Gritarle a los fantasmas

Piojo
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@Joso9

Disculpe usted el tiempo que llevo sin nutrir este espacio, lector exigente, pero la magia del mundial, de Oaxaca, y del servicio social necesario para graduarme me tienen un poco alejado de mis responsabilidades ansagrefriescas.

Y no podía hablar hoy de otra cosa más que del triunfo ayer de la selección mexicana contra el equipo de Croacia. Mentira. Seguro sí podría. Pero no quiero.

La victoria del Tri, en lo deportivo, ha sido analizada y re-contra analizada por cualquier número de expertos y de periodistas deportivos, pero poco menos en lo cultural, en la manera tan mexicana de ganarle a los croatas, aunque ya ayer nuestro columnista @ocerrillo daba algunas  claves de ese júbilo que venció a la arrogancia.

Primero, es justo decir que se le ganó bien a Croacia. Se hizo el partido que tenía que hacerse, y eso es lo que ha puesto en un buen nivel a la selección: juega a lo que sabe que puede jugar. Se defendió bien y se cansó al rival, que tenía la obligación de ganar. Además, el partido fue una reivindicación de una generación de futbolistas que tuvo que haber tenido este momento hace cuatro años: Rafael Márquez anotando y comandando a un  grupo que juega bien, Guillermo Ochoa teniendo un mundial espectacular y una proyección internacional única, el Chicharito metiendo (de nuevo) un gol en un mundial para despejar las dudas que siempre tenemos sobre él, Andrés Guardado confirmando la promesa que nos hizo hace 8 años, cuando Ricardo Lavolpe lo puso a jugar contra Argentina con 19 años en los octavos de final: que es un guerrero talentosísimo.

No hubo Bofos, no hubo Conejos, no hubo Guilles Franco ni Cuauhtémoc Blancos. Ninguno de ellos culpable del desastre de Sudáfrica, pero partícipes en él de la mano de Javier Aguirre.

Por si fuera poco, el partido se ganó de una manera muy mexicana, fiel reflejo de que el fútbol es espejo de la mentalidad de un país. Los croatas habían tratado de calentar el partido con comentarios arrogantes, especialmente el “a los que les tienen que temblar las rodillas es a los mexicanos” o el “le hemos anotado a mejores porteros que Guillermo Ochoa” (ese particularmente nos dolió después de los monumentos que los construimos a Lord Paco Meme, Callador de Bocas). Lejos de comprender que se trataba de una táctica para desestabilizar al rival de manera deportiva, lo tomamos como una ofensa, como una cachetada con guante blanco del europeo conquistador, del favorito haciéndonos menos para variar. Y eso nos enchiló como nunca.

En nuestro imaginario no nos hacemos rivales, sino enemigos. Creemos que el Otro está en nuestra contra, que tenemos que vivir agachados sólo para alburear y mentarle la madre al patrón que nos esclaviza. Alguna vez me dijo el periodista Témoris Grecko que las mentalidades de los países y su manera de percibir el mundo es radicalmente distinta, y que el mexicano suele apoyar al pequeño, al underdog, al que tiene las de perder y que puede dar la sorpresa. Contrario a lo que la mayoría de los mirreyes de mi universidad piensan, el club que mejor se asocia con nuestra personalidad no es el Real Madrid ni el Barcelona, sino el Atleti. Diría Juan Villoro: “Hacer algo «a valor mexicano» significa hacerlo con muchas molestias y ninguna racionalidad”.

Y así fue, en parte, el juego. Con un Croacia que se sentía superior y  México sufriendo al principio, pero para el segundo tiempo la selección no le ganó nada más “a lo macho” a los balcánicos, sino con orden y personalidad. Incluso, el árbitro central le dio más motivos al coraje mexica cuando decidió no marcar una mano del croata Srna, quien quiso saber qué sentía Albert Camus cuando portereaba en sus años mozos.

Así, México avanza a octavos de final, y su rival será la poderosa y rapidísima Holanda. Otra vez vamos en el papel de víctimas, pero otra vez con la ilusión de morder y de dar la sorpresa. Esperemos que haya motivos para celebrar de nuevo, para “rompernos” y romper nuestra soledad, para gritar “¡Viva México, hijos de la chingada!”, porque no encuentro una imagen que se le acomode mejor a las palabras  de Octavio Paz acerca de “la chingada” que la del Piojo Herrera festejando la victoria de sus pupilos:

El poder mágico de la palabra se intensifica por su carácter prohibido. Nadie la dice en público. Solamente un exceso de cólera, una emoción o el entusiasmo delirante, justifican su expresión franca. Es una voz que sólo se oye entre hombres, o en las grandes fiestas. Al gritarla, rompemos un velo de pudor, de silencio o de hipocresía. Nos manifestamos tales como somos de verdad. Las malas palabras hierven en nuestro interior, como hierven nuestros sentimientos. Cuando salen, lo hacen brusca, brutalmente, en forma de alarido, de reto, de ofensa. Son proyectiles o cuchillos. Desgarran.

Foto: Milenio

Foto: Milenio

P.S. Entiendo que los mexicanos no gritamos “Puto” por homofóbicos. Entiendo que se haya intensificado a partir de las amenazas de la FIFA, y también todo el asunto de la picarezca y nuestra personalidad. Pero si siempre decimos que la violencia, la segregación empieza por las palabras, quizá deberíamos irnos buscando otro grito. Como escribió en su columna el novelista Álvaro Enrigue: “El término puto es irremediablemente discriminatorio: iguala las nociones de “enemigo” y “homosexual” y no hay manera de rizar ese rizo sin hace el ridículo”.

Foto: ESPN

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