La Gran Belleza

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@ovidiodeleon

El hipnótico y deslumbrante universo que Paolo Sorrentino crea en La Gran Belleza, nos presenta un carnaval estilístico como pocos directores pueden plasmar en pantalla, mostrando realidades superficialmente hermosas cargadas de grotesca excentricidad y mucha tristeza. Las comparaciones con Fellini, en especial con La Dolce Vita, son más que evidentes: ambas retratan a un hombre perdido, sin rumbo, que busca un sentido a su realidad mundana.

Jep Gambardella (Toni Servillo), es un socialité de la alcurnia italiana que al cumplir los 65 años comienza a observar su vida con una perspectiva diferente. Volverse consciente de su vacío interior es al mismo tiempo su liberación y su condena. Sus extravagantes fiestas ya no parecen llenarlo- ¿en algún momento lo hicieron?- , sus amigos son una manada de intelectuales pretenciosos que se creen los dioses de la esfera del arte, ahogándose en vino y vistiendo la ropa más cara, todos igual de estancados y viviendo en un pasado prodigioso.

Jep es el triste rey de la selva que añora los tiempos donde el mundo estaba lleno de posibilidades, la época en donde nació el primer amor, mismo que inspiró su única novela, considerada por muchos una obra maestra; ahora escribe columnas de revistas que no le exigen ningún compromiso como autor y que son la representación de una vida cómoda y fácil, de su permanente estancamiento.

La maestría de la película radica en invitarnos a ser parte de un mundo espectacular y sumergirnos en su fascinante decadencia; sus alucinantes movimientos de cámara, sus bizarros personajes secundarios (mujeres con senos prominentes esclavas del Botox, enanos poderosos, supermodelos y niños eruditos) y su dirección de arte, cargada de elegancia y decoración kitsch, son parte del encanto.

Después de absorbernos en este universo de imágenes atractivas, Sorrentino nos invita a romper con la manera en que lo percibimos, y a observar la realidad con otros ojos sin poder incidir en ella, volviéndonos así, al igual que Jep, espectadores pasivos que añoran ese punto de quiebre que quizás nunca llegue.

Sorrentino ha concebido una película increíblemente ambiciosa, en donde la creación artística se ha convertido un proceso tan pervertido por el espectáculo, la fama y la necesidad del reconocimiento, que es imposible desprenderse. En un mundo de fantasía y trucos de magia, ¿puede existir la gran belleza? ¿Se puede llegar a la esencia de las cosas, a la verdad más pura, sin desvirtuarse en el camino? Parte de la genialidad de La Gran Belleza es que nos hace demasiadas preguntas y nos sugiere múltiples respuestas, dejándonos libres para encontrar aquella que mejor se adecue a nuestra propia visión de la vida.

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