Ir al dentista

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@ricardolopezc

Más que a un procedimiento médico, ir al dentista significa enfrentarse a una sucesión de lugares comunes. En cada consultorio hay recepcionistas de mal humor, instrumentos que parecen inofensivos, odontólogos con ganas de hablar y un extraño sentimiento de culpa por no usar hilo dental. Aun así, lo más incómodo de la experiencia no son los ruidos de las herramientas, ni la pequeña aspiradora de saliva, ni la vergüenza de escupir varias veces en un minúsculo lavabo. Lo peor de ir al dentista es convertirse en audiencia cautiva por una hora.

El dentista del lunes me sentó en un chaise lounge quirúrgico, me puso un delantal para no babearme encima, prendió una molestísima lámpara y procedió a enterrar distintos instrumentos metálicos en mi boca. En ese momento, decidió que sería buena idea interrogarme. Nunca me había sentido tan identificado con Alex frente al método Ludovico. El problema es que en vez de escuchar la novena en repeat, tuve que contestar las preguntas de un dentista con gruñidos y gemidos.

Cuando descubrió mi profesión me dijo que, según su filosofía de ser positivo, es mejor no estar enterado, porque los periodistas sólo se enfocan en lo negativo. “Aunque sé qué pasa en Oaxaca, y sé quién es AMLO y todos ellos”, dijo. Me explicó que no compra el diario ni escucha las noticias porque no le va bien saber de muertos, robos multimillonarios, asaltos en los semáforos ni conflictos entre políticos.

Me parece perfectamente natural que después de pasar horas mirando y oliendo bocas extrañas, el dentista no quiera enterarse de los escándalos cotidianos de un país como el nuestro. Mejor olvidar lo que vio durante el día con un libro de autoayuda o una película protagonizada por Bruce Willis. Lo cierto es que muchas personas prefieren no saber nada porque las noticias les parecen demasiado negativas.

Es lógico que en un noticiero se hable más de muertes que de nacimientos porque esa es la esencia del periodismo. Un hecho en el que las cosas salieron mal es más noticioso que uno en el que salieron bien. Un vagón del metro descarrilado es noticia porque lo normal es que ningún vagón del metro se descarrile. No imagino a ningún diario actualizando su punto com cada vez que un avión aterriza sin problemas en el Benito Juárez.

Rafael Pérez Gay escribió que celebramos poco las buenas noticias pero lamentamos mucho nuestros días malos: “No es para menos, un periódico que diera buenas noticias no lo compraría nadie […] Las buenas noticias no venden ni un peso”. Las historias de perros amigos de koalas, o de ancianos que participan en carreras de 10 kilómetros, están relegadas a los últimos minutos de los informativos o a las páginas interiores de los diarios.

Faltaría más. El interés de alguien en las noticias es más grande cuando se trata de un suceso que lo podría afectar. Un oficinista de Reforma estará más preocupado por los maestros de la CNTE cuando descubra que podrían bloquear la calle por la que llega a trabajar. Supongo que al dentista le parecería importante enterarse que su coche no circula mañana, aunque sea una mala noticia.

Ningún reportero cubre a los ortodoncistas apáticos, ni a los oficinistas que se quedaron en casa a quejarse de las marchas, porque realmente a nadie le interesan las buenas noticias. El dentista no piensa en las noticias a menos que afecten su día a día. Yo sólo pienso en mis dientes cuando tengo que ir al dentista, y eso que convivo con ellos, literalmente, todo el tiempo.

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