Güeros en Exeter

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@Joso9

Ayer tuve la oportunidad de volver a ver la magnífica película Güeros (Ruizpalacios, 2015), en un espacio de arte en Exeter, la ciudad inglesa donde he pasado los últimos meses. La sala estaba casi llena y mis amigos y yo ocupábamos toda una fila. Habíamos ahí cuatro mexicanos, una alemana, un inglés, una sueca, un gringo y una italiana. Por mucho que disfruté de la película cuando la vi en México hace tiempo, no tenía idea de cómo la recibirían ellos; no sabía si entenderían el humor, las situaciones por las que atraviesan los personajes, o si disfrutarían de una película en español (con subtítulos, claro).

A pesar de que algunas referencias y expresiones se pierden en la traducción (traducir “¡No mames!” como “No way!” es necesario y triste a la vez), al parecer todos la disfrutaron muchísimo: a Tom le recordó alguna salida increíble con sus amigos en sus años en Oxford, y Louisa y David (alemana y gringo) entendieron por qué caliento mis tortillas directamente en el quemador de la estufa. También apreciaron la magnífica cinematografía, el humor, las tomas de la Ciudad de México y la conciencia de la película sobre sus propias pretensiones.

A Alejandra, quien lleva años viviendo en Inglaterra aunque sea mexicana, le gustó particularmente la forma en la que hablan los personajes, en un flujo constante de emociones, de bromas, de ofensas, de groserías, que forman parte de un español rico y bellísimo. Y es que Güeros no solamente es un road-trip a través de las calles de la enorme Ciudad de México, sino que es un retrato honesto de las personas que la habitan: fresas, alternativos, banda, ricos, pobres, mendigos, rebeldes, huevones, músicos, artistas, esquiroles, estudiantes, asaltantes, revolucionarios.

Lejos de la Patria como estoy, la mexicaneidad es un concepto difícil. En la película los personajes se tocan, se despeinan, se acarician, se abrazan, se besan, se golpean sin muchas razones de por medio. En cambio, por mucho british english que uno intente, aquí el saludo es una mano que ondea a la distancia o un Hey!, y si ya de plano habían pasado semanas sin vernos, quizá haya algún abrazo.

Pero esas son cosas menores. Tengo amigos que me preguntan si en mi país se puede caminar sin que te secuestren o que si llegar a un lugar sin que te maten es una especie de milagro. Contra esto respondo que, en efecto, algunas partes del país son violentas, que tenemos grandes problemas de corrupción, que hay poderosas bandas de criminales y que, aun así, ésta no es la realidad de todo México. Les digo que no ir a la Ciudad de México, o a Oaxaca, o a Chiapas, o a Puebla solamente porque hay violencia en Sinaloa, es como no viajar a Londres porque hay problemas en el sur de Italia.

Güeros me recordó lo que se siente ser chilango, y que no todo es una telenovela en la que el criminal más buscado del mundo cae preso por estar enamorado de una actriz. Desde luego, hablar de la violencia que ocurre en México es necesario y urgente, y siempre he estado en contra de los discursos triunfalistas como los de Calderón, quien nos urgía a hablar bien de México cuando todos los días encontrábamos las primeras planas inundadas de sangre.

Estoy consciente de que Güeros no es un retrato de todo México, porque el país y sus realidades son enormes y contrastantes, pero en un mundo repleto de Reinas del Sur y Sicarios y Las Fugas, a veces es agradable encontrarse un retrato cómico pero no por ello menos poderoso de otras facetas de nuestra mexicaneidad.

Foto: Especial

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