La vida a través de cromos

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Por Juan Luis Vázquez (@JLWookie)
Ilustración de Nous (@ursunous)

Cuando era un infante regordete, había muchas veces, como cualquier niño, que me costaba trabajo levantarme para ir a la escuela. Sin embargo, mientras me embarraba el Xiomara para hacerme un peinado exótico, o cuando me tomaba la leche, recordaba que no era tan malo ir, ya que a la hora del recreo o durante clases podría conseguir la anhelada estampa que estaba buscando, que tenía la oportunidad de hablarle al chico popular de clase o a la niña bonita aunque fuera con el pretexto de intercambiar cromos, y que al finalizar el día, mi hermosa madre me recogería y durante el camino a casa pasaríamos por el kiosquito de revistas para comprar los famosos sobres que contenían las benditas u odiadas estampas del Mundial. O en una de esas, si corría con suerte, ella me sorprendería con cinco o diez sobres que me estaban esperando dentro de la caliente guantera del auto.

Era por allá a finales de los noventa donde comenzó mi verdadera locura por coleccionar los álbumes de estampas. Como muchos de ustedes, me adentré a esta aventura llenando primero los de caricaturas como Dragon Ball y Pokémon, en donde las barajitas tenían que ser pegadas con resistol cinco mil, saliva o con el famoso pegamento en barra de color rojo,ya que éstas no contenían el adhesivo que tienen hoy en día.

Era sin duda memorable romper el sobre y que te saliera el Charmander que estabas buscando desde hace tiempo, o también era desbordante que te saliera un cromo dorado con la imagen de Goku dándole una tremenda patada en la boca al despiadado Freezer. Coleccionar esta clase de álbumes era hermoso sin duda, pero el verdadero arte llenar abrir, pegar, y maldecir, lo llegué a experimentar hace exactamente doce primaveras, año del Mundial de Corea-Japón, en donde por esos días no pensaba en otra cosa más que jugar, comer chocolate y observar la belleza del futbol.

Hoy, esa magia por llenar el álbum del Mundial es más fuerte y vigente que nunca.  Niños inocentes, gente joven con problemas de alcoholismo y ancianos que disfrutan como nadie sus últimos días de vida, tienen una motivación más por la cual luchar en sus vidas: llenar el álbum Panini Brasil 2014.  Tuítean, Facebookean, Instagramean, Snapchatsean o Hifivean, que tienen al Chicharito, que han llegado a tomar la errónea decisión de llenarlo con la novia, que han llegado al borde la locura y que pagan medio millón de pesos por la última estampa que les falta.

Meses atrás me puse a revisar los de las ediciones anteriores y pude inmortalizar ciertas etapas de mi vida. Pude recordar que por esos días tenía pesadillas con Chucky el muñeco diabólico y que el Cuauh había perdido a su abuela previo al partido contra Croacia. Pude recordar que por ese año acabaría el segundo de secundaria y que serían los últimos momentos de Zinedine Zidane como futbolista. Y me pude percatar que cuando tenía ocho, mis habilidades psicomotrices eran de un bebé de tres años luego de ver la bandera de Alemania pegada al revés.

Más allá de comprar el álbum, intercambiar las estampas, conocer a los jugadores, las sedes, los horarios y de hacer corajes, los álbumes de los mundiales nos permiten revivir las jugadas, los goles, las lágrimas, el guapo, el feo, y demás. Pero sobre todo nos hacen recordar lo brillante o lo malo que éramos con el balón hace cuatro, ocho, doce, dieciséis o veinte años atrás…

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