La hipocresía dominante

norberto
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@MarianoMoreno7

En su libro Los hijos de los días, Eduardo Galeano dedica una página para narrar la historia de dos mujeres sacrílegas. Se llamaban Elisa Sánchez y Marcela Gracia y se amaban escondiendo el amor para no generar el escándalo en la sociedad española de 1901. Escribe Galeano: “Para normalizar la situación, con boda, sacerdote, acta y foto, hubo que inventar un marido. Elisa se convirtió en Mario, vistió ropa de caballero, se recortó el pelo y habló con otra voz. Después, cuando se supo, los periódicos de toda España pusieron el grito en el cielo ante este escándalo asquerosísimo, esta inmoralidad desvergonzada, mientras la Iglesia, engañada en su buena fe, denunciaba a la policía el sacrilegio cometido”. La policía emprendió una cacería para atrapar a estas dos mujeres que habían cometido el terrible crimen del casamiento. Al poco tiempo, fueron capturadas en Oporto, Portugal. Todavía no se sabe cómo, pero lograron escapar de la cárcel como si a su servicio tuvieran a los ingenieros que diseñaron los túneles del Chapo Guzmán. Una vez libres, Elisa y Marcela se aventaron al mar nadando hacia destino incierto. Nadie volvió a saber más de ellas.

Un siglo después, todavía sigue causando molestia en la Iglesia que los homosexuales quieran casarse. Debo decir que no es una postura que me sorprenda. Lo que me sorprende es que los gays quieran casarse. Es como si te libraran del servicio militar pero aún así quisieras ir a la guerra a pelear. Pero lo que nadie puede negar es que tienen el derecho de hacerlo. No se están casando con un árbol, ni con una hamburguesa o con las cenizas de su bisabuelo, sino con otra persona a la que aman, por la que se sienten atraídos y que resulta ser de su mismo género.

“Ni por moda se puede aceptar el matrimonio gay”, dice el ilustre Norberto Rivera. No, mi estimado cardenal defensor del criminal Marcial Maciel. Es como cuando dicen que todo era más bonito y perfecto cuando las relaciones eran exclusivamente entre hombre y mujer. Como si las relaciones homosexuales fueran una condición que recién se le acabó de ocurrir a un par de personas para enfadar a Dios. Pero la homosexualidad ha estado presente en las sociedades desde tiempos más antiguos que Chabelo y el PRI juntos. No tengo evidencias para sustentar que los dinosaurios cometían actos homosexuales (el único dinosaurio gay que conozco es Barney), pero en la Antigua Grecia era normal que un muchacho fuera el amante de un hombre con más edad, que a su vez también ejercía el papel de su educador. Si en la Antigua Grecia hubiera existido el equivalente que hoy tenemos del TvNotas, los tabloides anunciarían los romances entre Aquiles y Patroclo o el gran guerrero Alejandro Magno y Hefestión. El Imperio Romano tampoco estaba exento de homosexualidad, siendo Nerón el primer emperador en contraer matrimonio con otro hombre llamado Esporo. El historiador británico Edward Gibbon, célebre autor de Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano, afirma que de los doce césares solo Claudio era absolutamente heterosexual. Así que los matrimonios entre personas del mismo sexo no se tratan de una moda, como afirma el cardenal Norberto Rivera, sino que han estado presentes desde antes que se escribiera la Biblia. 

Según la Iglesia, las uniones entre personas del mismo sexo no son normales y las personas que estén en contra de dichas uniones sí lo son. Habría que definir qué es normal. El diccionario define la palabra “normal” como lo que es predecible, lógico o razonable por ser habitual.

Yo preguntaría: ¿Es normal la pederastia? ¿Es normal la castidad? ¿Es normal usar la fe para intereses políticos o personales? ¿Debe ser normal dejar morir a una mujer o meterla a la cárcel sólo porque decidió abortar? ¿Es normal que los altos cargos de la Iglesia estén destinados exclusivamente para hombres? ¿Es normal que unos cuantos rezos borren de tajo todos los pecados y daños cometidos? ¿Es normal recibir limosnas que vengan del narcotráfico? Porque lo que sí ha sido normal es el desvío de recursos públicos para construir iglesias. Es el caso del gobernador de Durango, Jorge Herrera Caldera, quien prometió donar su sueldo para construir casas de interés social pero -¡Virgen Santísima!- ese dinero (que no provino de su salario) fue a parar a 9 iglesias en Durango. El Estado laico debe ser como Dios: si existe, nadie lo ha visto.

Entonces, antes de alzar el grito en el cielo porque Juan quiera casarse con José, sería bueno que la Iglesia atendiera problemas más graves que los matrimonios gays. Una campaña contra la pederastia y los abusos a menores, por ejemplo. Juan Sandoval Iñiguez, obispo emérito de Guadalajara, hace poco afirmó que se protegió a curas pederastas en una casa hogar en Jalisco hasta el 2001. ¿Y nos estamos escandalizando porque dos hombres se agarren de la mano o dos mujeres se besen en la boca? Es muy sencillo. Si a alguien no le gusta el matrimonio gay, perfecto, que no se case con alguien de su mismo sexo y punto.

Está juzgando a miles de personas que no conocen, diciendo que están mal solamente porque no son como ellos. Eso es arrogancia e ignorancia pura. Es curioso que el clero, formado por personas que no pueden casarse, sea la autoridad moral para definir qué es bueno y qué es malo en un matrimonio. Conozco a muchos curas cuya mentalidad abierta es de admirarse, pero la alta jerarquía clerical tiene que darse cuenta que estos ya no son los tiempos donde la Iglesia era la mandamás de Occidente, y que si según ellos todos son hijos de Dios también deberían incluir a los homosexuales en el reino de los cielos.

Concluye Eduardo Galeano al hablar sobre cómo Argentina fue el primer país de Latinoamérica en reconocer la plena igualdad de todas y todos en el arcoiris de la diversidad sexual: “Fue una derrota de la hipocresía dominante, que invita a vivir obedeciendo y a morir mintiendo, y fue una derrota de la Santa Inquisición, que cambia de nombre pero siempre tiene leña para la hoguera.”

¿No será que lo que les choca les checa?

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