La dosis visual

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Una reseña de Uncle Bill, la novela gráfica de Bef.

@manubch

Desde que me dedico a comentar libros –ya sea en revistas electrónicas, en congresos, en clases o ya muy borracho–, he profesado un solo principio: uno debe hablar, analizar y compartir aquellos libros que ama. Nunca menos que eso.

Si esa es mi exigencia para un crítico literario, para un lector profesional, ¿con qué cara plantearía otra exigencia a los autores?

Un autor escribe, creo, de aquello que le inquieta, le asusta, le cuestiona pero, sobre todo, de aquello que ama.

Y la narrativa gráfica no debe ser una excepción. Bernardo Fernández (Bef) se ha encargado de recordarlo con su nuevo libro Uncle Bill.

Antes de entrar en materia, quiero hacer un breve preámbulo. La narrativa gráfica en México es una cosa bien rara. La tradición grande está en la caricatura política y en la línea trazada por La familia Burrón o las historias del Santos. En años recientes, sin embargo, se han explorado otros caminos. Algunos de forma afortunada (Operación Bolivar, Bulbo o The mountain with teeth), otros no tanto (El Maizo o Justicia divina) y otros aún son una ruta rara (Kustos o Los pollos del Apocalipsis). El punto es que esta forma de contar historias está creciendo en el país.

Y buena parte de ese crecimiento se debe a Bef, quien ha fungido como organizador y alborotador del show en el siglo que corre. Desde Pulpo Comics hasta los encuentros organizados en la Feria del Libro de Minería o la del Zócalo, todos esos eventos pasan por su mirada y su convocatoria es grande.

Y lo es no sólo porque sea buena gente, sino porque su trabajo lo respalda. Espiral, ¡Cielos, mi marido!, La calavera de cristal o el maravilloso Sensus, por mencionar algunos títulos, son de los libros más pesados en la narrativa gráfica nacional.

Pero cuando el tipo pone sobre la mesa una novela gráfica (auto)biográfica, con juegos en las viñetas y el enfoque narrativo, con 265 páginas, con el respaldo de Sexto Piso y centrada en el delirante William Burroughs, cualquier clase de duda sale del juego.

Uncle Bill trata de los años en los que Burroughs se decidió a venir a México y de sus razones para hacerlo. Esto, por sí solo, no suena a algo novedoso. Harvey Pekar y Ed Piskor ya habían tratado a Burroughs en la novela gráfica The Beats. Lo que hace a este trabajo diferente es: a) que está centrada en el junkie mayor y b) como ya dije, Uncle Bill es a su vez un trabajo (auto)biográfico.

Bef se dedica, en algunas partes del libro, a contarnos los vínculos que lo unen con Naked Lunch y su autor. Así es como nos damos cuenta que nuestro guía del roadtrip ha estado con “mister Burros” durante años, que lo conoce a fondo, que lo ha seguido hasta Marruecos (literalmente) y que se inició en la literatura pesada gracias a una inyección del beat.

Lo que vemos –lo que podemos palpar en cada línea– es que Bernardo Fernández creó este libro porque lo ama. Ama la historia de Burroughs y aquello que le fue entregado con sus palabras. Y eso se nota mientras vas avanzando en el libro. Sobre todo en la parte “Bill & Me (5)”, que es la que cierra el libro (la cual, por cierto, es una genialidad) y en el “Capítulo 3: Habla Herbert Huncke (muchos años después)”; este capítulo, solito, vale todo el libro.

Y lo genial es que el amor con el que Uncle Bill está escrito se transmite al lector. Cada vuelta de página aumenta nuestra relación con el par de escritores que las habitan. Eso no es tarea fácil para ninguna creación artística. Y Bef lo logró.

¿Por qué sigues aquí? Damn it!, era para que ya hubieras dejado esto y estuvieras leyendo Uncle Bill. U otra cosa. O inyectándote heroína. O haciendo un video de prom de prepa, yo qué sé.

(No te preocupes, prometo que Uncle Bill cierra mejor que todas sus reseñas juntas).

Foto: Sexto Piso

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