La crónica es una puta y Alejandro Almazán un cobarde

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Por José Pablo Salas (@Joso9)
Ilustración: Nous (@ursunous)

Hay un niño leyendo en una de las colonias bravas del Distrito Federal. Está en la tienda de su madre y ya acabó de recibir a los proveedores de Marinela y Bimbo. De pronto, un grito interrumpe su lectura:

– ¡Alejandro, ponte a hacer algo de provecho!

– Mamá… estoy leyendo- responde compungido el infante.

– ¡Por eso! ¡Vete a la casa a ver qué haces!

Y el niño se va a su casa. A seguir leyendo.

*

Si quisiéramos rastrear el gusto por contar historias del periodista Alejandro Almazán, quizá habría que remontarnos a la época en la que su madre le pedía que se fuera a hacer cosas de provecho, cosas como no leer. Y, sin embargo, también de ella heredó la vena narrativa.

-Mamá siempre estuvo contándonos historias del barrio y se tardaba muchísimo para decirnos: “Mataron al Toquin”. Para lo que yo te dije en dos segundos, ella nos contaba una historia de una hora. No sé si inventaba o no, pero tenía tal coherencia su plática que era genial. Creo que pensé que yo quería hacer eso también, yo quería contar historias como mi mamá.

Lo que se sabe de Alejandro Almazán es que es periodista y escritor; que ha ganado tres veces el Premio Nacional de Periodismo en la categoría de crónica; que su texto Acapulco kids, una desgarradora crónica sobre la prostitución infantil en el puerto de Acapulco, suscita a la vez admiración y horror en quien la lee; que fuma Marlboro Light y que ha publicado dos novelas: Entre perros y El más buscado, ambas en la editorial Random House Mondadori, ambas sobre el tema del narcotráfico. Lo que no se sabe de Almazán es que es un cobarde, pero ya habrá tiempo de hablar de ello.

Estamos en el café El Toscano de la colonia Roma, en la Ciudad de México; dato que sería irrelevante si no fuera porque aquí mismo surgió la idea del libro más reciente de Almazán, Chicas Kalashnikov y otras crónicas (Océano, 2013), y que es el pretexto de la entrevista. Aquí platicó con el editor de la revista Gatopardo, Guillermo Osorno, y se propusieron publicar un libro que incluyera las crónicas que Almazán ha publicado en distintos medios y que tuviera como eje rector el tema del narcotráfico.

Chicas Kalashnikov… reúne 14 textos en los que Almazán retrata, con una narrativa aguda, entretenida, hasta irónica, el narcotráfico desde varios puntos de vista. Algunas crónicas son perfiles de sicarios o narcotraficantes, otras tratan acerca de la gente que se dedica a combatirlos, mas no ha de confundirse esto con buenos y malos. Almazán cuenta una historia, investiga, entrevista, hace periodismo vaya, y no le da tregua a los personajes sobre los que escribe. Por ejemplo, en la crónica que da nombre al libro, Almazán entrevista a tres mujeres que han trabajado como sicarias. En algún momento, Almazán apunta en la crónica:

Yaretzi va a su celda. Regresará con una desmadrada biblia y me señalará su versículo preferido. “No temas, porque yo estoy contigo […] Siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia. Isaías 41:10”.
Órale.

Ese “Órale”, quiere decir que Almazán no está sorprendido, que no le acaba de creer a Yaretzi. Reporta lo que le dice, sí, pero eso no significa que sea un ingenuo. Así que, ¿por qué poner esas palabritas irónicas?

– Yo no crucifico a mis entrevistados, no los critico, los escucho, pero también tengo mi posición al respecto, y creo que esas pequeñas palabritas la expresan. Siempre trato de poner mi posición para que al lector le quede claro que yo no estoy haciendo apología del narco. Entonces cuando Yaretzi me está hablando de la biblia, la redención y la chingada, pero yo sé que tiene toda una historia de asesinatos, eso me genera incredulidad.

