al mismo tiempo, reflexivas. En silencio. Llegamos a Cinco de Mayo en una media hora. La calle tomada por decenas de tiendas de campaña en donde seres humanos duermen, cocinan, se alimentan, sueñan, hacen enojar a los peatones, reparten folletos y piden firmas. Pocos se preguntan por ellos, por indagar quiénes son, de donde vienen, por qué están aquí, qué pretenden. Los miramos con curiosidad, con desdén: son los Otros, los invasores sin rostro. Creemos lo que nos han dicho sobre ellos.

Ya en nuestro destino, el pasaje de artículos religiosos cercano a la Catedral, atestado de personas que compran medallitas, rosarios y hierbas medicinales, ajenos a las vociferaciones de la multitud reunida en la explanada del Zócalo, escuché a mi hermana cantar por lo bajito: “Sí, sí, sí…que chingue a su madre el PRI”.

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