La torre y el jardín

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“¡Damas y caballeros: acérquense a presenciar lo que, sin duda alguna, es uno de los más grandes prodigios de nuestra era! ¡Vengan todos quienes posean disposición para la maravilla! Señora, señor, ¿busca aventura, asombro y emoción? ¡Pues acérquese y deleite sus sentidos! Y por favor, ¡detrás de la raya que estoy trabajando!”

Sí, no se trata del mejor discurso, pero a decir verdad no se me ocurre una manera más eficaz para invitar a la gente a leer La Torre y el Jardín. ¿Por dónde comenzar para hablar de este texto? “Díganos de qué va la historia”, dirían muchos y, sin duda alguna, la sugerencia resultaría de lo más atinada de no ser por el dictamen que me atrevo a mentar a continuación: se trata de la novela más ambiciosa de uno de nuestros autores más ambiciosos (a.k.a. Alberto Chimal). Ergo, me resulta complicado articular mis pensamientos respecto a la obra.

Dicho eso, remitámonos al clásico experimento.

De qué va la historia: En la ciudad de Morosa, hay un lugar llamado El Brincadero. Por fuera tiene el aspecto gris y corriente de un edificio de siete pisos, sin ventanas ni adornos; por dentro, sus pisos se multiplican hasta el infinito y está repleto de habitaciones que albergan todo tipo de animales, pues se trata de un burdel para aficionados a la zoofilia. Además, hay una voz que nadie sabe de dónde viene y que narra cientos de historias sobre lo que sucede en el inmueble. Es ahí donde se encontrarán Horacio Kustos, viajero en busca de maravillas, y Francisco Molinar, quien necesita aclarar un recuerdo infantil que le duele en el alma. Ambos creen que resolverán sus metas si llegan al mítico jardín escondido en algún lugar del edificio. Desde luego, la travesía resultará mucho más difícil de lo que creen, pues se atravesarán en su camino arquitectos locos, mujeres hermosas, científicos maquiavélicos y, sobre todos, la señora Isabel, cuidadora del lugar…

¿Satisfechos? Yo no. Porque La Torre y el Jardín es mucho más que una historia alucinante.

Todas las manías de Chimal están ahí: las clasificaciones y los listados (que harían las delicias de Peter Greenaway), la arquitectura fantástica, las paradojas temporales-espaciales, el poder y el sometimiento, el kitsch y la cultura pop. Se trata de un ejercicio que compendia sus obsesiones, que expone la naturaleza de su poética y, sobre todo, da testimonio de una imaginación nerviosa y palpitante que aún tiene muchísimo que darnos. Todo articulado con una prosa sencilla y limpia que, sin importar cuan maravillosa o sórdida sea la imagen que se nos presenta, nunca cae ni en el preciosismo exacerbado ni en la truculencia, pero que, eso sí, es capaz de provocarnos un escalofrío, o bien, tocarnos en lo más hondo.

Porque La Torre y El Jardín también es eso. Mucho se ha dicho sobre su fantasía, su crueldad y su humor, pero además es un libro que se asoma a los abismos del alma humana. Sus páginas están pobladas por ecos, susurros, murmullos, rumores, canciones lejanas, voces que apenas se perciben, palabras ininteligibles, sombras, luces frágiles y fugaces, cosas que quieren consolidarse pero se desvanecen en el aire… y vuelven a aparecer. Similares a los recuerdos. Parecidas al dolor. Afines a la tristeza. Cosas que, sabemos, también somos, que nos dan forma, que construyen el andamiaje de nuestra anatomía física y espiritual.

La cuestión es la siguiente: siempre intentamos dar una identidad a esos fenómenos, queremos acercarnos más a ellos, entenderlos. ¿Cómo? Pues creando. Le damos nombre, los tocamos con palabras. Y con sus palabras Chimal construye oraciones, versos, edificios, plantas, mundos. Todo para decirnos que nunca es suficiente, que debemos crear, que debemos imaginar, que es necesario recuperar nuestra disposición para la maravilla. Al cuestionar lo que entendemos por realidad −nuestra realidad−, transformamos nuestro universo cotidiano, y sólo así somos capaces de vencer el agobio y la frialdad, a las que nos hemos vuelto cada vez más propensos.

Tal vez esté equivocado (les dije que no era fácil hablar de éste libro). Sin embargo, me gusta creer que el principal discurso de La torre y el Jardín es ése. Que somos capaces de realizar tanto los actos más terribles como los más maravillosos. Que las palabras son el instrumento que hará posible la ejecución. Que las historias serán el resultado y el testimonio.

Comentarios

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One Comment;

  1. enriqueta. amero. ortiz said:

    Mbuen dia
    Gracias por. El cariño y la buena apresiacion d las palabras,justo lo k necesita es lo que andaba buscando alguien kme llevara por el camino para encontrarme con el caballero fantastico d las letras!! Albeto chimal

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