Escribir para seguir escribiendo: la “huelga a la japonesa”

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Una entrevista con Mario Bellatín

Texto de Mercedes San Román
Fotos de Aarón Rubio
Ilustración de Nous (@ursunous)

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Tal vez el misterio de todo, de la vida y de la escritura, descansa en el Uróboros, ese símbolo o ese monstruo que consiste en una serpiente que se muerde la cola.

Privilegiado con la popularidad seductora que arropa a todas las criaturas monstruosas, el Uróboros es mencionado en la Edda Menor, figura en los libros de los alquimistas y  fue descrita en los bestiarios, desde los medievales hasta los borgianos.  Para muchos, es un símbolo del infinito o bien de la naturaleza cíclica del universo; como representación de los esfuerzos que empiezan para nunca terminar, el Uróboros puede ser también entendido como metáfora de la existencia.

Esta tarde nublada, frente a la mirada potente de Mario Bellatín, entre los ladridos de los perros que cohabitan la casa – “siempre tienen que estar los perros”- la figura del Uróboros aparece en mi mente, entre las palabras del mítico escritor que fue la causa de obras como Salón de Belleza, Damas Chinas y El jardín de la señora Murakami.

La escritura es un misterio que pocos alcanzan a vislumbrar; sin embargo, si existiera algún escritor contemporáneo con la capacidad de desentrañar el misterio ese sería Mario Bellatín. La pregunta del millón: ¿lo conoce?

Llegué a casa de Mario Bellatin una mañana, con una nube de mitos sobre la cabeza y una misión en la mente: entrevistar al escritor peruano sobre Gallinas de Madera (Sexto Piso, 2013), su publicación más reciente. La encomienda no era fácil: nada más aterrador que entrevistar a un autor del tamaño de Mario Bellatín, un escritor real que, sin embargo y sin exageraciones, es todo un mito dentro de la literatura universal contemporánea. Bellatín obtuvo la beca Guggenheim, ganó un premio Villaurrutia por Flores – novela del año 2001- y fue finalista del premio Medicis en el año 2000. Sin embargo, los cimientos del mito de Bellatin no están en los elogios que recibe su escritura – no pocos, por cierto-; además de la literatura sin parangón que ha sido capaz de generar, Bellatín es un mito por la manera particular con la que suele intervenir en esa realidad que llamamos literatura. Es conocida su extraña empresa llamada “Los 100,000 libros de Mario Bellatín” – un conjunto de textos compilados de manera artesanal que son vendidos por el propio Bellatín en determinadas ocasiones-; durante años, recibimos los ecos de la fama que cobró la “Escuela dinámica de escritores”, una asociación fundada por el autor de Gallinas de madera que pretendía enseñar a los aspirantes a partir de la premisa de que es imposible enseñar a escribir; en 2003, Bellatín llegó a París con su “Congreso de dobles de escritores”, evento en el que se valía de dobles para reproducir las vivencias y obras de autores como Margo Glantz y José Agustín.

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Además de estas ocurrencias literarias inusitadas  – responsables, en gran medida, de esa interpretación que hace de Bellatín un artista híbrido que escribe mientras cultiva un gusto particular por el happening– Bellatín es fotógrafo, ha hecho cine y ha escrito dos óperas. A la enormidad de su talento se suma la hazaña de la “no especialización”, un logro casi imposible en nuestros tiempos de cubículo. “Bellatín es un contemporáneo hombre del Renacimiento” podría decirles, recurriendo a la comodidad que prodigan los lugares comunes; pero para entender a Mario Bellatín y hacer justicia de su obra, hay pocas cosas más estorbosas que los mitos y los lugares comunes. Lo que tengo que hacer es dejar hablar al hombre: tal vez de esta manera, en pasos sencillos, palabra por palabra, Bellatín nos revele parte del misterio.

Llegué aquí para hablar de su obra más reciente, pero la plática con Mario Bellatín es hiperactiva, llena de digresiones: empezamos hablando de Gallinas de madera, y acabamos hablando de los perros, de cómo el cine podría ser más barato si los cineastas no compraran los hábitos impuestos por la industria y de esas extrañas costumbres que abundan en la literatura.

“Yo no entiendo a esos escritores que se tardan cinco años en publicar una novela”. Mario proclama esto con honestidad. La frase es, además, verdadera: estoy frente a un escritor que publica, como mínimo, cuatro libros por año. Sin embargo, es difícil entender la relación que Mario Bellatín guarda con su escritura: en nuestro idioma, faltan etiquetas o clichés para definirla. Para este autor, escribir es una compulsión y este impulso no tiene nada que ver con una visión panfletaria o “solipsista” de la literatura, es decir, una que promueve y entiende al escritor como un mensajero perceptivo y, por ende, alguien con “muchas cosas qué decir”. Bellatín, con un sentido práctico que yo no esperaba y valiéndose de la franqueza que conducirá toda la entrevista insiste : “yo no tengo temas”.

