Juan Peregrino y la imaginación desbordada

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@esetiporandy

 Juan Peregrino no salva al mundo es un libro que fue hecho a cuatro manos. Y no, esto no significa que el autor sufra de alguna anomalía con la que pueda calificar en un tratado teratológico −con todo y que no nos sorprendería que fuera así, tratándose de un libro plagado de imaginería bizarra, como por ejemplo, una joven con cuatro piernas. Hasta aquí el mal chiste de quien escribe estas líneas−, sino que tiene dos autores: Diana Martín (Guadalajara, 1979), pintora (que no ilustradora, ojo) y grabadora, cuya obra ha sido expuesta en varios estados de la república, Alemania, Cuba, Estados Unidos y Malasia, puso las imágenes; y Rafael Villegas (Tepic, 1981), autor de Video Ergo Zoom y La virgen seducida; ganador del Premio Nacional de Poesía Amado Nervo 2005, Premio Ensayo Literario Agustín Yáñez 2005 y el Premio Nacional de Cuento José Agustín 2009, entre otros, puso el texto.

La obra, formada por cuatro relatos, narra las vicisitudes de los personajes de La Ciudad Equivocada, urbe fantástica que siempre se encuentra al borde de la destrucción. Por esto es necesario que aparezca un salvador. Y aparece: Juan Peregrino, un mesías cuya principal arma es la capacidad que tiene para contar historias.

En “Breve noticia sobre la vida de Juan Peregrino y su paso por la Ciudad Equivocada”, el historiador Alberto Mostro nos expone el desternillante paisaje en el que se desarrolla la obra y da cuenta del pasado de Juan Peregrino. En “Las Hermanas y la Compañía del Equilibrio”, las gemelas Mab (que se ve como una niña y tiene cuatro piernas) y Cordelia (que se ve como una mujer y no tiene ni una) viven la vida circense amándose y odiándose, a la par que crean malabares y sinfonías, rodeadas de aves imaginarias, monos bermellones y elefantes trapecistas. En “Señora y Señor Gourmet”, una pareja de viejos eternamente hambrientos planean saciar su hambre a toda costa, realizando todo tipo de truculencias. Finalmente, en “Juan Peregrino no salva al mundo”, llega el momento en el que el susodicho héroe tendrá que enfrentarse a su destino y a la amenaza que azota a la Ciudad Equivocada.

El resultado es interesantísimo. Calificarlo como libro ilustrado me dejaría inconforme, porque aquí, las imágenes (bellísimas, por cierto, bellísimas) no quedan supeditadas al texto ni relegadas a un segundo plano, sino que son tan importantes como éste. Fueron de hecho las pinturas de Diana Martín las que dieron a Villegas la idea del proyecto. Muchas de las imágenes que vemos en el libro se crearon antes que naciera la historia. No por esto sucede lo contrario. Aquí texto e imagen sostienen y amplían un imaginario que se adivina vastísimo.

Aquí una de las tesis del libro: la creación, expansión y sostén de los universos. Los autores exploraron las distintas posibilidades y aristas que pueden alcanzar sus oficios: Diana Martin juega con diferentes técnicas, ofreciéndonos  ilustraciones en blanco y negro y a colores, algunas hechas con lápiz y grafito, otras con acuarelas, otras con tintas, grabados, etc. En vez de sólo “ilustrar”, sus imágenes también crean secuencias, escenas y anécdotas que no necesariamente están en el texto, pero que, indudablemente, forman parte del mundo de Juan Peregrino. Por su parte, Villegas explora el oficio del narrador. Cuenta una historia en la que su personaje principal crea ficciones para poder dar cuerpo a la Historia de su ciudad y de su gente, volviendo todo un ejercicio metaliterario. Así, el narrador se detiene para corregirse y replantear las situaciones: “Esta es una historia de locomoción. Corrijo: es una historia sobre locomoción descompuesta” o “Pero esta no es una historia de recuerdos, o no sólo de recuerdos; tampoco es una historia de hambre, sino de saciedad”. No sólo… los narradores son conscientes de que de sus palabras está hecha buena parte del mundo. Y viceversa. Entonces, todo se torna en un ejercicio en el que se realiza un esfuerzo por dotar de cuerpo a las cosas, y mientras éstas toman forma, a su vez transforman el discurso.

Una obra en la que la melancolía permea cada una de las líneas. Porque, después de todo, para la expansión de los universos no basta con imaginar cosas nuevas, sino que hay que recordar las viejas. En la lucha por que no se acabe el mundo, nos damos cuenta que hace mucho que enterramos en los pantanos de la memoria las vivencias de un paraíso ahora perdido. De ahí que la obra esté plagada de imágenes dobles, de proyecciones, de transparencias y de ecos. ¡Ah! Y de dodos, el animal extinto por excelencia. Del pasado surgen espasmos vitales que se adivinan igual de valiosos que el presente. Los personajes se ven sumergidos en la nostalgia, en la tristeza, a veces hasta en el odio y el terror. Pero también hay espacio para la ternura, el amor y la búsqueda de un gesto que los salve a todos de la demencia.

El título podría hacernos creer que se trata de una obra pesimista. No lo es, y miren que el título es bastante acertado. Tal vez Juan Peregrino no salve al mundo. Quizá alguien más lo haga. O quizá el mundo se salve por sí sólo. ¿Cómo está el asunto? Los invito a leer el libro. Es a través de la imaginación y el recuerdo que el universo se sostiene y podemos, ahora sí, estar más tranquilos.

Échenle ojo a una de las piezas más bellas y originales que ha dado nuestro país en los últimos años.

JP_portadaDiana Martín y Rafael Villegas,
Juan Peregrino no salva al mundo
Paraíso Perdido
México, 2012.
88 pp.

 

 

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