En el libro también aparecen crónicas sobre héroes torcidos que ha engendrado el fenómeno del narcotráfico en México. Entre ellos está Mauricio Fernández Garza, el polémico ex alcalde de San Pedro Garza García, o el actual jefe de seguridad pública de Ciudad Juárez, Julián Leyzaola, quien, cuando ocupó el mismo puesto en Tijuana, acumuló más de una demanda por violación a los derechos humanos.

– ¿Cómo mantienes una postura propia ante personajes como Leyzaola?

– Yo no le creo al gobierno ni a ninguna autoridad. Entonces cuando llegas con uno de estos personajes ya desconfías de antemano. Primero los hago entrar en confianza y dejo que me cuenten todo lo que quieran, y entonces piensan que conmigo no hay pedo, que soy camarada. Pero llega un momento en el que digo hasta ahí güey, ya oí tus sarta de pendejadas, ahora sí necesito preguntarte cosas en las que no estoy de acuerdo contigo; entonces se las pregunto, me contestan, y ya vengo con el juego limpio, en la entrevista siempre está esa incredulidad, entonces no hay mayor bronca.

Sobre la putería de la crónica

Antes de que en América Latina hubiera tantas voces defendiendo a la crónica como un género periodístico importante, Alejandro Almazán ya le había encontrado el gusto a escribirlas. Su primer crónica sobre el narcotráfico data del ’93, aunque ésta no aparece en el libro. El niño que escuchaba las largas historias sobre el barrio que le contaba su madre, decidió que era ese género el que mejor se acoplaba a lo que quería hacer.

– La crónica me parece que es la puta del periodismo, la que puede hacer todo, la que le vale madre, la que anda de fiesta, de party, la que te hace llorar, la que te hace sufrir, la que te hace sonreír. Creo que la crónica es la que más permite que logres incluso sacar también tus pinches frustraciones de escritor. Me gustan las historias porque vemos a los personajes de carne y hueso, vemos qué es lo que están pensando, cuáles son sus sueños, sus frustraciones o sus dolores; porque son seres humanos como nosotros y lloran, se enamoran, sufren, entonces no tenemos por qué mitificarlos. Creo que el reportaje sigue siendo una belleza, pero si haces un reportaje sobre Acapulco seguramente el editor te va a pedir que pongas cuántos empleos se han perdido por la violencia, qué opinan los hoteleros, cuáles son las cifras de la Canacintra… y vas a llenar un texto de cifras donde esos números no le digan nada a los lectores. No tenemos ni puta idea de cuánto es la pérdida de mil millones de pesos, porque nunca hemos tenido mil millones de pesos, sabemos que es un chingo, pero hasta ahí. Pero si le dices a la gente que están matando ocho personas al día, los hoteleros están cerrando y se están yendo, y  que de toda la policía el 90% está involucrada en el crimen, son datos que le van a quedar súper claros y van a decir: “No mames, esto está de la chingada”. La crónica es más juguetona, es más puta, es más locochona y te da la libertad, incluso, de que arrojes tus pensamientos, tu posición, tus reflexiones, pero siempre tienes que cuidar el yoyísmo. Cuando el lector sabe más de ti al final de la historia lo hiciste mal, eso fue una mala crónica.

El también periodista Diego Enrique Osorno (amigo de Almazán y casi un rockstar del oficio aunque seguramente le molestaría esta palabra), comentó en alguna ocasión que ahora a los periodistas les ha dado por contar historias, pero que no se han preguntado para qué. Dijo que primero se empezó a narrar el punto de vista de los narcos; después vino una narrativa para reivindicar a las víctimas, pero ahora que el gobierno se ha “apropiado” del discurso de las víctimas de la violencia hay que buscar una nueva forma de narrar. Almazán, que se ha dedicado a contar este tipo de historias, tiene una idea.

