Feliz navidad, ojete

Share Button

@ricardolopezc

Entiendo que llamarlas redes sociales me hace sonar como periodista septuagenario, pero las redes sociales me parecen una herramienta fantástica. Uso Twitter para informarme y veo en Youtube clips viejos de comediantes que están fuera del aire. Facebook me sirve para ver fotos de mis compañeras de carrera y en Instagram pretendo que soy fotógrafo urbano. Uso tanto las redes sociales que la mejor parte de mi creación literaria está perdida en largas conversaciones de Whatsapp. Aunque eso de publicar mi currículum en LinkedIn me parece un exceso de confianza.

Por eso cuando se acerca el final de cada año no puedo más que preocuparme por lo que van a escribir mis amistades virtuales. La plaga de cursilerías que invade mis timelines cada diciembre es suficiente como para evitar internet todo el mes. Hoy escribo preocupado porque no quiero enfrentar lo que todos escribirán sobre el ciclo que se va y, peor aún, el que viene. Albert Pelias lo dejó muy claro hace un par de años: “Madre mía, que sólo se acaba un año, no te han dado el premio Nobel. Qué discursos. Qué intensidad.”

Cada aplicación tiene su propio síntoma de la cursilería navideña. En Instagram sobran fotos innecesarias de pinos decorados. En Twitter todos escriben textos que pretenden ser simpáticos y, sinceramente, no resultan tan molestos porque sólo admiten 140 caracteres. Facebook es – sobre todo durante diciembre – un constante recordatorio de lo miserables que somos. Con memes navideños y párrafos enormes cerca de los días festivos. Facebook los obliga a reflexionar sobre sus vidas de una forma que supera lo culturalmente aceptable.

La epidemia privada es la más peligrosa: los mensajes grupales en Whatsapp. Todos somos parte de grupos con amigos de la escuela, del equipo de futbol, de la carrera, del trabajo y de las clases matutinas de macramé. Si de por sí son molestos el resto del año, a finales de diciembre son verdaderamente inaguantables. Los mensajes grupales navideños son la peor epidemia porque se contagian de inmediato. Basta con que alguien decida enviar una línea festiva para que la conversación se convierta inmediatamente en una cadena de felicitaciones sin sentido.

Del “Felicidades a todos!!!! Disfruten la cena y que los consientan mucho!! (sic)” podemos llegar a párrafos inmensos que hablan sobre las virtudes de la amistad, ofrecen buenos deseos para el siguiente año y admiten errores en el que acaba. Todo esto podrá sonar muy festivo y amigable pero a mí me molesta un montón. Mi solución, como en casi todo, es hacer lo mismo que la mayoría. Escribo un mensaje genérico para responder a los párrafos que me envían. Algo no muy cursi pero tampoco muy frío. “Felices fiestas, _____. Todo lo mejor y nos vemos pronto. Un abrazo.” A los que quiero de verdad escribo: “Feliz año, ojete.”

Comentarios

comentarios

Relacionado

*

Top