La Blackberry de tu vida

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Por Mercedes San Román 

Conozco una estrategia de supervivencia insuperable: reducir cualquier infortunio a conceptos de mercado. Tristezas, equivocaciones, todo, absolutamente todo lo que nos incomoda en este planeta es susceptible de traducción. Ah, capitalismo: qué dulce eres. Siguiendo esta estrategia he podido convencerme de muchas cosas, una de ellas fundamental para mi integridad psíquica: él no me cortó esa tarde en el Starbucks porque estaba harto, porque lo que pasó entre nosotros no era lo que esperaba. Tampoco tuvieron que ver todas las decepciones que fuimos acumulando con los meses: lo que pasó es que, para él, ya era tiempo de un upgrade. De una mejora. Así de simple. Si este fue el destino de la VHS, y antes de ella, del formato Beta, ¿con qué clase de soberbia puede alguien como yo reclamar un destino diferente?

Lo reconozco: yo fui la Blackberry de su vida. Tal vez, su beeper. Todo depende de mi autoestima y de lo joven o vieja que quiera parecer ante los lectores. En un día malo, puedo sentirme como un cartero. En uno peor, como un teléfono público. Si traigo ínfulas, me siento ábaco. Hoy soy un Atari, o una de esas bicicletas que aparecen en las fotografías antiguas, esas con una rueda delantera gigante y una trasera diminuta. Creo que se llaman “biciclos”. Hoy me siento como uno de esos. Pero esto no importa. Lo necesario es que el lector entienda mi estrategia. Y para esto tengo que contar la historia original. 

Nos quedamos de ver al mediodía en el Starbucks de Santa Fe, el que está frente a la Ibero, a un lado de los bares de mediana estofa en los que tomé tequila hasta colapsar durante años.

Cuando llegué, él ya estaba ahí. Traía puesta la chamarra de cuero que lo hacía parecer como un guardaespaldas, mala señal pues esto significaba que había amanecido con pocas pulgas y ánimo imperturbable.

Él se había cambiado de universidad a la Ibero después de haber sufrido conmigo, durante año y medio, en una escuela de derecho en la colonia Doctores. El nombre de esta colonia siempre me había parecido prometedor: sería buen título para una película de ficheras. Imaginaba historias llenas de oficinistas, enfermeras, globos y líos de falda en consultorios médicos. Pero la colonia resultó ser más aburrida de lo que pensé –nadie jugaba al doctor- y solo teníamos para divertirnos una miscelánea en la calle de en frente y a, unas cuadras, una cantina. La cantina sacó la casta como un lugar memorable, pero esto es material para otra historia. Volvamos al Starbucks.

Llegué y él ya me esperaba en la terraza. Cuando pedí mi café no me acompañó. En ese tiempo yo tomaba latte y me gustaba espolvorear vainilla sobre la espuma, pero la vainilla que dejaba salir el frasco de Starbucks no era suficiente. El procedimiento necesario para satisfacer mis gustos implicaba quitar la tapa del frasco y dejar caer, ahora sí, el diluvio de vainilla que yo necesitaba.  A él le gustaba ser el encargado de poner vainilla en mi café cuando empezamos a salir. Pero esta vez no le interesó. Fui por mi café y le puse vainilla sin ningún tipo de ayuda, abandonada a mi suerte, como un perro, como auxiliar en la central de abastos.

Ya con todo listo, expuse mi caso.

Lluvia de clichés: “voy a cambiar”, “otra oportunidad s’il vous plait”, “si tú no vuelves, se secarán todos los mares”. Pero él no tuvo compasión. Recurrió a una imagen solemne que involucraba un barco y un puerto. El barco había zarpado y yo era el puerto. Hablaba en parábolas, como Jesucristo; le había dado por ponerse creativo aún teniendo mi dolor en frente. – Cretino-, piensa ahora mi alma de divorciada (esa bien aquilatada, que se alimenta de espressos, no de lattes y vainilla). Pero en ese momento pensé que todo era mi culpa. Me acordé de un poema que recitaba mi mamá cuando yo tenía cuatro años.

En el poema, una nube se niega a compartir un poco de agua con una flor que tiene sed. La nube es muy ufana y tacaña y huye sin derramar una gota para la flor. Más tarde, la nube siente arrepentimiento y regresa. Pero la flor ha muerto. Yo era la nube en este escenario, y la flor eran él y nuestra relación y el futuro que ya no sería y cuanta cosa cursi y neurótica cabía en el hoyo negro psíquico que se había generado en mi cabeza. No es fácil cargar con la culpa de la nube del poema. No era fácil ser yo en ese tiempo. Estaba convencida: todo había sido por mi culpa.

Un par de años después, también yo me cambié a la Ibero. Esto podría parecer maniobra de acosadora profesional pero en realidad me cambié porque había decidido estudiar Literatura. Desde que caminé los pasillos de esa universidad noté algo diferente. Tenía que ver con el aspecto del alumnado. En mi otra escuela predominaba la sencillez; era un entorno en el que alguien como yo, con un notable parecido a Peppermint Patty, podía elevarse como opción de conquista para los hombres. Pero la población femenina de la Ibero parecía estar en otro concurso, en otra galaxia. Llegar a la Ibero era como aparecer de repente en el show de las porristas en el Super Bowl.  Y yo me seguía viendo como Peppermint Patty. Por supuesto que él decidió buscar una mejora desde el primer día que piso esta Universidad. Y entonces, todo tuvo sentido: no era mi culpa, jamás había sido mi culpa, él quiso cortar porque aparecieron nuevas opciones en su mercado. Dejó de frecuentar Elektra cuando conoció Neiman Marcus. Historias que pasan todos los días.

Asumí con garbo el hecho de que yo también estaba sujeta a las pruebas de la obsolescencia. Y de que todo es cuestión de mercados.  Esta idea me liberó. Ahora vivo en Pyongyang, en donde ofrezco mis servicios como taquimecanógrafa bilingüe. He cambiado mi Civic por un Yak.

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