– Como yo he visto el fenómeno, el reportero empezó a contar los hechos con la narrativa oficial, esos periodistas hasta la fecha lo hacen, pero algunos se salieron y prefirieron contar la línea de fuego, y en la línea de fuego se encontraron a víctimas y victimarios; unos agarraron con victimarios, otros agarramos para ambos, y otros agarraron solamente para víctimas. Creo que ahora la etapa que viene es la explicación del narco, explicar por qué tenemos este fenómeno, y hay que decirlo: hay un involucramiento del estado, punto. Hay que empezar a desnudar a las autoridades y ya lo hacen periodistas como Anabel Hernández o Sanjuana Martínez, pero yo creo que eso es lo que viene ahora en las crónicas. A mí me da culo y no lo hago, pero sé que otros colegas más valientes lo van a hacer y en algún momento yo me voy a asomar con ellos. Viene la explicación del fenómeno y decirle a la gente que éste es un problema en el que políticos, militares, marinos, policías y, obviamente, narcos, están peleando por su tajada; que esto no es una guerra contra las drogas, es una guerra por las drogas.

*

El niño que leía en la tienda de su mamá se ha convertido en un joven, pero ahora, El Pato le está apuntando con una pistola calibre .22; desde aquel día, Almazán decidirá que no puede cerrar los ojos ante la violencia. Afortunadamente, El Pato no jaló el gatillo.

Desde entonces Alejandro Almazán ha buscado las historias de violencia, muchas veces provocadas por el narcotráfico, aunque no todo en este libro son balas y muertos. Entre las crónicas también hay retratos de los buchones, jóvenes narcos que visten de forma estrafalaria y que ya no saben en qué gastar su dinero, o incluso, de gente que ha decidido seguir contando historias de narcotraficantes a pesar de poner en peligro su vida, como los periodistas del semanario sinaloense Ríodoce.

Sin embargo, una historia en particular afectó la vida de Almazán hace algunos años. El título de la crónica es Historia de un sicario, y trata acerca de Lino Portillo, un sanguinario personaje cuyo nombre iba siempre ligado a matanzas de gran calibre.  Cuando Almazán publicó este texto en 2003, recibió una llamada para amenazarlo de muerte, y como dice en su libro: “Yo no soy como los narcos ni como los submarinos, que son mejores mientras más presión aguanten. Yo me derrumbé.”, así que no queda más que preguntarle sobre esta experiencia.

– Yo la vi tan cercana en ese momento que dije: “no güey a la chingada”. En 2003 yo iba mucho a Sinaloa, mis parientes seguían ahí y conocí una morra con la que finalmente me casé aunque después me separé, entonces valoras y dices que también quieres ser feliz. En el periodismo no hay héroes, y aunque los haya, a la gente le vale madres. Yo quería envejecer. Entonces durante dos años no hice nada de narco y me metí mejor a cubrir a alguien que conocía muy bien que era Andrés Manuel López Obrador. Pero a finales de 2005 me fui a vivir a Culiacán porque quería estar cerca de mi morra, además, regresé porque tenía que hacer un exorcismo. El texto sobre los buchones es el que me vuelve a meter a contar historias del mundo del narco y ya no me salí, hasta el momento no me he salido; pero creo que si me ocurre algo otra vez tendré que alejarme. No tengo los güevos que tienen otros colegas, ellos los tienen bien puestos y los respeto. Yo no güey, yo soy un cobarde y suelo irme con mucho cuidado.

Así, el periodista que se sienta a hablar con sicarios y sicarias, con altos mandos del gobierno y la policía, que cubrió a uno de los políticos más polémicos de los últimos tiempos en México, que tiene dos novelas sobre el narcotráfico, que escribió un libro sobre la violencia que sufren los palestinos por parte de los israelíes, que colabora en medios como Gatopardo y Milenio, que estuvo encañonado por El Pato con un arma calibre .22 y que recibió una amenaza de muerte directa por entrevistar a Lino Portillo; así Alejandro Almazán dice que es un cobarde. Órale.

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