La empatía selectiva

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Twitter: @MarianoMoreno7

A los pocos días del 13 de noviembre del 2015, día en que ocurrieron los atentados terroristas en París que dejaron un saldo de 137 muertes, hablé con mi amiga Hande Kaya. Le pregunté lo mismo que le he preguntado a todas mis amistades turcas, y no es precisamente si están solteras: “¿Cuál es tu opinión acerca de que todos están tristes y consternados por los atentados en Francia, mientras que lo que ocurre en Turquía, Gaza o Beirut pasa desapercibido ante los ojos del mundo?” Por lo visto estaba tan ocupada que me respondió varias semanas después con lo siguiente:

“Lo considero muy hipócrita e ignorante. A la gente no le importa porque ni siquiera sabe lo que está ocurriendo en esta parte del mundo. Actualmente estoy viviendo y estudiando en Italia y acabamos de tener una gran ceremonia de conmemoración por los ataques en Francia, justo cuando mucha gente murió en mi propio país hace apenas un mes y nadie hizo nada. Nosotros tampoco recibimos siquiera un correo electrónico del presidente de la universidad expresando sus condolencias. Estoy triste, por supuesto, y es que la gente se asocia a sí misma con los países ‘occidentales, ricos y civilizados’ y esa es la razón por la cual los atentados en París tuvieron la atención mundial que tuvieron”.

Desde que aquella vez que tuve la conversación con Hande y hasta el día de hoy, cuatro atentados terroristas han vuelto a golpear Turquía. El 12 de enero, un atentado suicida muy cerca de la Mezquita Azul de Estambul dejó 10 turistas alemanes muertos y 15 heridos. El 17 de febrero del 2016, unos explosivos dejaron 28 muertos y 61 heridos en Ankara. El terror vuelve a la capital turca casi un mes después: la explosión de un coche bomba dejó 34 personas muertas. El ataque más reciente ocurrió el 19 de marzo de nuevo en la antigua Constantinopla: cinco muertos y 36 heridos a causa de un atentado suicida en la céntrica y turística avenida Istiklal. ¿Dónde está la solidaridad mundial por aquellos que han muerto en Turquía a causa del terrorismo?

No soy de los que tienen fe en el poder de la oración. Considero que una buena acción es más eficiente que mil y un rezos. Y sin embargo, a diferencia de París, nadie rezó por Turquía. Así como nadie reza por las muertes que a diario ocurren en Siria, Malí o Tamaulipas. Así como casi nadie se consternó por los 224 pasajeros que iban en el avión ruso que explotó sobre la Península del Sinaí en Egipto. ¿Por qué ya no recordamos la matanza terrorista que ocurrió en Bombay en el 2008 pero es pecado mortal olvidar la masacre de los Juegos Olímpicos en Múnich de 1972?

La mañana del 22 de marzo, Bruselas despertó con sonidos de sirenas, gritos, llantos y escombros. Sobra decir que los 35 muertos y casi 300 heridos son más que lamentables, pero una vez más se repitió el fenómeno de las tragedias prioritarias y la solidaridad selectiva. Si es el mismo grupo que perpetra los ataques (el Estado Islámico), ¿por qué consolamos a unas víctimas y a otras no?

Y no se trata solamente de poner un filtro en la foto de perfil del Facebook para mostrar nuestro “pesar” con las víctimas. Vemos la Torre Eiffel iluminada con los colores de la bandera de Bélgica en señal de luto, lo mismo hicieron varios monumentos alrededor del mundo, como la puerta de Brandeburgo en Berlín o el Ángel de Independencia en la Ciudad de México. Pero cuando el Estado Islámico hace estallar un automóvil o a un suicida en las calles de Turquía, a lo mucho que llega la comunidad internacional es a expresar condolencias mediante un escueto comunicado y nada más.

Queda claro que hay muertos de primera, de segunda y de tercera, como si la misma muerte tuviera un salón VIP. No hay duda que las simpatías van en función del Producto Interno Bruto del país atacado. Como si las víctimas que nadie voltea a ver se lo merecieran por profesar una religión distinta a la de los países de Occidente. Vendrá el próximo atentado, y el mundo seguirá sin rezar por Turquía, ni por Siria ni Libia ni Túnez ni Nigeria ni Palestina ni Líbano ni Yemen ni demás lugares difíciles de localizar en el globo terráqueo. Hace falta escuchar a la gran Mafalda cuando dice: “Ya que amarnos a los unos a los otros no resulta, ¿por qué no probamos amarnos los otros a los unos?”.

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