Sin embargo, a pesar de sus pretensiones como escritor –o su falta de pretensiones- , Bellatín no quita crédito a las distintas lecturas que pueden darse de su obra: “Cuando hojeo la obra reunida (recientemente publicada por Alfaguara) pienso: <<Es verdad que un lector tiene todo el derecho para construir un relato crítico sobre temas como la enfermedad, la deformación, etc., porque aquí están los elementos>>.  Pero yo me siento totalmente ajeno a esto. Si yo los utilizo es por otros motivos. Yo los pongo como elementos de seducción: sé que eso va a seducir a un lector y va a lograr que alguien comience y termine un texto, que es lo único que me interesa”.

El interés que Bellatín muestra por capturar la atención del lector es una anomalía. Si, tal como afirma, su interés por la escritura nace de una necesidad, entonces el autor de El libro uruguayo de los muertos bien podría encerrarse en su casa a redactar torres infinitas de textos sin lectores. Sin embargo, el motor que anima a Mario Bellatín cuando se trata de escribir es el de “seguir escribiendo” y, para hacer esto, según él es necesario “escribir en vacío”.  Pero el vacío que describe Bellatín no surge cuando se termina un manuscrito: el vacío se completa cuando existe la posibilidad de que un lector se integre a la ecuación y participe en el juego. Esto es una parte de lo que Mario Bellatín entiende como escritura.

– El hecho de la escritura va más allá de hacer un cuento, una novela o un libro. Muchas personas creen que el fin ya se cumplió al momento de publicar un texto; pero la escritura va más allá. Lo que a mí me interesa es la escritura en sí misma: los libros son el resultado de una realidad mucho más grande que es la escritura, la escritura por la escritura en sí misma. Yo escribo para seguir escribiendo y todo forma parte de una misma escritura.

Pero, ¿cómo es esta escritura que parece obsesionar a Mario Bellatín? ¿Cómo definirla? ¿Tendrá algo que ver con esa realidad intermedia entre la lengua y el estilo de la que hablaba Roland Barthes? ¿Habré obviado la definición de escritura que más acomodaría a lo que describe Bellatín en una olvidada clase lingüística? En realidad, todo apunta a que, por escritura, Mario Bellatín se refiere al sencillo proceso de escribir; es decir, a eso que todos los legos entendemos como trazar signos en un soporte para transmitir un significado. Esta sencilla actividad es un impulso incontrolable para Mario Bellatín; su desarrollo como escritor es el resultado de la necesidad de domesticar la compulsión. Así de simple; así de misterioso.

Si Mario Bellatín escribiera sin límites, según sus ritmos, la escritura que se desborda de su espíritu de huelguista japonés terminaría sepultándolo. De aquí la importancia que asuntos como el del lector y el cuidado de las formas tienen para el escritor: “No dejo nada al azar. Los cien mil libros de Bellatín, por ejemplo; tienen cien normas. Yo te puedo decir, formalmente, por qué cada libro es como es: por qué está cortado de tal forma, por qué escogí una determinada palabra y no otra. Lo que no está racionalizado es el contenido de los libros”.

Llegamos a otra verdad sobre la escritura bellatiniana: la forma es esencial y el autor no tiene empacho en admitirlo.  En estos tiempos de literatura comprometida, los escritores que afirman su preferencia por la forma suelen ser vistos con recelo: suele pensarse que estar frente a un escritor que defiende la importancia de la forma es estar frente a otro escritor blando que tiene afinidades con eso del “arte por el arte”.  Pero Bellatín insiste: “mi escritura no está fuera de la realidad: está fuera de la retórica”.

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La retórica contra la que se rebela Bellatín son todas esas formas adquiridas de las que nos valemos, frecuentemente, para tocar ciertos temas. Esta idea se vuelve más clara cuando Bellatín habla de Bola negra, un musical en Ciudad Juárez que Mario dirigió con música de Marcela Rodríguez:  “Aquí lo que parecería prohibido es hacer un musical”, dice Bellatín refiriéndose a Ciudad Juárez. “Lo obvio es hacer un documental sobre Ciudad Juárez, un reportaje, hacer entrevistas con los parientes de las víctimas. Pero lo que no se debería hacer es aumentar la cantidad enorme de imágenes sobre Juárez que hacen que la problemática ya no exista, que eliminan toda posibilidad de sensibilizarse y de comprender la situación. Nosotros, con Bola Negra no ponemos imágenes de muertos: hicimos una película que parecería distante, pero no lo es. Formamos un coro de niñas, de posibles víctimas. La gente llora con  el musical y yo creo que si hubiéramos hecho la típica película con imágenes de muertos y parientes llorando, no tendría tanto efecto”.

El objetivo del musical es hablar sobre la problemática de Ciudad Juárez a través de la descontextualización: en la película que dirige Mario se muestran imágenes de la ciudad mientras se lee un texto, también llamado Bola Negra, que narra la historia de un japonés que se devora a sí mismo. La apuesta de Bellatín es, en efecto, artística y es, como todo lo que hace el escritor de Salón de Belleza, cuidadosa de las formas. Sin embargo, como ocurre con sus libros y con todo lo que hace empujado por su necesidad de escribir, la realidad está presente: con sus artefactos literarios, entre muchas otras cosas, Mario Bellatín hace que recordemos lo que hemos olvidado por saturación.

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