La palabra sin patente

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Una reseña de Los muertos indóciles, de Cristina Rivera Garza

Por Cristián Lagunas (@misterlagunas)

Antes de la imprenta fenómeno, como muchos, trascendente en la historia de la escritura existieron los copistas, reproductores y modificadores de textos. Más allá de la copia mecánica, podían permitirse alterar el contenido de la página: cambiaban las palabras, reordenaban las frases y, en ciertos casos, las eliminaban. Licencias que en nuestro siglo serían castigadas defendiendo la idea de que el texto le pertenece únicamente al autor.

Pero, ¿a quién le pertenece el lenguaje?, ¿al autor o a un grupo de individuos? En Los muertos indóciles. Necroescrituras y desapropiación (Tusquets, 2013) la escritora Cristina Rivera Garza intenta resolver esta duda.

Esta serie de ensayos orbita en torno a formas de producción textual que disuelven la relación autor-texto. Autores como David Markson con sus novelas experimentales, el francés Antoine Volodine y el español Agustín Fernández Mallo quien por su libro El hacedor (de Borges), Remake, fue demandado por María Kodama, la viuda del autor originalson creyentes de esta separación: van en contra de la literatura convencional por medio del collage, el pastiche y los soportes alternativos.

Si bien Barthes hablaba sobre la muerte del autor, Rivera Garza le responde con la idea del cadáver textual. Los cadáveres textuales del siglo XXI pueden ser exhumados y diseccionados para un análisis forense. La palabra se desata y genera obras que se alejan del concepto de originalidad tan pregonado por quienes osan señalar a los plagiariospero que ganan riqueza por la pluralidad de voces que contienen. La también autora de La muerte me da, no duda en mencionar el conservadurismo que, nacido de la idea de la propiedad privada, envuelve a las obras literarias y no les permite en muchos casos navegar de un autor a otro, como si de obras musicales manipuladas por un DJse trataran.

Más allá de la reapropiación o mejor dicho desapropiación, un concepto que se acuña en las páginas de este libro y que equivale a “desposeerse del dominio sobre lo propio”, Los muertos indóciles también trata sobre lo que sucede en las pantallas: si bien sirven de soporte para la creación, también muestran explícitamente a los muertos. En este contexto surgen tanto autores comprometidos con la denuncia social, como los de aliento reducido, que en 140 caracteres o menos crean historias, no sabemos si ficticias o no, que en muchos casos constituyen una biografía literaria de quienes las escriben.

La autora de estas necroescrituras es una entusiasta del Twitter e incluye en su libro desde definiciones del tuit, hasta su papel en la creación literaria, pasando por unos, hay que decirlo, divertidos ejercicios de estilo que serán de gran utilidad para aquellos escritores admiradores de las redes sociales. Algunos (@albertochimal, @javier_raya) alternan el papel con el soporte digital; otros, como el tijuanense @reiben y la lúdica @diamandina encuentran comodidad en los gorjeos del ave azul.

Con este libro, Cristina Rivera Garza o mejor dicho @criveragarzacelebra la nueva era de la producción de textos. Parece, aparentemente, que regresamos en el tiempo. Si la desapropiación nos regresa a la práctica medieval de modificación textual, o a ejercicios de palimpsesto, lo hace por medio de las tecnologías más recientes, que permiten a más de uno levantar la voz. Los escritores de hoy son los nuevos copistas; el Twitter, su imprenta.

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